
Algo de lo que más extraño de los tiempos previos a la pandemia son las feriecillas de libros que aparecían de vez en cuando en el parque del Centro. No eran ferias de libro institucionales, especialmente formales ni se anunciaban con bombo y platillo, ni siquiera tenían un nombre o se inauguraban y clausuraban oficialmente, simplemente aparecían un día, como un campamento gitano, una serie de toldos que guarecían varias mesas con libros apilados como torres de la maqueta de una ciudadela. Había libros recientes, sellados en sus apretados capullos de plástico, libros de años atrás en mejor o peor estado, un rango muy amplio de precios, temas, autores y rarezas. Los libros permanecían instalados durante algo así como una semana y después desaparecían, tan subrepticiamente como habían llegado.
Estas feriecillas de libros siempre eran más emocionantes que las pequeñas librerías fijas de la ciudad, porque reunían libros de múltiples épocas, con mucha variedad y en gran cantidad, y por lo tanto siempre flotaba en el aire la ilusión de encontrar entre las hileras y montañas y derrumbes de libros una joya perdida –joya en el consenso general o en el parámetro personal, pero joya a fin de cuentas. Porque conforme pasa el tiempo en una vida lectora, las búsquedas de libros en cualquier sitio se van volviendo cada vez más específicas. No pocas veces mi padre regresaba de una de esas feriecillas –o hasta la fecha regresa de explorar alguna librería nueva, pequeña, diciendo “hay muchos libros, pero todos los que me interesaban ya los tengo”. Aunque, desde luego, al final siempre se encuentra algo.
Cada vez que una de estas feriecillas aparecía, mi papá y yo le hacíamos múltiples visitas; a veces juntos, a veces cada uno por su cuenta, a veces con la fortuna de regresar con una bolsa rebosante, a veces sólo con el gusto en sí mismo de haber estado viendo libros durante largo rato aunque al final no se comprara nada.
Porque recorrer estas feriecillas llevaba mucho tiempo, no importaba que fuera la tercera visita en una semana, siempre se recorrían las mesas con la misma parsimonia y atención, recorriendo todos los libros posibles; siempre se encontraba uno que había pasado desapercibido en la visita anterior.
La gente que se veía recorriendo las mesas de libros era de varios tipos. Algunos transeúntes casuales, que desviaban su itinerario brevemente para dar un vistazo a los libros. Jóvenes que acudían a ver si determinados libros de moda estaban más baratos ahí que en librerías fijas o internet. Universitarios que buscaban libros de interés para su carrera o que compraban libros por parecer ellos mismos interesantes a ojos de sus acompañantes o de un vendedor que se viera entendido. Personas mayores que se inclinaban largamente sobre las secciones de libros menos ordenados y extraían de ahí libros sobre los temas que les habían interesado toda la vida. Parejas jóvenes donde invariablemente ella veía y comentaba con emoción varios libros mientras él lucía tremendamente aburrido o se comportaba burlón. Individuos solitarios que recorríamos las mesas como halcones buscando al ratón en el pastizal.
A veces sucedía que no bien se pretendía iniciar el recorrido de las mesas, aparecía inesperadamente algún conocido que iniciaba una conversación, que se extendía tanto que consumía todo el tiempo que uno tenía disponible y frustraba la intensión de revisar los libros por ese día. A veces uno divisaba de una mesa a otra a alguien a quien se quería evitar, y la opción era concentrarse completamente en los libros –vigilando de reojo para que no hubiera ningún cruce casual−, o directamente dar media vuelta para irse y hacer otro intento más tarde u otro día. A veces, desde luego, uno alcanzaba a darse cuenta de que es alguien más quien acaba de intentar evitarlo a uno y eso, lejos de dañar la autoestima, significaba un respiro porque ya se podía seguir revisando los libros en paz.
Una vez pude recorrer una de esas feriecillas en compañía de alguien de quien estaba enamorado, y a la fecha es un recuerdo muy preciado. También sucedió varias veces que recorrí los libros en solitario, pensando en alguien específico que hubiera querido que me acompañara, o también añorando una compañía específica de alguien que ni siquiera existe. Más veces de las que quisiera reconocer mis exploraciones individuales de estas feriecillas significaron comprar libros que conseguí expresamente para regalar a personas de quienes estuve enamorado y que nunca me hicieron más caso del nulo que, al final, seguramente hicieron a esos libros obsequiados ─cuando de hecho llegué a tener oportunidad de obsequiarlos, en primer lugar.
En una ocasión encontré en una mesa un ejemplar en buena edición, muy buen estado y excelente precio de un libro que llevaba tiempo buscando. Lo compré de inmediato y después me quedé viendo con calma qué más había en la mesa. Cuando llegué al otro extremo, vi de reojo que llegaron un señor y su hijo pequeño; tras un breve vistazo el hombre preguntó algo al dueño del puesto y, justo cuando alcé la mirada, vi que aquel me acababa de señalar y el hombre me miró brevemente. Era fácil adivinar lo que acababa de suceder: el hombre venía buscando el libro que yo acababa de comprar. En el breve instante en que se cruzaron nuestras miradas reconocí en el hombre el semblante de quien se resigna, porque ya lleva años de experiencia en estos terrenos librescos: todos hemos sido alguna vez quien consigue un libro codiciado antes que otra persona, a todos nos ha sucedido que alguien se lleva el libro que íbamos buscando. De todos modos me sentí apenado, porque aunque en la breve mirada del hombre no hubo rencor y en la mía hubo cierta disculpa, ya sabía yo que quien sí iba a recordarme con mucho rencor era el hijo pequeño que lo acompañaba, igual a como yo recuerdo con rencor a los sujetos anónimos que algunas veces se llevaron antes que mi papá libros a los que él había echado el ojo.
Varias veces me sucedió que, mientras estaba ensimismado viendo los libros de una mesa, alguien se acercara a consultarme un precio; a veces les respondía que yo no trabajaba en el puesto y a veces se levantaba de su silla el vendedor auténtico para intervenir. De las confusiones en que me he visto envuelto en mi vida, la que definitivamente tomo como un muy agradable cumplido es que haya habido quienes me tomen por un vendedor de libros ─es, definitivamente, un caso de identidad errónea mucho más agradable que verse seguido sin mucha discreción por el guardia de seguridad de un banco o de una tienda departamental.
Durante la pandemia estas feriecillas desaparecieron, después de la pandemia siguen sin regresar, y ya me parece una posibilidad cada vez más remota verlas reaparecer, porque actualmente ese parque está convertido en un intento de paisaje artificial estilo postal, supongo que en un intento del gobierno local para explotar el atractivo de la ciudad para los turistas, y por lo tanto ya no se permite instalar en el parque nada que no embone en sus limitados criterios kitsch; sus intentos por “embellecer” el lugar quitan en el proceso el encanto natural que siempre había estado ahí, una identidad propia que ahora cae víctima de la tendencia homogeneizadora y de mal gusto que depreda diversos aspectos de la vida urbana cuando las autoridades locales tienen alguna ocurrencia.
Sigo extrañando esas feriecillas de libros, y cada vez que llega una temporada del año en que antes las pude recorrer –bajo el rotundo sol de finales de invierno, en las salteadas temporadas de lluvia, en las tardes de otoño−, me vuelve la nostalgia y, una vez más, tengo la esperanza de que algún día llegaré al parque en una caminata casual y encontraré, nuevamente, las mesas de libros bajo sus toldos.


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