
Descubrí la existencia de la Dark Academia hace ya algunos años, en Tumblr, por supuesto. Llegué ya tarde a la fiesta, a un sitio que ya muchas otras personas disfrutaban o directamente adoraban y que yo apenas estaba conociendo. También llegué tarde al descubrimiento de sus transmutaciones cuando se trasplantó a los reinos primero de Instagram y después de TikTok; los debates alrededor de #bookstagram y #booktok me parecen interesantes y, en el fondo, más complejos de lo que defensores y detractores férreos a veces hacen parecer; pero de momento quiero enfocarme en señalar un aspecto específico de estos asuntos: la estética de las anotaciones al margen.
De la ideología ─debatible, desde luego─ de la Dark Academia se desprenden imágenes de libros con extensas anotaciones al margen, con caligrafía apretada, a veces como bloques sueltos, a veces recorriendo el margen entero, a veces incluso incrustándose entre los renglones del libro, anotaciones que son la evidencia de exhaustivas y sesudas sesiones de estudio, a veces en combinación con subrayados hechos a lápiz, tinta o marcatextos.
La imagen de libros así marcados puede resultar sumamente estética, a veces las caligrafías que se posan en los márgenes hacen pensar en las garigoleadas decoraciones plantadas por escribas y copistas medievales, añadidos que convierten el libro ya no sólo en fuente de conocimiento y/o entretenimiento sino, además, en arte-objeto.
El atributo estético fue exaltado en los terrenos de bookstagran y booktook, los marcatextos se multiplicaron en cantidad y colores, convirtiendo los bloques de texto impreso en coloridos ventanales de catedral; las anotaciones que colonizaban los márgenes ya no eran exclusivamente en grafito o tinta negra, sino ya con plumas de amplia gama de colores; en las páginas de los libros florecieron cuadritos de post it con más anotaciones, y los contornos de los libros se erizaron con ejércitos de marcadores adhesivos: el resultado fue un curioso híbrido entre los clásicos libros anotados y la escuela del journaling más aesthetic posible. Y no se discriminó: la tendencia abarcó a libros contemporáneos y a clásicos antiguos, libros de ficción y de no ficción, misteriosos libros en idiomas extranjeros y los más resientes best sellers, incluso las Biblias editadas para estudio, con márgenes amplios para anotaciones, quedaron salpicadas de colores y repletas de anotaciones con plumas rosas y moradas con brillitos e incluso stickers y dibujos florales.
Naturalmente, tanto peso a lo estético levantó sospechas en diversos sectores de quienes se ocupan de los libros. El debate continúa hasta la fecha, y no profundizaré al respecto, por ahora sólo me limito a comentar que, personalmente, me siento abrumado con la sola idea de que alguien pueda verter tanta, tanta tinta propia en un libro. No por ser un purista advocando por la idea de que los libros deben mantenerse por siempre inmaculados de toda marca; al contrario, pienso que cada quien tiene el derecho de tratar sus libros como mejor le parezca en bien de la conexión personal que establezca con ellos. Si me abruma ver libros que parecen tener más caligrafía manual que letra impresa es por algunas dudas personales: ¿Cómo consiguen otras personas concentrarse realmente en el texto mientras están escribiendo en el momento otro libro casi igual de extenso? ¿Si hay tantas ideas, reflexiones, anotaciones que hacer, no convendría mucho más solamente marcar páginas y mantener, en paralelo, un cuaderno de estudios o algo similar, donde verter todas las ideas y reflexiones? Confieso, por otro lado, que en las fotografías de estos tatuados libros nunca intento siquiera ponerme a leer ─o descifrar─ lo que de hecho dicen las anotaciones; en lo que a mí respecta, bien podrían estar poniendo letras al azar con el mero propósito de decorar bellamente ─otra vez, como prolijos copistas medievales. Tampoco he visto nunca un libro así de inmensamente anotado y marcado en persona ─en libro─, quizá en ese caso sí intentaría descifrar un par de frases, o quizá solamente disfrutaría la experiencia de hojearlo como arte-objeto, manteniendo el misterio de las anotaciones y no arriesgarme así a romper el encanto; porque recuerdo una ocasión en que una amiga, saludable lectora, me prestó un libro suyo para leerlo. El libro tenía algunas anotaciones suyas en los márgenes; anotaciones sumamente modestas, comparadas con las fotos que se ven en internet, pero sí estaban hechas con tinta morada. En un primer vistazo me pregunté cómo sazonarían estas anotaciones mi experiencia lectora, y al final resultó que las anotaciones solamente ponían cosas como “jajaja”, “duh”, “same”, “osh”, “???”, etc.
Al final, creo que me generan más credibilidad el tipo de marcas que usa mi padre en sus libros: desvergonzadas líneas que cruzan la página o rodean todo un párrafo, un apresurado círculo que resalta un fragmento, caligrafía apresurada en el margen para resaltar una referencia, anclar una duda o conectar el fragmento con lo anotado en otro sitio, todo con rotundo bolígrafo rojo, con la letra indescifrable pero, por eso mismo, tan interesante como apuntes alquímicos. Complementa doblando las esquinas de páginas a destacar; a veces la punta, generalmente dobladas en un triángulo tan grande como medio sándwich. Eventualmente esto significó que, de libros que nos interesa leer a ambos, si él los lee primero, solamente marca ─en tamaño más pequeño─ la esquina de algunas páginas ─que vuelve a alizar cuando me pasa el libro─ para al final revisitar esas hojas señaladas y anotar aparte los puntos que le interesa recolectar de la lectura.
A partir de esto, un par de veces me ha sucedido una cosa entrañable: cuando se presenta este escenario que he mencionado, en que mi padre lee primero un libro que casualmente nos interesa a ambos y después me lo entrega para que lo lea yo, como dije, no marca las páginas más que con pequeños dobleces en las esquinas que al final vuelve a alizar. Eventualmente me pongo a leer el libro, y, en algún momento, al estar solo, en la noche, leyendo un rato antes de dormir, encuentro una frase que me resulta especialmente significativa y, en movimiento automático, llevo los dedos a la esquina superior de la página para doblarla… y me encuentro con que ahí está todavía reconocible el fantasma del doblez que previamente hizo mi padre en su propia lectura; siento entonces una linda calidez al ver esa evidencia de que, como padre e hijo, seguimos conectando de igual manera con cosas nuevas que vamos encontrando por la vida. Es una conexión bonita y también razonablemente natural, dado el vínculo sanguíneo y de crianza; tiene un matiz distinto cuando lo que estoy leyendo es un libro de segunda mano, y me encuentro con que la persona anterior, una persona completamente desconocida y ajena, dobló una página o señaló un fragmento que a mí también me resulta especial al leerlo; si los libros son en sí mismos conexiones con otras personas ─los autores─, cercanas o lejanas, vivas o muertas, este tipo de encuentros son, además, encuentros con otros lectores, con personas con quienes, de habernos conocido, habríamos podido conectar y compartir muchas cosas pero, en cambio, sólo queda ese lejano, cálido pero melancólico eco.
Otra cosa que sucede, a veces, con los libros de segunda mano, es que al abrirlos nos recibe una dedicatoria escrita a mano, breves frases o párrafos enteros, palabras que no son más que el polvo al que se han reducido sentimientos añejos de personas lejanas ─en tiempo o espacio─; encontramos las dedicatorias como si fueran las momias opacas que aparecen al abrir la tapa del libro como si fuera la tapa de un sarcófago. De esas dedicatorias se puede inferir toda una historia, la mayoría de las veces amarga, porque, sea como sea, el desenlace es aquel libro abandonado, olvidado, desechado, malbaratado, perdido o incluso despreciado, y entonces la manera en que nos conmueve el corazón leer las íntimas palabras de una persona a otra se siente igual a conmoverse con los vestigios de una casa hermosa, pero abandonada y reclamada por el polvo y las sombras. Finalmente, también puede suceder que en un libro de segunda mano se encuentre un retazo azaroso de la vida del dueño previo: la anotación en la última página de un encargo importante o una sola y misteriosa palabra que nunca comprenderemos por completo debido a la falta de un contexto que, de por sí fue efímero ─o quizá, en su momentos, inimaginablemente crucial─, un viejo boleto de autobús perdido entre las páginas o un recibo de compras de lo más banal a lo más comprometedor; alguna vez, en un libro comprado de segunda mano y enviado desde Estados Unidos, encontré olvidado entre las páginas un sencillo flyer anunciando un festival de otoño en el campus de una universidad. Por algún motivo, esto me resultó especialmente nostálgico. El papel anunciaba lo suficiente para desatar la imaginación, pero era también tan vago que no había manera de construir ninguna imagen ni remotamente precisa. Todavía, cuando recuerdo el flyer ─o lo veo casualmente, porque quedó guardado en un cajón─, imagino toda suerte de variaciones respecto a todo lo que pudo haber en ese pequeño festival, que tantas ilusiones me despertó a la distancia, y como, además, el libro en que lo encontré me resultó especialmente significativo, cada vez que pienso en todo eso siempre me encuentro deseando con fuerza, de todo corazón, que la persona que haya leído ese libro, que haya guardado ahí el flyer, haya asistido al festival y que haya vivido en él algunos de los momentos más felices de su juventud.


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