Entre las cosas más íntimas y valiosas que pueden compartir dos personas, están las historias familiares, especialmente las de varias generaciones atrás, las anécdotas que al narrarlas ahora se sienten como si sucedieran no sólo en otros tiempos, sino en otros mundos, siempre con un aroma cuasi mágico que, en conjunto, hace que se sientan no como relatos terrenales sino como narraciones de antiguas mitologías. Por eso son historias tan valiosas y no es poca cosa compartirlas con alguien más: se trata ni más ni menos que de las raíces legendarias sobre las que se edifica el mundo particular que es cada uno de nosotros, donde pueden rastrearse las semillas del pasado irrepetible que compone la esencia de cada uno de nosotros.
Por eso quiero contarte algunas de las viñetas en el pasado de mi familia…
Como aquella sobre mis bisabuelos, sobre lo que sucedía en su casa prácticamente todas las tardes, cuando se sentaban a la mesa, sobre la que mi bisabuela había acomodado una canasta de pan dulce recién horneado y recién comprado, de modo que su tibieza y aroma inundaban no solamente el comedor, sino la casa entera; el aroma de ese pan tibio tenía, podría decirse, algo de musical. Mis bisabuelos se frotaban las manos, ansiosos ante la promesa de donas, conchas, colorados, orejas, chilindrinas, libros, novias, corbatas, bigotes y mantecadas.
Todo el pan se veía tan apetitoso que la mano de mi bisabuelo se demoraba, dudosa, flotando por sobre la canasta, indecisa. Y ahí comenzaba todo. Cuando la indecisión se alargaba demasiado, el pan saltaba en todas direcciones, como rechonchos gazapos huyendo de su madriguera. Entonces mi bisabuela levantaba las manos hacia el cielo y reclamaba cariñosamente a su esposo diciendo “¡Otra vez dejaste que se escapara el pan!”. Los dos se levantaban de sus sillas y salían corriendo al patio, que era muy amplio y delimitado por una barda de varios metros, y que era a donde siempre se fugaba el pan.
Mis bisabuelos salían al patio, llamando a voces a sus hijos: “¡Ya se volvió a salir el pan!” y los niños, que ya conocían ‒y esperaban ansiosos‒ ese ritual, que entretenía a toda la familia, en medio de risas y gritos, se unían entusiasmados a la cacería del pan, que se extendía durante al menos una hora cada vez, mientras la luz del día comenzaba a menguar, tiñendo el cielo de un tono lila suave, con fragmentos rojizos a lo lejos ‒o más cercanos, dependiendo la época del año.
Para cuando la familia conseguía atrapar el último pan fugitivo, el lila del cielo ya se había oscurecido y todos volvían a entrar a la casa, encendiendo algunas luces y cargando los panes en una canasta que llevaba mi bisabuela en las manos; luego de tanta correría juguetona, los panes ahora se acurrucaban mansamente, todavía tan tibios como al inicio, por el ejercicio del juego, ahora tan cansados y contentos como los niños que corrían a sentarse a la mesa en compañía de sus padres.
La canasta volvía a colocarse al centro de la mesa ‒y el pan no hacía más intentos de moverse, porque su fuga era divertimento de una sola ocasión‒ y mi bisabuela preparaba café y chocolate ‒apenas entonces, no antes, lo que delataba que en realidad todos habían estado esperando, desde el principio, que los panes corretearan por el patio para que la familia pudiera perseguirlos.
Siendo ya de noche, toda la familia comía pan dulce, bebiendo de tazas que emanaban hilillos de vapor, sumidos en la modesta luminosidad de la casa, que se sentía todavía más acogedora por el contraste con la oscuridad absoluta que cubría el patio, visible al otro lado de las ventanas.

Deja un comentario