En uno de sus juegos, cuatro niños se alejaron de su pequeño pueblo, en medio de una pradera, más de lo que ni ellos ni ningún otro niño se había alejado antes; subieron una pequeña colina imaginando que trotaban por un reino sembrado de torretas a las que debían liberar de una invasión. Al subir la colina y avanzar otro tramo no encontraron ninguna torreta ni tropas de un ejército enemigo, sino que vieron lo que a primera vista parecía un árbol de tronco rechoncho, sumamente frondoso.

      La sombra del follaje era realmente amplia, varios metros más allá del tronco en todas direcciones. Los niños rodearon el árbol y, a medio camino, dieron un respingo cuando se encontraron con una cara de entrecejo fruncido y dientes afilados ‒que eran parte de la misma corteza… aunque también hay que preguntarse si “corteza” era la palabra correcta, porque al examinar con más detenimiento el árbol se le encontraba un aspecto más bien como de zanahoria gigante, a medio desenterrar. No tenía ojos, solamente cuencas vacías y oscuras bajo el ceño enfadado. Su mueca era tan tiesa que podría haberse tomado por el trabajo de un escultor un poco improvisado y muy ocioso. Pero no, esa era la auténtica cara del árbol ‒o de la zanahoria gigante, que es como los niños le empezaron a llamar casi de inmediato‒, porque se movía un poco, como si no fuera una cosa sólida sino algo mucho más blando. Los niños no estaban seguros de si se encontraban ante un ser racional porque, aunque le vieron agitarse y moverse, no emitía nada más que gruñidos ininteligibles y perezosos.

      Con todo y la mueca malencarada, todo indicaba que no había peligro alguno. Así que los niños tomaron la costumbre de reunirse ahí casi todas las tardes a jugar, incluso comenzaron a llevarle comida, que arrojaban a su boca desde una prudente distancia, entre risas.

      Los niños acordaron no contarle a nadie sobre aquel árbol con color y hojas como de zanahoria, con cara de monstruo como la dibujaría un infante con crayones. Guardaron el secreto con gran celo.

      Pasaron los años y siguieron visitando la colina, juntos, en tercias, de dos en dos o incluso en solitario, pero rara vez pasaba un día sin que por lo menos uno de ellos se acercara al árbol.

      Cuando la infancia fue rebasada y dieron el chapuzón a la adolescencia, los jóvenes ya no jugaban junto al árbol, sino que simplemente se sentaban ahí a conversar entre ellos. Todavía llevaban bocadillos que arrojaban distraídamente a las fauces del árbol.

      Siguieron pasando los años, el secreto se mantuvo secreto, la adolescencia se terminó y llegó la adultez. Ahora ya no eran niños ni adolescentes, sino dos hombres y dos mujeres, en toda regla. Por motivos laborales y familiares ya muy rara vez podían ir los cuatro al mismo tiempo a la colina, la mayoría de las visitas eran en pares o en solitario, y más espaciadas. Ahora ya no jugaban junto al árbol, no siempre conversaban, no entre ellos, por lo menos: ahora le hablaban al árbol cuando lo visitaban a solas, le contaban sobre el trabajo, sobre sus problemas, le contaban sus reflexiones más melancólicas y sus dudas respecto a cómo estaban haciendo las cosas en su vida. El árbol nunca contestaba, nunca hizo otro sonido fuera de algún eventual gruñido, pero a los amigos les gustaba creer que sí los escuchaba atentamente.

      Transcurrían los años, quizá no de manera notable para el poblado, pero sí muy notorios en los cuatro amigos. Envejecieron, subir la colina se volvió un proceso muy lento, lleno de crujidos y gruñidos, pero aún así seguían yendo cada vez que tenían oportunidad; mantenían buena condición física y la colina era de pendiente suave. Ya nunca volvieron a coincidir los cuatro simultáneamente junto al árbol, y las visitas se hicieron todavía más esporádicas. Ahora ninguno hablaba con el árbol, simplemente se sentaban junto a él ‒habían dejado una silla de madera junto al tronco‒ y se quedaban ahí, en silencio, mirando el horizonte, meditando. De vez en cuando, con manos arrugadas y temblorosas, metían un biscocho a la boca del árbol, que lo comía mansamente.

      Un día el árbol en la colina recibió una de esas silenciosas visitas, y resultó ser la última.

*

La mujer subió por la colina bufando de cansancio ‒no estaba acostumbrada al ejercicio en general‒ y, cuando vio a los niños, suspiró aliviada. “¡Los estamos buscando como locos por todos lados!” Les gritó. Los niños se levantaron del pasto, asustados, y avanzaron cabizbajos tras la mujer, de vuelta al pueblo.

      Las madres de los niños preguntaron a dónde se habían metido. La mujer explicó que los encontró arriba de una de las colinas, sentados en el pasto. Desde luego no dio más detalles, porque ella no había visto árbol alguno, solamente una colina ordinaria, con cuatro niños ordinarios sentados en el pasto.

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