Hace algún tiempo quería releer David Copperfield. Leí el libro por primera vez hace ya un buen rato, en edición de Porrúa. Para la relectura acudí a una edición de bolsillo –tan de bolsillo como puede hacerse un tabique como este libro− que conseguí hace unos años y que me pareció práctica. Me senté, comencé a leer y, antes de terminar la tercera página, me sentí desconcertado cuando leí:

Nací en una cunita cuya venta venía anunciada en los periódicos.

Desde luego ese no era el texto original, lo que Copperfield narra es que nació cubierto por una membrana fetal (caul, en inglés), que más tarde su familia pone en venta, anunciándolo en el periódico, porque la creencia de la época era que estas membranas que llegaban a cubrir cual capuchas a los recién nacidos servían como amuleto, muy socorrido por los marineros, para no morir ahogados en el mar.

      Un error de este tamaño en la traducción me hizo desconfiar de la edición entera. Abandoné el libro y fui a sacar del estante la edición de Porrúa que leí hace años, creyendo que así me encontraría en manos de gentes más profesionales. Pero cuando abrí el libro me sentí extrañado respecto al título del capítulo inicial. En inglés, el título es I am Born, que en distintas ocasiones se ha traducido al español como nací o nazco. Porrúa, en cambio, pone como título Mi nacimiento, que conlleva cierto sutil e innecesario cambio de tono, menos casual y más solemne.

      Pero el horror llegó cuando comencé a leer el capítulo en cuestión. Me di cuenta de que, cuando leí el libro tantos años atrás, no tenía las suficientes nociones previas sobre el texto en sí, y sólo tiempo después de leerlo comencé a encontrar por aquí y por allá algunas referencias al libro, y la más recurrente era el inicio de la novela, consagrado como uno de los más emblemáticos en la historia de la literatura:

Whether I shall turn out to be the hero of my own life or wheter that station will be held by anybody else, these pages must show.

Si he de convertirme en el héroe de mi propia vida, o si acaso ese puesto habrá de tomarlo cualquier otro, estas páginas lo dirán.

La edición de Porrúa, en cambio, inicia así:

Todo aquel que quiera escribir la historia de su vida, necesariamente habrá de comenzar por el principio, siendo él mismo el protagonista.

Es decir, alguien leyó uno de los inicios más icónicos de la literatura, escrita por uno de los autores más importantes que han existido, y pensó “No, esto hay que cambiarlo”. No hablamos aquí de un mero error de traducción, como cambiar una membrana fetal por una cunita, hablamos de escribir un texto completamente nuevo y ponerlo reemplazando al original.

      Un cambio que, además, no capta el tono muy característico de Dickens; todavía en el inicio del primer capítulo, sobre aquella membrana fetal, que termina en manos de una señora que eventualmente murió en su cama, no ahogada en el mar (recordemos la superstición del amuleto). Dickens lo escribe así:

[…] that she was never drowned, but died triumphantly in bed, at ninety-two.

[…] que ella nunca se ahogó, sino que murió triunfalmente en cama a la edad de noventa y dos años.

En cambio, la edición de Porrúa escribe:

Aquella buena señora no se ahogó, sino que murió tranquilamente en su cama a los noventa y dos años de edad.

Reemplazar triunfalmente por tranquilamente arroja por la borda toda la ironía en la frase original, y la convierte en una frase común y corriente, sin más.

      Unas páginas más adelante, el título original del segundo capítulo, I Observe –o sea, Observo− se convierte en un más formal y extenso Mis primeras observaciones. Y así, cotejando la traducción de Porrúa con el texto original hay por todos lados frases cambiadas, enteramente reescritas o directamente inventadas y añadidas. No inspeccioné el volumen entero (tampoco soy tan ocioso), pero la evidencia es suficiente para suponerlo todo repleto de las mismas mañas.

      Encuentro este asunto sumamente preocupante, no sólo por el hecho en sí de estar ante una mala traducción, sino especialmente por tratarse de una traducción de Porrúa, una editorial que, supuestamente, procura poner a precios accesibles un catálogo extenso y bien depurado de literatura universal al alcance de todos, una editorial que supuestamente antepone la calidad del texto a cualquier otra cosa… ¿cómo es posible, entonces, que haya traducciones tan adulteradas entre sus cubiertas monocromáticas? Lo más lamentable es que esta experiencia ahora me hace desconfiar, automáticamente, de todos los textos en el catálogo de Porrúa.

      Por cierto que el lector habrá notado que me he estado refiriendo a “la traducción de Porrúa” sin dar ningún nombre; no es porque intente salvaguardar a quien haya hecho la traducción, el asunto es que el ejemplar no indica en ningún lado quién se encargó de esa labor. Luego de haber estado buscando en internet, vi que la página oficial de Porrúa pone en los datos de su edición de David Copperfield que

Autor(es): Dickens, Carlos; Pitol, Sergio

No nos distraigamos ahora con esa manía de traducir los nombres de los autores, asunto polémico que personalmente considero una necedad. Aquí lo importante es el nombre Pitol; yo supongo que lo incluyen como autor en la edición porque es el encargado de escribir la introducción −y el libro físico también lo acredita únicamente con esa labor−, desde luego no creo que el hombre famoso, entre otras cosas, por su profundo amor a la literatura inglesa, hubiera cometido el equivalente literario a una cirugía estética innecesaria y perjudicial, así que el nombre del auténtico criminal queda, por ahora, envuelto en el misterio.

      En todo caso, este asunto del Copperfield de Porrúa es un ejemplo extremo del riesgo constante de las traducciones: no solamente posibles errores por malinterpretar o desconocer alguna cosa en el contexto –hace más de un lustro leí un comic donde Deadpool salta de un edificio en el momento de una explosión, mientras vuela por los aires grita “yippee ki yay madre…” lo que implica que el traductor no tenía el contexto para identificar la referencia a Duro de matar y el clásico grito “yippee ki yay mother fucker!”, porque, en ese caso, la traducción adecuada en el comic habría sido “yippee ki yay hijo de…”, porque es fácil asumir que el comic original había optado por cortar el “mother fucker” y dejarlo en “mother…”, por censura, pero sabiendo que la frase era suficientemente identificable, al menos para ciertas generaciones−, también está el riesgo de esos cambios completamente innecesarios, injustificados, salidos de la nada, que el Copperfield de Porrúa lleva al extremo. Durante el pandémico año 2020 quise empezar a leer un libro al que le tenía muchas expectativas. En inglés, un escenario relevante de la trama es el Blackdog Forest; por alguna razón imposible de entender y justificar, el traductor decidió reemplazarlo por Bosque Perro Gris.

      Y no empecemos a hablar de la manera en que muchos escritores todavía jóvenes han visto su estilo de escritura influenciado menos por la prosa de autores a quienes han leído y más por las muletillas usadas por los traductores de esos libros al castellano…

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