Cuando un lector entra a la biblioteca personal de otro lector puede sentir una variedad de emociones, dependiendo de varios factores: puede sentir envidia, sorpresa, maravilla, intriga, etc. Repasará todos los lomos posibles durante la visita, si tiene oportunidad quizá incluso pregunte respecto a algún volumen que llame su atención. En fin, que sea como sea será una experiencia memorable.

      Cuando alguien que no es lector entra a la biblioteca personal de un lector, el 100% de las veces hará una pregunta específica a los pocos segundos de poner pie en el lugar: “¿Y ya los leíste todos?”

      El lector propietario de la biblioteca podrá dar una variedad de respuestas, dependiendo los involucrados, las circunstancias y su propio carácter, pero, diga lo que diga en voz alta, la respuesta real siempre, absolutamente siempre, será no, y esa certeza es más bien placentera para el lector, porque sabe que tiene en espera, al alcance de la mano, libros que le llena de entusiasmo leer por primera vez. Habrá quien, por orgullo herido, por ridícula vanidad, responda a la necia pregunta con un “sí”, pero esa siempre será una mentira, y únicamente alguien que no sea un lector la podría creer.

      Aunque es cierto que los libros pendientes en una biblioteca personal son una promesa que llena de entusiasmo –a pesar de que, inevitablemente, en esa lista de espera no sólo habrá libros que se volverán atesorados sino también una que otra decepción−, los libros en espera también son, cuando uno se pone a pensar al respecto con un ánimo más nostálgico, el recordatorio constante de todos los libros que nunca se leerán en la vida, todos los libros que uno habría amado pero de los que nunca se llegó a conocer ni una sola página.

      Todos los lectores en la historia de la humanidad han muerto teniendo a la mano, ya en mente, el siguiente libro que planeaban leer al terminar el que, probablemente, habrán dejado inconcluso, y ese libro quedará en los estantes de una biblioteca que ya nunca se habrá leído completa.

      Dé el lector un vistazo a sus propios estantes: es altamente posible que ahí, ya mismo, haya un par de libros que no habrá de leer en lo que le resta de vida.

      De cualquier manera, estas consideraciones mórbidas quedan en un segundo plano, y en todo caso garantizan que nunca faltará en la vida un libro nuevo que afecte significativamente nuestra mente, nuestra alma y nuestra vida. Pero aclaremos algo: una biblioteca personal no es solamente un registro de libros leídos y por leer, una biblioteca personal implica una guarida personal del tipo más acogedor posible.

      Recuerdo una ocasión, hace un par de años, en que acabé dentro de una plática casual y espontánea en una tienda. Yo estaba con dos conocidos y, del otro lado, dos muchachas habían entrado para buscar un encargo. Llevaba yo bajo el brazo un librito que acababa de comprar y que pasó a mencionarse en la plática. Entonces una de las desconocidas, señalando el libro, me preguntó “Y después de leerlo ¿nada más lo tienes ahí y ya?”. A mis dos conocidos la observación les pareció hilarante, yo por mi parte quedé anonadado, preguntándome a mí mismo, con toda sinceridad, ¿cómo se puede explicar este tipo de cosas? ¿Cómo se puede intentar transmitir, a alguien que no es lector, el inmenso placer de vivir rodeado de las historias que uno ha amado, de la información que más nos ha ayudado, los personajes –ficticios y reales por igual− que nos han inspirado, rodeados de historias que todavía no conocemos pero que esperamos con ansias visitar por primera vez? Un nido hecho de las lecturas que más nos han significado es uno de los refugios más invaluables que pueden existir. Desde luego, no solté todo esto a la desconocida, que de pronto parecía preocupada por su propio comentario al ver las otras reacciones, a ella solamente le sonreí y le respondí, con toda franqueza, “pues sí”.

Avatar de Diego Minero

Published by

Deja un comentario