A las cuatro de la tarde, Sandra salió al jardín, con una mandarina en la mano y una sillita plegable de madera bajo un brazo. Colocó la silla junto a un muro, entre dos voluminosas macetas, y se sentó.
El jardín era de buen tamaño, tenía piso de baldosa y muchas plantas por todos lados. Aparte de los muros de la casa, el espacio lo confinaban los muros altos de una barda muy vieja, de piedra. Estaba en la parte trasera de la casa, de modo que salir ahí era una buena manera de sentirse completamente aislada del resto del mundo. O de reencontrarse con el mundo de verdad, según se viera.
Muchas veces, cuando Sandra le daba vueltas al mundo en su cabeza ─cuando entraba en la espiral irresoluble de preguntarse alternativamente, una y otra vez, si la vida era una cosa abrumadoramente complicada que la gente elegía tomarse muy a la ligera, o si la vida era en realidad una cosa muy sencilla que las personas convertían en artificialmente complicada─, miraba por la ventana o directamente salía al jardín y llegaba a la conclusión de que, para empezar, era difícil llegar a cualquier conclusión respecto a la vida si, de hecho, se olvidaba constantemente cuál era el mundo real en el que estaba sucediendo esa vida. Y el mundo real era ese que Sandra tenía la fortuna de poder encontrar en el jardín. Especialmente durante los melancólicos días de otoño.
Así se encontraba en ese momento, sentada junto a la pared, en la sombra tenue que cubría el jardín y que contrastaba con el azul casi refulgente del cielo, con la luz dorada de la tarte posada en las puntas de un par de árboles y en una delgada franja en la parte alta de la casa. Todo esto en medio de un sonido sólo interrumpido, de vez en cuando, por el sonido lejano de un motor o, más frecuentemente, por el murmuro de hojas movidas por la brisa o el canto de aves vespertinas. En medio de esas circunstancias precisas, Sandra podía percibir claramente lo artificial de todas las cosas que la gente va poniendo sobre el mundo, los incontables filtros que van colocando a la manera de concebir el mundo, y después de unos minutos todas esas cosas, filtros y artificios se iban desmoronando ante sus ojos, como follaje naranja en octubre, dejando al descubierto nada más que las ramas desnudas de su percepción más impoluta de lo único auténticamente real al centro de las cosas: esa tarde silenciosa, ese cielo azul, esos últimos trazos de luz dorada, todo eso era el mundo, era la vida.
Alzó la vista para mirar en las nubes, nubes voluptuosas que, sobre el cielo azul, tenían sus contornos y volúmenes acunados por la luz del atardecer, dándoles un aspecto no sólo palpable sino realmente sólido. Ese tipo de nubes siempre hacía que Sandra, desde la infancia, pensara en retazos de historias, historias tan inasibles como las propias nubes pero que, de la misma manera, la luz volvía engañosamente sólidas y la hacían sentir, por lo tanto, que no eran vagas y sueltas imaginaciones suyas sino atisbos a un mundo distinto pero real; por eso nunca se le hubiera ocurrido ni siquiera intentar escribir ninguna de esas cosas, trasplantarlas de alguna manera en nuestra realidad, porque esas visiones de otra realidad no le habían sido concedidas para eso, sino únicamente como un obsequio íntimo, uno que era solamente para ella y nadie más, un pequeño tesoro tan precioso y sorprendente que, con el paso de los años, cuando Sandra pensaba más detenidamente al respecto, no podía más que sentir una gran impresión al darse cuenta de cuántos silenciosos tesoros debían existir dentro de otras personas. No la idea de sus vidas y pensamientos, sino específicamente esas pequeñas perlas, que percibían ajenas a ellos, obsequios discretos de la Providencia, que tanto significaban para cada una de esas personas y que, como eran destinados para ellos y nadie más, nunca nadie más conocería.
Sandra comenzó a pelar la mandarina, colocó la cáscara sobre su regazo y comió el primer gajo.
A lo largo de su vida, Sandra había visto varias camadas de gatitos nacer y crecer en esa casa, y muchas veces, durante las temporadas en que los gatitos ya habían abierto los ojos y comenzaban a explorar el mundo en el jardín, bajo la vigilancia relajada de su madre gatuna, Sandra se quedaba mirándolos por la ventana varias veces a lo largo del día. Naturalmente le encantaba jugar con ellos y cargarlos, pero también procuraba quedarse mirándolos desde lejos, desde el otro lado de la ventana, porque era esa una imagen que le ayuda a recordar el sentido auténtico del mundo. Pocas cosas en el universo le parecían tan puras y hermosas como la imagen de pequeños gatitos en el jardín, deambulando por el piso de ladrillo, jugando entre ellos o con algunas hojas caídas de las muchas plantas, o adormilados en un retazo de sol. ¿No era esa realmente la auténtica esencia del mundo, de la vida, de la existencia? Contemplar aquella inocencia tan pura de aquellos gatitos, dando sus primeros pasos, mirando por primera vez una planta, una flor, una hormiga, una mariposa. Mirando el cielo y las nubes, sintiendo la calidez del sol, jugando en un pequeño Edén particular, durmiendo apilados entre ellos o junto a su madre. Sandra no podía imaginar ninguna forma más pura y sincera de experimentar la vida como la de esos gatitos; no pocas veces le sucedía que, mientras los veía por la ventana y se ponía a pensar en estas cosas y los miraba simplemente existir, de pronto sentía un pequeño escozor en los ojos, una piedad prácticamente religiosa acompañada de una serena tibieza en el pecho. Sandra seguía admirando a los gatos en el jardín conforme iban creciendo, siempre era un espectáculo hermoso, pero esos momentos, esa brevísima infancia, era lo que más le producía esa pía sensación.
Cuando ella misma salía al jardín, en su silla y comiendo uno a uno, con toda lentitud y disfrute, los gajos de una mandarina, se sentía momentáneamente compartiendo la misma percepción de los gatitos, se recordaba a sí misma lo que realmente era el mundo en su centro, su absoluta esencia.
A veces pensaba que esos eran pensamientos y pasatiempos de anciana, que apenas andaba navegando su tercera década y sus pensamientos ya eran los propios de quien comienza a alistarse para irse despidiendo del mundo. En todo caso, se decía después a sí misma, ¿no es el paso por el mundo una larga e ininterrumpida despedida? Una extensa despedida a todas las cosas que uno va encontrando en la vida. Pero podría decirse también que es un largo e ininterrumpido saludo, a todas las cosas que uno va encontrando en la vida y, eventualmente, a lo que espera a recibirnos después de esta vida.
Esa es otra cosa sobre el otoño, parte de por qué durante esa temporada Sandra percibía con más claridad el centro de la vida ahí en el jardín: el invierno simboliza la muerte, una gélida certeza no de su cercanía, sino de que está presente y nos encontramos sumergidos en ella, el invierno es la cara oscura y despiadada de la muerte, las manos frías de afiladas zarpas, las cuencas vacías de ojos, el silencio gris de la ausencia, la incertidumbre, el miedo y la tristeza; el otoño, en cambio, es un recordatorio más bien fraterno de la muerte, una convivencia prácticamente fraternal, su frío no es cruel sino que existe para recordarnos que está ahí para que sintamos lo acogedor de la Creación en la que vivimos; la vista que ofrece no es gris y desolada sino hermosa y reflexiva. El invierno es la fría sentencia de muerte, otoño es la idea de la muerte como una presencia reconfortante, una compañía que bien podría estar sentada en otra silla, al lado de Sandra, también comiendo una mandarina, mientras ambas contemplan el jardín, escuchan a los pájaros, miran el cielo azul y los altos atisbos de luz dorada, con el sabor dulce en la boca.
Había terminado la mandarina, la cáscara yacía en su regazo con las semillitas al centro: un pequeño nido vegetal, porque a fin de cuentas esas semillitas grises eran los pequeños huevos de los que emergerían nuevas y frondosísimas vidas cargadas de sabor dulce si fueran sembradas y cuidadas durante años. Estas semillas, en cambio, más tarde serían llevadas al bote de basura en la cocina; esto hizo preguntarse a Sandra si quizá así sucedía con nuestro mundo, si acaso en otro plano habría montones, incontables cantidades de semillitas pálidas que serían semillas de almas, y todas podrían sembrarse aquí en el mundo para que florecieran en personas, pero, en realidad, muy pocas tenían esa oportunidad, la inmensa mayoría se perdía en un éter inconcebible para nosotros, y sólo unas cuantas se sembraban aquí y eran esas todas las personas que existen en el mundo, todas las personas que, al final, cuando se nos haya agotado hasta el último gajo de nuestra existencia, no dejaremos más que el cuerpo que es nuestra cáscara, y un puñado de semillitas… ¿Tal vez, ya aquí, esas semillas no sean solamente nuestra descendencia carnal, sino también todo aquello que en nuestro tránsito vital hayamos dejado por el mundo, en la vida de otras personas? Semillas que algunos cultivarán, en algunos florecerán como cosas espléndidas, pero otros simplemente las desecharán en el bote de basura figurativo de la cocina figurativa. También, desde luego, puede haber muchas personas que al final terminen siendo como esas mandarinas que son más bien pequeñas y al final dejan la cáscara, pero ninguna semilla. Sandra acunó cuidadosamente el nido de cáscara y lo colocó momentáneamente sobre el piso de ladrillo, junto a una pata de la silla.
En ese momento, una brisa repentina meció las plantas y los arbolillos, con un sonido como de oleaje. Sandra sonrió, porque sabía que eso significaba que sus visitas estaban a punto de llegar. Sandra siempre pensaba en ellas, y estaba segura de que, en alguna manera, nunca se iban realmente, pero era durante el otoño cuando de hecho podía verlas y saludarlas.
Alzó la vista, hacia la punta más alta de un pino alto en el patio vecino, al otro lado de la barda, la punta que era ya el último punto, desde la perspectiva de Sara, donde podía verse la última luz dorada de la tarde que había seguido avanzando. Sabía que iban a aparecer por ahí y, en efecto, de ahí emergieron, como si se materializaran con la luz dorada de la tarde y las sombras opacas del follaje (y probablemente así era, según sospechaba Sandra), varias siluetas que, en un primer momento, para el testigo casual, habrían podido confundirse con las aves de una parvada pero, cuando descendieron trazando una suave curva por el aire, hasta posarse gentilmente en el jardín ante la mujer, fue fácil distinguirlos como toda una manada de gatos, con alas que mostraban la gama de tonos de las hojas otoñales.
Sandra conocía a todos esos felinos, eran las camadas de gatitos que habían nacido, crecido y vivido en casa al paso de los años, a los que Sandra había mirado de cachorritos deambulando por el jardín, con los que había compartido todas las etapas de su vida. Eventualmente, como es natural, una generación daba paso a otra, y las partidas eran siempre invariablemente dolorosas; ella nunca dejaba de sentir constantemente la presencia de cada uno de los gatos, siempre estuvo segura de que debían llegar a visitarla frecuentemente, pero después llegó el momento en que toda suposición se vio confirmada, cuando los gatos ausentes consiguieron hacer los rituales necesarios, allá en el sitio donde vivían ahora, para conseguir el permiso de visitar a Sandra, de forma visible, una vez al año, durante el otoño.
Sandra podía verlos durante una tarde entera. Todos los gatos tomaban turnos para subir a su regazo y que les acariciara la cabeza y el lomo, varios se quedaban sentados o echados cerca de ella, alrededor de la silla, ronroneando, gatos iban y venían explorando el jardín, investigando si en algo había cambiado, mirando las plantas, jugando con mariposas o jugando entre ellos, ya no sólo correteando sino también persiguiéndose revoloteando por el aire, batiendo sus alas que se veían como hechas de hojas sepias, marrones, naranjas y rojizas.
En esos momentos, de haber querido, habrían podido hablar entre ellos, sin importar que una fuera humana y los demás gatos, porque los felinos ya eran ajenos a las barreras del mundo terrenal que habían dejado atrás; pero, en realidad, no hacía ninguna falta, habían convivido entre ellos y con Sandra durante muchos años, entre todos se entendían perfectamente, y se sentían felices sencillamente compartiendo la tarde ahí en el jardín.
Para cuando la tarde se iba consumiendo en anochecer, con el cielo tomando primero un suave tono lila y después un azul que iba oscureciendo, y el jardín poco a poco se empezaba a ensombrecer, los gatos se acercaban a Sandra, ronroneando, para despedirse, y Sandra luego los veía alzar el vuelo y alejarse, como hojas llevadas por el remolino de una brisa silenciosa. Las siluetas felinas se perdían entre las sombras de la noche y Sandra se quedaba un momento más mirando el cielo, ya sin escuchar canto de aves, sino chirridos de grillos.
Al final, Sandra plegó la sillita de madera para cargarla bajo el brazo, recogió la cáscara y las semillas de mandarina, y entró de vuelta a casa.

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