Cuando era niño solía preguntarme por qué el cambio de año no se había situado, desde la concepción original del calendario, coincidiendo con el cambio estacional de invierno a primavera. Mi lógica infantil era que, si el invierno era la estación final en un ciclo de cuatro, ¿por qué no terminar el año con el final de esa estación e iniciar el nuevo justo el primer día de la primavera, que iniciaba el siguiente ciclo de cuatro? ¿Por qué iniciar un nuevo año cuando el tramo final del anterior ─el resto del invierno─ todavía no terminaba? Poco después, todavía en la infancia, mis pseudo filosofías infantiles reforzaban mis argumentos: si el invierno representa un final, incluso la muerte, con el frío y las plantas marchitas y los animales refugiados y las noches más largas, y la primavera representa a su vez el inicio, el nacimiento con las plantas que florecen y los animales que emergen de las madrigueras y el sol entibiando el mundo nuevamente, ¿no tendría sentido, entonces, que el año terminara en esa muerte simbólica y que el nuevo iniciara al mismo tiempo que el nacimiento simbólico?

      En este punto el lector ya habrá notado todos los evidentes errores técnicos y falta de información general en mis razonamientos infantiles, así que no gastaré tiempo enumerándolos todos por escrito; en cambio, lo que quiero es responder al yo infantil, ya desde mi tercera década de vida. Lo que diría al niño de ese entonces es que hay una razón muy sencilla para que la frontera entre invierno y primavera ─borrosa en sí misma, anyway─ no coincida exactamente con la frontera entre año viejo y año nuevo, una razón para que, en cambio, el invierno abarque al mismo tiempo el final de un año y el inicio del siguiente: el invierno sí puede representar un final, incluso ser una muerte simbólica, pero ninguna de estas cosas como un absoluto; sería, más bien, como la Muerte en el tarot, que representa una transición, un deceso figurativo, una transición de potencial transformador. Los cambios significativos y que resulten en un avance nunca pueden suceder de la noche a la mañana, de un día a otro, del minuto previo al posterior a la medianoche; la fiesta de Año Nuevo es una celebración construida a partir del cambio evidente en el calendario ─también es una cosa meramente simbólica, si bien mucho más superficial─, pero el proceso de transición de una época a otra de la vida requiere más tiempo e introspección, requiere pequeñas muertes, limbos, reflexiones, hibernaciones, despertares, nacimientos y resurrecciones completamente personales, procesos complejos que requieren toda una temporada para desarrollarse, y eso es el invierno, que nos acompaña al cruzar el umbral, en esos últimos y esos primeros pasos.

      El invierno es la capa que nos cubre al cruzar el puente, es el capullo que nos envuelte mientras atravesamos nuestra transformación interior, que es una muerte simbólica y personal.

      En esta ocasión, el invierno ha sido quizá el más peculiar en mi vida hasta el momento. Cosas que han sucedido, asuntos sobre los que he pensado con toda seriedad, cosas que he visto y sentido, decisiones que he tomado, proyectos que he iniciado, un proceso de ajuste de perspectivas en que aún me encuentro trabajando. Y en extraña simbiosis con el entorno, los días han tenido un aspecto y un mood raros, casi irreales; no sólo ha estado presente el frío variable de la temporada, también ha habido una larga sucesión de mañanas nubladas en una forma inusual, con una luz de tono triste, provocando en suma un ambiente que prácticamente se siente como el prefacio al fin del mundo ─una idea que, por otro lado, se enfatiza día a día con los noticiarios, con el horror y el sufrimiento que recubren el mundo, con la muerte y la sangre que inundan al país.

      Ha transcurrido ya la primera semana del año, seguimos dentro del periodo transicional custodiado por los días fríos y particularmente opacos del invierno. La sensación ─por aquí y, estoy seguro, con otras personas que se encuentren atravesando sus propios limbos transformadores personales─ es extraña, con algo de inquietud, cierta melancolía y entumecimiento. Pero también está la noción de que todavía hay tiempo por delante, el recorrido continúa, aún quedan días por delante hasta una eventual primavera en el mundo y una eventual primavera personal. Mientras tanto, el frío seguirá amparándonos con su luz nebulosa.

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