Estoy completamente a favor de que cada persona romantice los aspectos del mundo y de la vida que más significativamente conectan con su alma.

      A este respecto, uno de los elementos más recurrentes ─y colectivos─ es romantizar épocas, temporadas, estaciones del año. Si bien me mantengo a favor, y yo mismo tengo mi manera personal de romantizar determinados periodos del año, al mismo tiempo me parece importante que nos mantengamos conscientes de que ninguna temporada será perfecta nunca. En multitud de asuntos y detalles, pero por ahora me interesa especialmente cómo afecta esto a dos cosas específicas: los libros y la escritura.

      Primero los libros. Todos los lectores hemos escuchado ─o sabemos por instinto─ que hay libros que se sienten mucho mejor y más plenos al ser leídos durante temporadas específicas, y, por lo tanto, todos hemos reservado libros con la intención de leerlos durante periodos específicos (alguna de las cuatro estaciones, la semana de nuestro cumpleaños, Semana Santa, un aniversario luctuoso, un viaje, la graduación universitaria o el momento de jubilación, una convalecencia, la temporada de lluvias, etc).

      Me parece una costumbre entrañable del espíritu humano el mero hecho de clasificar las lecturas para momentos específicos; especialmente cuando pasamos de lo general a lo individual. Porque, desde luego, hay muchos libros sobre los que existe un consenso más o menos general respecto a su pertenencia natural: por ejemplo, se suele aceptar que historias de cozy mistery, fantasmas o nostalgia rural son libros que embonan mejor al leerse durante el otoño; pero, si después preguntamos a lectores individuales cuáles libros consideran lecturas específicamente otoñales por motivos personales, las listas se volverán cada vez más curiosas y hasta polémicas, porque se eligen acorde a la alquimia de cada alma individual, cosas tan específicas que no todo mundo puede comprender del todo. Habrá quienes, para un viaje largo, se inclinen por novelas de trama de misterio y redacción poco complicada, otros preferirán libros de no ficción sobre temas variados, otros buscarán aprovechar el viaje libre de distracciones para enfrentarse a una lectura densa y compleja, etc. Para unas vacaciones o una convalecencia en el hogar, muchas personas se inclinarán por libros de aventuras, ubicadas en lugares exóticos o directamente de fantasía, mientras que otros preferirán libros de memorias para sentirse acompañados, etc.

      Las lecturas adecuadas fomentan y acentúan la vivencia del momento, de la temporada o la estación que pretendemos romantizar o, al menos, transitar de la mejor manera posible. Sin embargo, se corre el riesgo de provocar el equivalente en el hilo de lecturas a un choque de carambola en una carretera: puede suceder que algunos libros reservados específicamente para esa temporada resultaron decepcionantes, puede que incluso se abandone un libro decepcionante a la mitad, con la urgencia ─porque la época romantizada sigue avanzando─ de probar con el siguiente, que también resulte una decepción, y entonces nos vemos en la necesidad de improvisar otra lectura que sospechamos (aunque quizá con menos certeza que la previamente atribuida a los desaires anteriores, reservadas durante más tiempo y, por lo tanto, con más aparente certeza) también podría funcionar para la temporada y, al final, esta presión y esta prisa auto impuestas por determinadas lecturas para una temporada puede volverse paralizante, y llevar a una frustración que resulte en que, esos días tan preciados, hayan transcurrido sin lecturas de provecho (o con muchas menos de las planeadas). Por eso la importancia de romantizar pero sin ser rígidos, y permitiendo la evolución natural de las cosas; como en la escritura de una historia, precisamente.

      Lo que me lleva a la escritura. Aquí puede suceder lo mismo que con la clasificación arbitraria pero personalmente significativa de libros para distintas temporadas y momentos del año o de la vida; hay ideas de historias que uno quiere reservar para escribir durante determinadas épocas, quizá porque suceden durante esa época, pero más bien porque sentimos que el ambiente en el aire, la manera en que nos sentimos, la forma en que se ve el mundo durante ese periodo, conforman el ambiente ideal para que nos inspiremos escribiendo mejor esa historia específica. Es cierto, determinadas condiciones en el entorno facilitan que uno se sienta mucho más inmerso en la historia que se quiera contar y, por lo tanto, no sólo se facilita el proceso, sino que se vuelva mucho más agradable. Pero yace aquí también una trampa, porque estos argumentos no son más que una extensión del eterno debate respecto a la inspiración, y lo peligroso, se diría incluso letal, que resulta depender exclusivamente de ella.

      Escribir solamente determinadas cosas solamente durante determinadas circunstancias que nos parecen ideales puede resultar en un pasatiempo agradable, lo que no está mal en si es todo lo que se pretende; pero si se quiere tomar la escritura con seriedad, entonces buscar circunstancias ideales para escribir cosas específicas es una garantía de tirar por la borda cualquier esperanza de hacer una labor literaria real. Porque se trata de una mera indulgencia personal que, entre otras cosas, sería señal de una debilidad a atender en el aspirante a escritor, porque quien eso pretenda ser habrá de ser capaz de evocar en su interior cualquier cosa, cualquier estación, lugar, clima o circunstancia, entre lo vivido, lo visto, lo conocido o lo imaginado. La escritura incluso se vuelve una manera de visitar, de manera atemporal, esas circunstancias que añoramos o que nos interesa explorar: Por poner un ejemplo sencillo, desde luego es agradable escribir una historia otoñal durante los bellos meses en que transcurre la temporada, pero también es cierto que, si esperamos solamente a que llegue la estación para emprender ese proyecto, nos estaremos auto imponiendo obstáculos innecesarios e ilusorios que sólo dañarán nuestro trabajo; mejor, si es posible, escribamos sobre otoño durante el otoño, pero también permitámonos ─¡Si es una de las mayores bendiciones de escribir!─ visitar el otoño siempre que queramos, las veces que queramos, a través de la escritura.

      Volvamos a los libros y su pertenencia a diversos periodos del año o de la vida.

      Arthur Koestler acuñó el término Library angels, Ángeles de la biblioteca, para referirse a las curiosas y abundantes “conicidencias” y sincronicidades que viven los lectores ávidos a lo largo de su vida: los casos en que encontramos por pura casualidad el dato que necesitamos en un libro al azar, cuando encontramos una oportunidad de adquirir un libro raro justo cuando intentamos conseguirlo, cuando llega a nuestras manos un autor que desconocíamos pero que era exactamente a quien necesitábamos en ese momento de nuestra vida. Los lectores de estas líneas estarán ya completando esta lista rememorando sus propias anécdotas, porque a todos nos ha sucedido, cuando nuestra vida ha transcurrido en medio de mucho papel.

      (No es extraño nombrar a los ángeles en este tipo de escenarios, por cierto; Tammy L. Montgomery, siguiendo la escuela de Jung, proponía que los ángeles están presentes siempre que ocurre algún evento de sincronicidad.)

      El lector es libre de interpretar el término angelical con toda amplitud; lo importante aquí es la idea en abstracto de algo ajeno a nosotros que nos guía a través de los inabarcables laberintos librescos. Menciono todo esto por lo que dije al inicio de este texto, específicamente esos escenarios en que nuestros planes originales para un calendario de lectura idílico durante una temporada se ven frustrados por libros que, desde las primeras páginas, decepcionan por un motivo u otro y uno siente el horror de ver grandemente mermada la torrecilla de libros tan cariñosamente preparada con anticipación. No es poco común que, en esas situaciones, de pronto una circunstancia azarosa nos ponga en las manos un libro del que no conocíamos ni su existencia, y nos llama tanto que comenzamos a leerlo justo en ese momento, y se convierte en una lectura ideal para ese momento en el que tanto buscábamos libros ideales. En medio de romantizar una temporada, debemos mantenernos también abiertos y perceptivos a arribos como estos.

      Sucede en cualquier momento, desde luego, libros que llegan a nosotros en el momento en que necesitamos leerlos, o también libros que hemos tenido esperando en nuestros estantes desde años, quizá incluso décadas atrás, y nos decidimos a tomarlo y leerlo justo en el momento de nuestra vida en que realmente produce algo trascendental en nosotros, que no habría sucedido de haberlo leído en el momento de haberlo comprado, diez años atrás, por ejemplo.

      Es célebre que Umberto Eco equiparaba una biblioteca amplia y con varios libros por leer con algo similar a tener un botiquín médico en casa: uno necesita libros distintos en distintos momentos de su vida, y nunca está de más tener ya varias medicinas a la mano. En esa analogía, podríamos decir que existe por sobre nosotros un médico que sabe qué es lo que necesitamos, y sutilmente ─o, más comúnmente, sin sutileza alguna─ nos pone el remedio preciso en las manos.

      Saltando una vez más de un caballo a otro, vuelvo a los asuntos de escritura, porque me parece que algo parecido sucede en esos terrenos.

      Estoy convencido de que existe otra guía sobrehumana, otros ángeles, espíritus o divinidades, como el lector quiera verlo, similares a las que nos obran sus milagros en las páginas de los libros, pero que se encargan de ayudarnos en nuestros trabajos creativos. Así como los ángeles de biblioteca nos hacen llegar los datos, páginas, libros y autores precisos en los momentos exactos, esta otra fuerza supernatural nos ayuda a avanzar entre las historias que queremos escribir.

      Mencionaba antes que uno puede sentirse inclinado a esperar determinados momentos, épocas, temporadas o circunstancias para escribir historias específicas, y que eso puede devenir más bien en una traba a nuestro trabajo; estos ángeles de la escritura intentan evitarnos esas trabas. Su labor es más compleja porque se tienen que enfrentar a terquedad, vanidad y confusión humanas; por lo tanto, a veces tienen que usar medidas más severas para alejarnos de proyectos en los que insistimos trabajar aunque aún no es el momento adecuado, por nuestra falta de experiencia, porque falta que encontremos aún elementos que serán vitales para esa historia, etc., o porque otras requieren mayor urgencia, para afectar las circunstancias de nuestro presente, porque derivarán en que nos encuentren, porque es posible que haya uno que será nuestro último trabajo sin saberlo y debe escribir se antes de que sea tarde, etc. A veces nos ponen de por medio una traba laboral, una breve convalecencia o distracciones varias para alejarnos de un proyecto, o nos infunden de ánimos renovados, nos hacen llegar un elemento (quizá otro libro, trabajando en equipo con los ángeles de biblioteca) que sea la chispa final que necesitábamos para trabajar en el proyecto que es el que mejores resultados tendrá en ese momento de nuestra vida.

      En ambos casos, pues, tanto las lecturas como los proyectos creativos (me parece que lo dicho aquí sobre la escritura puede aplicar, con sus propias particularidades, a cualquier labor creativa) requieren tanto que escuchemos al instinto como que permanezcamos receptivos a la guía natural que siempre sucede ante nosotros y que, usualmente, solemos tratar de doblegar por capricho o mera necedad.

      Decía al principio que apoyo completamente toda intención de romantizar los aspectos de nuestra existencia que nos hagan bien, únicamente me pareció necesario acotar esta reflexión para decir que cosas originalmente bellas, como esa romantización del mundo y la vida, deben ejercerse en función de la Vida misma, que sabe mejor de lo que creemos muchas cosas; no debemos convertir ese romance en un yugo auto impuesto, ni en un detrimento. No olvidemos que nunca existirá la temporada perfecta, pero, ¿el ejercicio personal de romantizar una temporada no significa, precisamente, disfrutar sin importar las imperfecciones?

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