Vicenzo bajó la pluma y soltó un suspiro por el cansancio adelantado de saber lo que tenía por delante: una melancolía había llegado a posarse en el escritorio, y miraba con curiosidad la libreta abierta y los montones de papeles.

      Nada tenía que ver que se encontrara trabajando con la ventana abierta; Vicenzo sabía perfectamente que las melancolías suelen venir de dentro, rara vez de fuera. Podría estar viviendo encerrado en un búnker subterráneo y seguiría recibiendo aquellas visitaciones.

      Tapó la pluma, apoyó un codo sobre el escritorio y el mentón en la mano. Así se quedó mirando en silencio a la melancolía pasearse por el escritorio, con sus andares mitad como de ave y mitad como de insecto. La melancolía se agachó para olfatear el cuaderno, porque su instinto le hizo reconocer que ahí había mucho que podía serle nutritivo. Vicenzo la miró beber delicada y quedamente.

      Antes intentaba ahuyentarlas en cuanto aparecían, pero las más de las veces encontraba resistencias que incluso podían volverse agresivas, y, si había peleas, siempre lo dejaban exhausto, con heridas que debía lavar y le dificultaban retomar su trabajo durante los siguientes días. Por eso, eventualmente decidió dejar que se alimentaran un poco, que reposaran sus alas o sus patas, y esperar que, después de eso, se fueran por su propia voluntad, igual a como habían llegado; tal como se hace con la abeja que se posa de pronto en un vaso.

      Después de varios años, ya tenía un mejor control de la situación ─tanto progreso como era posible hacer, paulatinamente, cuando se lidia con melancolías. Hubo una época en que las melancolías que se presentaban eran grandes como lobos o incluso como caballos, no pocas veces Vicenzo llegó a tener combates feroces, otras tantas había quedado inmovilizado y adolorido cuando una grande y obesa como hipopótamo llegaba de pronto a echarse sobre él.

      También había sucedido en ciertas ocasiones que hubo infestaciones sin que Vicenzo se diera cuenta hasta muy tarde: nidos de numerosas melancolías escondidas en grietas de las paredes o una muy grande enroscada como una serpiente debajo de la cama.

      Por años, Vicenzo intentó múltiples métodos para deshacerse de ellas y, aún más, para bloquearlas del todo, pero todos los intentos fallaron rotundamente; en el mejor de los casos lo dejaban fatigado, y, en los peores, sólo aumentaban la agresividad de las intrusas. Pronto quedó claro que era imposible desterrarlas, hasta que, eventualmente, Vicenzo aceptó la noción de que, en ese caso, la solución era aprender a lidiar con ellas de la manera más eficiente. Todavía llegaba a tener encontronazos de vez en cuando, pero ahora, la mayoría de las veces, hacía como ahora: la dejaba alimentarse y explorar un poco, él mismo la contemplaba con ánimo reflexivo. Cuando le veía intención de quedarse más tiempo la llevaba consigo al jardín y ahí se sentaba un rato a mirar la tarde, mientras la melancolía a veces exploraba el terreno y a veces se echaba a dormitar a los pies de Vicenzo, como un manso perro viejo. Tampoco era poco frecuente que, aunque Vicenzo adoptara esta actitud en son de paz, alguna melancolía se pusiera a revolotearle alrededor de la cabeza como una mosca o a picotearlo durante toda la tarde a manera de metódica tortura china o, incluso, forzarlo a levantar la guardia y defender su hogar con uñas y dientes. Un par de veces, a lo largo de los años, Vicenzo se había encontrado a sí mismo haciendo el amor a una vaporosa melancolía durante una tarde entera.

      Sea como sea, estas visitaciones siempre lo dejaban cansado, le dificultaban retomar el ritmo en sus cosas. Probablemente en una vida ideal no se vería constantemente visitado en esta manera, y en esa vida hipotética se encontraría siempre menos cansado, más animado, quizá incluso más feliz. Pero había una ventaja, una muy específica cosa de provecho que conseguía de esta vida, tal como la tenía con sus visitaciones: cuando la melancolía en turno se marchaba, o se desvanecía, siempre dejaba una parte suya tras de sí, una pata, una ala, una escama, una pluma, una antena, un ojo, y Vicenzo recolectaba aquel vestigio y lo molía en un pequeño mortero que guardaba en su escritorio, y después vertía el polvillo oscuro en el tintero donde cargaba su pluma fuente. Si una melancolía era pequeña y lo sacaba de quicio rápidamente, la capturaba y la molía entera; si le veía intensión de marcharse altaneramente entera, conseguía estirar la mano para arrancarle el trozo necesario. Si este procedimiento de moler lo hacía después de un fiero combate, no era raro que gotitas de su propia sangre, escabullidas de una herida en la mano o en un dedo, cayera en el polvillo y se volviera parte de la mezcla dentro del tintero.

      Se había llegado a generar, pues, una simbiosis. ¿Era adecuada? Vicenzo no lo sabía. ¿Existía otra manera de sobrellevar la situación? Vicenzo lo dudaba. En todo caso, al menos sí tenía una certidumbre: Cuando estaba sentado en el jardín por la tarde, al lado de una de sus visitaciones, cuando estaba rellenando su pluma en el tintero con las partes diluidas, cuando hacía una pausa para sorprenderse de lo fluido que brotaba página tras página de escritura después, se quedaba pensando en que, por lo menos, una cosa valiosa podía conseguir de su situación: que si bien no estaba completamente seguro de que esto fuera útil para él en alguna manera, al menos no tenía ninguna duda de que sí podía serlo para alguien más, algún día, en algún lugar, cada vez que terminaba una página nueva.

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