Las hormigas en la cocina lo enfurecían. Como a cualquier persona, acercarse a la mesa y encontrar una densa procesión de hormigas le producía un sobresalto desagradable a medio camino entre la repulsión y el enojo. Se sacudía las manos con urgencia, como si temiera que fueran a metérsele debajo de la ropa o incluso debajo de la piel; después dedicaba unos segundos a mirar morbosamente a las intrusas: ejemplo básico de cómo la gente siente un inexplicable e incontrolable placer al mirar algo que le repugna, que le incomoda. Después, el tedioso proceso de arrojar insecticida y luego lavar todo meticulosamente para no dejar rastros del veneno en sus utensilios ni en superficie alguna que fuesen a tocar sus alimentos; antes dejaba salir un poco su sadismo secreto arrojándoles agua o alguna sustancia viscosa, disfrutaba verlas atrapadas, agitándose en vano, sonreía diabólicamente mientras las víctimas morían poco a poco y las demás se movían desesperadamente a su alrededor; pero pronto hubo tantas hormigas, en tantos lugares de la casa, tan frecuentemente, que terminó usando el método más rápido y práctico.

      Encontrar esos bichos en la cocina era fastidioso pero natural. La situación lo comenzó a exasperar cada vez más cuando las encontró también en el baño, en la sala, en su propia habitación; y ya ni siquiera en organizadas hileras, sino como enormes plastas negras temblorosas, como sombras vivas que se agitaban en su sitio. Sin embargo, no llamó a ningún exterminador, le parecía que cualquiera con latas de insecticida podía erradicar a la plaga. Se deshizo de dos macetas que tenía en la sala, comenzó a guardar absolutamente toda su comida en topers y bolsas herméticas, tanto la que metía al refrigerador como la que dejaba fuera, incluso compró un contenedor de cristal para aislar al frutero. Eventualmente llegó a desarrollar unos nervios malsanos a la hora de comer: si una migaja caía al suelo, cuando bajaba la vista se encontraba con una pequeña marabunta rodeando la migaja, como si más que ir a recolectarla se tratara de un pueblo agresivo reunido para participar en un linchamiento. Entonces se enfurecía y las mataba a pisotones, golpeando y restregando las suelas.

      Comenzó a comer de pie, sirviéndose la comida en platos muy grandes, para que no fuera a derramar ni una migaja. Comía de pie porque un día, durante el desayuno, se dio cuenta con pavor de que una hilera de hormigas había aparecido de la nada y se dirigía en línea recta hacia su plato. La situación se había vuelto intolerable.

      Una mañana despertó antes de lo normal, y se encontró con que ahí, sobre las sábanas, sobre la almohada y sobre él mismo, había flotillas de hormigas inspeccionándolo todo. Saltó fuera de la cama y entró directamente al baño, abrió la llave de la regadera y, sin importarle que el agua estuviera fría, se quitó de encima las hormigas. Saliendo de ahí, en un ataque de rabia ciega, prendió fuego al colchón y a las sábanas. Tomó la precaución de alejar su mesa de noche y las cortinas, y cuando recién comenzaba el pequeño incendio llenó una cubeta de agua en la regadera para extinguirlo. Una hora después, dejando atrás el colchón chamuscado, donde ahora las cenizas parecían hacerse pasar por hormigas inmóviles, se fue a sentar a la mesa del comedor, respirando con dificultad, tembloroso, decidiendo que aquello había llegado al colmo y debía contratar a alguien que buscara los malditos nidos de los bicharrajos. En eso sintió un cosquilleo en la nariz, se pasó la mano y la retiró con cinco hormigas. Abrió los ojos con espanto, temiendo que durante la noche se le hubieran metido a la nariz; casi por reflejo miró su otra mano y vio que, de debajo de las uñas, a través de una fisurita diminuta, salían algunas hormigas que, ignorándolo por completo, iban buscando la manera de bajar por su brazo hasta la mesa. Era tanta la sorpresa y tanto el miedo, que ni siquiera gritó. Tambaleante, se levantó de la mesa para buscar un cuchillo grande y volvió a la mesa, con hormigas brotando pacíficamente de sus lagrimales y escabulléndose hacia afuera desde sus orejas. Sin dudar un segundo se mutiló un dedo de la mano y contempló cómo, en vez de sangre, salían chorros de hormigas con paso presuroso. Alzó la mano para espiar la herida, hizo un apresurado corte en su palma y vio cómo salieron más y más hormigas. El cuchillo cayó al suelo mientras el hombre retrocedía, aturdido y congelado por el horror. Se animó a hurgar las heridas con la otra mano, de la que brotaban hormigas por debajo de las uñas, y al rasgar la piel no salió nada más ni encontró otra cosa que no fueran hordas imparables de hormigas, inmutables, hiperactivas y oscuras. La impresión lo hizo quedar sentado en el piso de la cocina, contemplando sin moverse ni un poco, cómo los bichos salían ininterrumpidamente del enorme hormiguero que era su cuerpo y de donde, ahora lo sabía, las hormigas habían salido desde la primera vez. Cerró los ojos, vagamente consciente de que, cuando saliera la última, él quedaría completamente vacío y, por tanto, abandonado como un cascarón hueco, inservible y reseco, con la casa ya definitivamente en manos de sus verdaderas dueñas.

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