A propósito de los 100 años que cumple La Montaña Mágica este noviembre, posteo aquí un pequeño monólogo de un personaje, en una novella que terminé de escribir hace unos meses, respecto al que es su libro favorito. Comenzó como unas notas mías para un ensayo que quería escribir sobre el libro, pero en aquellas misteriosas y orgánicas alquimias del proceso creativo, que tantas veces parece encontrarse su propio camino no «gracias a» nosotros sino a través de nosotros, se acomodó de manera natural dentro de una historia que estaba escribiendo en esos momentos:
“¿Ves cómo existe un tipo particular de catarros que están en el punto exacto: son suficientemente severos para justificar guardar reposo y a la vez suficientemente leves como para poder disfrutar ese reposo? Leer La Montaña Mágica produce una sensación similar, lo que resulta muy apropiado considerando la locación del libro. Es una novela extensa, un peculiar limbo en el que la enfermedad siempre está presente en alguna medida, desde el catarro que originalmente determina el destino de Hans Castorp al alargar su estadía en el sanatorio, hasta procedimientos médicos tan escabrosos como rellenar pulmones con gas para hacerlos reposar o serruchar costillas para extirparlas.
»El libro permite una reflexión hacia la enfermedad en un tono mucho más trascendental, porque lo que vemos desfilar por la historia son padecimientos especialmente propios de una época concreta, lo que nos permite mantener cierta “distancia” y, por lo tanto, atender específicamente a las diversas reflexiones que se hacen sobre la enfermedad como condición y como metáfora. En el libro, la enfermedad tiene un tinte muchas veces médico y biológico (con todo y una que otra descripción escalofriante o directamente desagradable), pero otras veces se reviste de un carácter cuasi mitológico o, incluso, espiritual. Precisamente la salud, la enfermedad, los rituales de curación, el sanatorio en sí mismo y las interacciones en su interior conforman una sucesión de alegorías tan complejas y hábiles que son, al final, como las manchas en una vieja radiografía toráxica: ¿son realmente la confirmación de una infección? ¿Confirman la presencia de cicatrices? ¿Son meras manchas en la impresión que se confunden con algo más? Es la mente del lector quien asume la médica tarea de identificar y diagnosticar, a su mejor criterio personal, las a veces muy evidentes y a veces muy sutiles metáforas que, sobre la vida, plantea Mann.
»Hay dos certezas que siento respecto a La montaña mágica: primero, que idealmente debe leerse más de una vez en la vida y, segundo, que la primera lectura debe ser durante la juventud más de formación, idealmente durante la preparatoria, porque se trata de un libro que contiene un extenso repertorio de reflexiones sobre la vida (que nunca sobra, pero resulta particularmente trascendente en ese momento de la juventud) y Mann las propone con un tono de compañía y no de sermón. La manera en que Mann narra las actitudes, pensamientos y sentimientos de Hans Castorp, incluso cuando hay momentos cuestionables, no son a manera de crítica o regaño, sino con una sinceridad que, dentro de la intimidad que sólo consiguen los libros, propicia el ambiente más seguro posible para que un lector joven reflexione sobre sí mismo y, a un lector de más edad (sea la que sea) le permite cuestionarse realmente qué clase de desarrollo ha tenido como ser humano en los años que lleva de vida desde esa todavía cercana o ya lejana juventud, incluso podría incitar a personas en su tercera, cuarta, quinta o hasta sexta década a cuestionarse sobre el manejo actual de su vida.
»Eso es, ni más ni menos, lo que contiene la novela de Mann, una extensa, íntima y universal reflexión sobre la vida, más allá de cualquier otro punto terrenal, la experiencia de la vida, la que constantemente olvidamos, la que nos ocultan otros o a veces nosotros mismos nos ocultamos detrás de un mundo de intrascendencias terrenales. Trata la vida como una experiencia, como un inesperado placer, como una escurridiza trampa, como una cuestión reflexiva y emocional, incluso se permite dedicar varias páginas a una reflexión sobre los aspectos biológicos y químicos de la vida misma… Para una misma volver a recordar la esencia inasible de la vida, haría falta retirarse un tiempo a un sitio como, por decir algo, un sanatorio aislado en las montañas… Pero, desde luego, ¿Quién podría permitirse ese lujo hoy en día?
»He aquí la clave de todo: el libro de Mann es, en sí mismo, ese lugar. Los personajes se retiran a una vida de curación en el sanatorio Berghof, donde experimentan una versión de la vida tan aislada y tan pura de toda contaminación como el aire fresco y sin aroma de las montañas; aquí, en el plano de nuestra realidad, la novela de Mann, ese libro físico que podemos sostener en las manos, es el sanatorio Berghof, un lugar de retiro donde el tiempo se vuelve una sustancia maleable; aunque, afortunadamente, para nosotros sí es siempre una visita delimitada, al contrario de tantos internos para quienes ese sanatorio se convierte en una variante del Hotel California: You can check out any time you like, but you can never leave.
»En todo caso, quizá por eso algunos lectores demoran tres o cuatro meses recorriendo el libro de principio a fin, mientras que otros lo despachan en un mes, en un par de semanas o en un par de noches surreales, e, independientemente del tiempo que haya tomado el acto en sí de la lectura, cada lector tendrá una percepción distinta de realmente cuánto tiempo estuvo navegando las páginas de La montaña mágica. Igual a como los internos del Berghof pueden pasar en el sanatorio unos meses o varios años que para ellos no son más que un suspiro, porque su percepción del tiempo se vuelve una muy distinta a la del resto del mundo, ahí en la realidad aparte que habitan.
»Y así como los internos del sanatorio permanecen largas temporadas seducidos por los frecuentes reposos al aire libre, las comidas espléndidas, los paseos, las celebraciones y la existencia pacífica libre de toda preocupación (salvo, claro está, por la omnipresencia de la enfermedad y la constante sombra de la muerte acechando en los rincones), de igual manera el lector termina deseando permanecer tanto tiempo como sea posible en La montaña mágica: independientemente del ritmo de lectura de cada persona, se trata de un libro que nunca debe apresurarse, sino incluso todo lo contrario: cada maravillosa frase está escrita para saborearse detenidamente, a fondo, con tanto gusto como Hans Castorp saborea gustosa y tranquilamente uno de sus cigarros María Mancini.
»En la brevísima introducción que anota el propio Thomas Mann a su novela ya queda establecido que un Tema primordial del libro es el Tiempo, y, naturalmente, desde esa posición queda claro que lo voluminoso del libro es una declaración en sí misma. Pero además del asunto del Tiempo como tema, se sabe y se menciona siempre que Mann vierte en La montaña mágica varios temas relevantes de la época, se analiza siempre la manera en que pone a dialogar perspectivas filosóficas y sociales distintas; sin embargo, es muy probable que la conversación sobre esto último haya opacado la auténtica envergadura del libro, curiosamente, en una manera en que, constantemente, también aquí en el tangible mundo cotidiano las discusiones sobre posiciones respecto a construcciones sociales terminan tapando la Vida que transcurre allá al fondo.
»Por cierto que resulta imposible no mencionar que al propio Mann le sucedió lo mismo que a Hans. El joven protagonista llega al sanatorio con el plan de una breve visita antes de volver a su vida cotidiana; en cambio, termina ahí dentro siete años. Mann, originalmente, planeaba escribir esta historia como una novela corta; al final terminó habitando ese mundo durante alrededor de mil páginas (depende la edición del libro, la primera que tuve era de 721, la segunda que conseguí es de 1048). Él mismo fue, pues, el primer interno, de este mundo, en aquel universo que construyó dentro de un sanatorio de los Alpes.”


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