Pocas cosas hay tan hermosas como mirar la dorada luz de la tarde sobre un jardín, incluso sobre una sola planta o un solo muro de piedra, en medio de un silencio apenas interrumpido, ocasionalmente, por el sonido de la brisa. El característico contraste que aparece en esos instantes, de la luz dorada con las sombras frescas que doman los colores, sombras en las que parece ser ya un par de horas más tarde que en donde se posa el sol. Los momentos de contemplación, dentro de esas circunstancias, son los que más me ayudan a pensar sobre la vida con una perspectiva, me parece, mejor calibrada, y son también los momentos que más me inclinan a reflexiones personales en torno a lo espiritual.

      Durante esos momentos del día sucede en paralelo otro fenómeno muy curioso, que también me absorbe en largas divagaciones mentales: Me llama mucho la atención cada vez que los detalles más sublimes del mundo, cosas hermosas como la dorada luz de un atardecer, se alojan en cosas tan absolutamente banales e incluso toscas como puede ser, por ejemplo, un tinaco en la azotea de una casa gris: es fascinante la manera en que elementos del Mundo conceden belleza ─o revelan belleza insospechada─ a los aspectos más aparentemente insulsos de nuestra cotidianidad ─donde todas las cosas, de tan cotidianas, se vuelven invisibles.

      La luz de la mañana, como es el comienzo del día, es más pura, más idealista, por decirlo así, es un resplandor que extiende su hermosura por el mundo, nos descubre diariamente la belleza en el mundo y la fortuna de la vida; la luz de la tarde, en cambio, que ya es madura porque ha dejado atrás la infancia de la mañana, la adolescencia del mediodía, incluso la primera adultez de las solemnes tres de la tarde; la luz orbitando las cuatro o cinco de la tarde, tiene una madurez beatífica con la que no sólo se presenta a sí misma como la belleza del mundo, sino que está dispuesta a compartirla con el propio mundo; pero, como parte de esa misma madurez, no es escandalosa respecto a su labor, como la luz matutina, sino que esconde sus dones con sutileza, para que la encuentren las personas que la necesitan.

      A veces miro una calle solitaria, dentro de esas horas especiales, y veo que la calle que tengo enfrente es ordinaria, quizá incluso anodina, podría ser que a veces incluso feílla, pero la reviste un juego de luces vespertinas, con sombras ya medio alargadas donde el mundo tiene suaves tonos opacos, en interesantes ángulos y composiciones por el contraste con el tono dorado sobre las fachadas, sobre la mitad de una acera, en la punta de unos árboles o de un edificio cuadrado y sencillo. Y en medio de aquella escena hay una pareja muy joven sentada en el borde de la acera, o un muchacho que va caminando con aire pensativo, o un grupito de amigas en uniforme escolar, o un hombre de aire cansado, y si de por sí existe la tendencia de imaginar aunque sea vagamente cuál será la historia de las personas que vemos fugazmente por la calle, el ambiente que otorga la luz de la tarde exacerba ese efecto, provoca que no solamente se empiece a imaginar la vida de esos individuos, sino que les concede cierto aire de la épica cotidiana de los individuos, esa que reviste las historias cruciales para una persona ─un enamoramiento, un dilema, un problema, una promesa, una esperanza─, y la luz de la tarde utiliza su propiedad Spielbergiana por la que, cuando veo a cualquier persona transitar por un tranquilo paisaje vespertino de la hora dorada, siento la certeza de que acabo de ver ante mí, por unos segundos, el fragmento de una película conmovedora.

      Hay otra variante de esa luz vespertina. Cuando lo que hay no es una calle solitaria sino una calle transitada, en la que resulta evidente cómo transcurre el hervidero cotidiano y mundanal de la vida, entre peatones y autos y fragmentos de conversación y el sonido de una tele dentro de un negocio, y el estruendo cotidiano de una ciudad, donde a ojo de pájaro lo individual se disuelve en un río general. En esos casos, la luz de la tarde me hace pensar especialmente en convalecencias y en melancolías individuales.

      Pienso en personas que, a esa hora especial de la tarde, acaban de salir de una consulta médica que les augura una convalecencia más o menos prolongada, pienso en personas que acaban de terminar una hospitalización y vuelven a casa para terminar de reponerse, me los imagino tomando especial consciencia, por las circunstancias en que se encuentran, de la belleza del mundo que los saluda, bajo esa luz vespertina, desde los rincones que, de otro modo, ni siquiera habrían notado. Pienso en estas personas llegando a casa, sentándose en el inicio del proceso que recuperación que llevarán en casa, y dando un vistazo casual por la ventana, donde bien podrían ver un fragmento de la calle, la punta de un árbol, el filo de una maceta, la esquina de una barda, o incluso un tosco tinaco sobre el que recae la luz de la tarde y lo tiñe de un hermoso tono dorado, recortado sobre un cielo azul, propiciando una pequeña burbuja individual que, por un rato, se aísla de todo lo que sucede afuera en el reino de las cosas más banales.

      Pienso en personas que están atravesando o emergiendo ya de crisis, dramas o incluso tragedias personales, que, melancólicas, se sienten a la deriva en medio de una realidad confusa que de pronto sienten fría, distante o incluso hostil. Pienso en cómo a estos convalecientes, estos cansados, estos angustiados y estos melancólicos el Mundo les ofrece susurros dorados para acompañarlos en lo más íntimo, en una pausa contemplativa donde el Mundo es la persona, donde por un momento la persona es el Mundo: ese instante es lo Divino.

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