Amo el otoño.

      Durante el otoño siento que el mundo me saca un pedazo de alma y lo utiliza para teñir la realidad entera; por lo tanto, me resulta casi un deber moral salir para recorrer a pie ese pedazo de mi alma que me ha sido momentáneamente sustraído.

      Quizá sea debido a la extraña experiencia (nunca deja de serlo) de andar caminando por la propia alma, que el otoño me despierta una mezcla de sentimientos que se amalgama en algo que no siento en ningún otro momento del año. El otoño siempre me entristece un poco al mismo tiempo que me reconforta con una dulzura altamente melancólica.

      Otoño es el momento en que la realidad se vuelve más flexible, menos palpable, más posible de diluir en la luz de sus atardeceres, de esas maravillosas tardes en que hay sol pero se sienten frías.

      He pensado, desde hace años, que todo lo maravilloso debería ocurrir en otoño, y tal vez sea esa convicción la que suele dejarme frustrado para cuando llega invierno, porque siempre me quedo esperando la maravilla que nunca llega.

      El otoño alarga sus sombras como si su luz incendiada fuera un instrumento musical al que le alarga las notas en ciertos puntos. Su brisa suena, al pasar entre follajes marrones, amarillos y rojizos, como finos y multitudinarios dedos de doncellas, hojeando presurosas algún viejísimo y voluminoso libro con hojas de crujiente papel pergamino.

      Cuando se pasea durante otoño, cada paso se siente como una palabra escrita, cada aspirar huele a tinta y todas sus tardes tienen tacto de papel, porque otoño siempre es un libro. O al menos eso me parece. O al menos así me parece que debería ser. Otra vez, cada otoño se siente como la promesa de un libro memorable que nunca termina de empezar siquiera.

      Cuando se recorre la calle durante otoño siempre falta música, su aire se siente con pureza de agua por el silencio; otoño nunca debería ser silencioso, debería tener siempre música omnipresente, música que se sienta como esas súbitas ráfagas que de cuando en cuando lo despeinan a uno mientras camina ensimismado. A cambio de ese silencio en el aire, cada quien se puede armar sus propias bandas sonoras de canciones otoñales, y estoy convencido de que ninguna lista musical es más íntima, significativa y melancólica que una que pertenece al otoño.

      Estoy seguro de que, entre todos los momentos del año, es en ciertos puntos específicos de otoño cuando en la tierra existen cosas, criaturas, situaciones más allá de la mundana cotidianidad. Estoy seguro de que, a nuestro alrededor, es siempre durante ciertas tardes de otoño cuando algunas personas descubren, con íntima naturalidad, la existencia de la magia real en nuestro mundo.

      Amo el otoño, me encanta octubre y el comienzo de noviembre, amo el Día de Muertos, me gusta ver calaveras sonriendo por todos lados, me gusta ver las flores y la comida en los escalones de las ofrendas y me exalta el aroma del incienso. Me gusta que sea en los días a mitad de otoño donde vivan los muertos en nuestro mundo.

      Hay libros, hay canciones, hay paseos, hay lugares, hay personas y hay historias que únicamente pueden existir (y a veces resucitar) en otoño, que son lo que Eurídice a la primavera. Hay otoños que contienen pasajes decisivos para el tono, para el rumbo e incluso para el significado de una vida.

      Muchos anhelan un amor de verano, yo sueño con un amor de otoño.

      Algunos reavivan su espíritu cuando llega la primavera. Los niños celebran el verano. Muchos se entusiasman con los festejos decembrinos. Para mí, la melancolía de otoño tiene denominación de origen; estoy seguro de que el significado auténtico de la vida debe encontrarse esperando en alguna tarde de otoño.

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