Cuando era niño, me encantaba brincar en los charcos después de la lluvia, como nos ha encantado a todos, como muchos seguimos haciéndolo, cuando hemos tenido un día especialmente agradable y, en medio de la calle, coincide en nuestro camino un charco sembrado por la lluvia reciente. Sin embargo, nunca está de más consultar a un experto cuando se sospecha que una lluvia en particular luce extraña pues, en realidad, es prácticamente imposible para la persona promedio saber distinguir entre una lluvia ordinaria y una que siembra charcos malditos.
Hace falta un entrenamiento apropiado y cierta dosis de instinto para saber cuándo aparecerán estos charcos: la lluvia no es la única culpable, sino apenas uno de los elementos que, junto con cierto tipo de suelo, en determinado tipo de ciudad, en horas específicas de la tarde o de la noche, provocan este curioso fenómeno que, con un nombre coloquial tan alarmista conlleva el peligro de no alertar a la gente, sino de hacer que la mayoría de los incautos lo tomen como una exageración, nada más que una mera superstición. Atengámonos a los hechos, pues, para crear una correcta consciencia sobre los charcos malditos.
¿Qué sabemos con certeza de estos charcos? Para empezar, que no representan un peligro a menos que uno se empape en ellos directamente. Si uno comete el error de pisar un charco maldito (por descuido, por prisa, por juego) sufrirá algún tipo de percance. Hasta ahora todo parece indicar que no hay restricciones o patrones para el tipo de perjuicio que provocan; se ha sabido de personas que, por ejemplo, apenas han tropezado en uno de ellos, se han visto rodeados por una jauría de perros, salidos de la nada, que los persiguen durante horas entre ladridos amenazadores. Hay numerosos reportes de estudiantes (de todos niveles) que han tenido la desgracia de pisar uno de estos charcos el día anterior a un importante examen y terminan reprobando. Se sabe de un hombre que, en plena lluvia, pisó un hondo charco maldito, afuera de un cajero automático, por la noche; ese mismo hombre, exactamente siete años, siete meses, siete semanas, siete días y siete horas después del incidente, fue el responsable de desencadenar la famosa Guerra de las Tramoyas, que duró tres años y aniquiló un tercio de la población mestiza en la parte norte del barrio más pobre en la zona sur del país más al este del continente más centrado. Tenemos la anécdota de aquella otra mujer, que por puro gusto chapoteó en un charco maldito bastante pequeño, y al día siguiente descubrió que había perdido de por vida la habilidad de cortar verduras simétricamente y esto la sumió en una terrible depresión. Hay registro, también, de una muchacha que intentó evadir un charco maldito particularmente grande, pero a pesar del gracioso salto terminó hundiendo la bota en el agua, empapándose un pie. A partir de ese momento, la muchacha se convirtió en la única enferma conocida del Síndrome del Pie Eternamente Frío; no podemos más que sentir un escalofrío al imaginar qué le hubiera sucedido de haber metido ambos pies en el charco.
Como queda claro, las consecuencias de pisar un charco maldito son variables, no solamente en su gravedad, sino también en sus tiempos: tanto el que transcurre entre pisar el charco y la aparición de su consecuencia, como el tiempo que puede durar la consecuencia misma. Existe también un amplísimo rango de gravedad en las posibles consecuencias; hasta ahora, estudios que se han hecho al respecto (y que tampoco son tantos, porque no pueden crearse charcos malditos artificialmente en los laboratorios y es necesario, por tanto, traspasar charcos de la calle a los laboratorios, lo que resulta previsiblemente complicado) no han podido determinar de qué depende la temporalidad y gravedad de la maldición de uno de estos charcos. La hipótesis más aceptada actualmente (aunque, hay que reconocerlo, bajo criterios bastante azarosos) nos dice que las maldiciones de estos charcos dependen de la relación entre la humedad en el charco, el tipo de suela del calzado, el estado de ánimo de la persona, el día de la semana y el último alimento ingerido por la víctima.
No queda, pues, más que aprender un rústico pero efectivo ejercicio para evitar los malos charcos: hay que asomarse de modo que uno vea reflejada su propia cara en el agua, y aguardar ahí un minuto entero; si después de eso el reflejo no ha guiñado el ojo sin que nosotros hayamos hecho nada, entonces se trata de un charco inofensivo y uno puede pisarlo o saltarle encima completamente libre de peligro. El único inconveniente es que este método puede tomar demasiado tiempo cuando se tiene prisa y se tiene por delante toda una calle encharcada en plena lluvia, no es un método apto para el actual ritmo de vida de una persona citadina. Queda en cada quien sopesar de manera individual si vale la pena ignorar esta precaución y correr el riesgo.


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