Yasuf acarició su ensortijada barba mientras esperaba a que Bardú se decidiera a iniciar el juego. Bardú estiró su mano de nudosos y largos dedos, envolvió con ellos la cabeza de un peón blanco y lo adelantó dos escaques. Yasuf, en un movimiento casi mecánico, hizo avanzar uno de sus peones negros. A la distancia, perfectamente audible desde el balcón donde estaban acomodados para la partida, se alcanzó a escuchar un barullo en la lejanía. Bardú ignoró aquel ruido y sacó de detrás de los peones a un caballo; Yasúf optó por mover otro de sus peones, a un lado del primero. Afuera el barullo aumentó, y en la calle debajo del balcón pasó una multitud corriendo. Yasuf decidió poner en el frente de batalla uno de sus alfiles. Ésta vez los jugadores se sobresaltaron al escuchar las campanadas de un templo cercano; Yasuf se asomó a la calle y vio que la multitud que corría estaba siendo perseguida por un grupo de caballos con jinetes armados encima.
–Hey –dijo Bardú, chasqueando los dedos junto a la oreja de Yasuf–, atención aquí –añadió, señalando el tablero con su índice que lucía un anillo dorado.
Yasuf asintió en silenció y pareció volver a sumirse en un trance voluntario, con los ojos fijos sobre el tablero. Optó por sacar su segundo caballo, y su oponente respondió liberando uno de sus equinos también. El cristal de la gran ventana que daba al balcón vibró, provocando que los contrincantes volvieran la cabeza primero en dirección al ventanal, luego a la calle, donde una nueva horda de caballos llegaba galopante; más cascos eran audibles unas calles más lejos. Bardú chasqueó nuevamente los dedos, esta vez sin decir nada. Yasuf regresó su atención al tablero y se apresuró a mover un peón que en el acto fue atacado por el alfil de Bardú. Yasuf soltó un bufido y en la calle resonaron gritos y sonido de pólvora. Ambos jugadores movilizaron un poco sus peones en puntos estratégicos, en la ciudad resonaban relinchos y el sonido de botas corriendo, tan parecido al sonido de un fuerte granizo. Yasuf sacó un alfil y Bardú tuvo oportunidad de descubrir a su reina. El primer alfil de Bardú fue atacado por un caballo. Ésta vez los jugadores se sobresaltaron tanto que se levantaron de sus sillas; debajo de su balcón de piedra, un grupo de jinetes estaba acribillando gente; los gritos de agonía y los de ataque se fundían en un pandemónium.
–Mejor llevemos el tablero adentro –dijo Bardú. Entre los dos tomaron el tablero para transportarlo lo más cuidadosamente posible al interior de la gran casa. Yasuf cerró el ventanal y fue a sentarse a la mesa con Bardú. Estaba un poco más oscuro, pero les bastaba con la luz que se colaba por los vidrios del balcón, y el ruido era amortiguado notablemente. Yasuf protegió el entorno de su rey mientras Bardú apilaba piezas para el ataque; en cierto momento logró desplazar su torre hasta un sitio amenazante del tablero, Yasuf intentó hacerla retroceder amenazándola con sus alfiles, pero la torre consiguió exterminar del tablero un caballo de Yasuf. En esos momentos escucharon gritos más fuertes afuera y a continuación el estruendo de una explosión de pólvora y rocas destrozadas. La casa entera se cimbró y, cuando Yasuf estiró el cuello desde su asiento para espiar por el ventanal, una densa nube de humo negro avanzó cubriendo brevemente la luz. Bardú se cruzó de brazos, esperando a que la luz volviera a caer sobre el tablero; nuevamente hubo luz suficiente para distinguir las piezas, aunque ahora afuera daba la impresión de transcurrir un día nublado, a pesar de ser medio día y estar el sol totalmente solo en el cielo. Yasuf decidió hacer uso de sus propias torres, movilizó una hacia cerca de medio tablero y colocó un alfil cerca para su protección. Bardú ya estaba sacando su segunda torre y su reina se movía amenazante por el tablero como si fuese una escurridiza serpiente. Yasuf y Bardú no solían hablar mucho cuando se concentraban tanto, pero en ese punto, aún si hubiesen querido hacerse algún comentario, les habría resultado imposible escuchar lo que uno decía al otro; los gritos, cascos de caballos, explosiones y disparos provenientes de la calle eran tremendos. Ambos reyes en el tablero estaban ya peligrosamente cercados de piezas enemigas, y el barullo exterior se escuchaba cada vez más cerca de la casa. Bardú adelantó una torre y anunció el jaque a Yasuf, que no logró escuchar la voz de su contrincante, pero observó a su rey amenazado. Un estrépito sacudió la casa entera cuando una enorme bola de cañón destrozó el piso superior. Varios vasos cayeron al suelo, las lámparas del techo se balancearon enloquecidas y Yasuf cayó de espaldas con todo y su silla. Yasuf se puso de pie con dificultad, y con mano temblorosa hizo retroceder un escaque a su rey. Bardú echó un rápido vistazo al tablero para cerciorarse una vez más de que las piezas estaban situadas donde debían y adelantó un caballo que, desde tres escaques detrás del rey, estaba otorgando otro jaque. En ese momento escucharon un desgarrador relincho que parecía situarse justo debajo del balcón exterior, es decir, frente a donde debía estar el portón de la casa; segundos después del relincho, algo –no estaban seguros sobre si fue una munición o una roca grande– destrozó el ventanal, lanzando vidrios en todas direcciones. Yasuf y Bardú se cubrieron con los brazos y apretando los ojos. Bardú respiraba inquieto, Yasuf tenía su frente y su cuello humedecidos en sudor y le incomodaba sentir el polvo de los escombros adhiriéndose a su piel. Tragó saliva y movió a su rey al único escaque que quedaba libre de amenazas. Los ojos de Bardú, barbados en ojeras, se clavaron en el tablero, y muy solemnemente hizo que su alfil recorriera el tramo desde el lado opuesto del tablero hasta donde podía propiciar un tercer jaque al rey. Yasuf miró con ojos asustados a Bardú, que se limitó a hacer un leve gesto con los hombros.
–Jaque mate –anunció.
Abajo la puerta fue destrozada en una sonora embestida, los ajedrecistas escucharon numerosas pisadas que subían las escaleras a toda velocidad. Bardú se apoyó contra el respaldo de su silla, expectante. Yasuf se levantó de su asiento precavidamente y visiblemente aterrado. La puerta de la estancia fue destrozada desde fuera y un pelotón de soldados avanzó hacia Yasuf; uno se adelantó y colocó la punta de su rifle en la frente de Yasuf. Bardú miró el tablero, acercó su enjuto dedo al rey negro y, con un ligero movimiento, lo hizo caer. El soldado disparó. El cuerpo de Yasuf cayó al suelo, con humo grisáceo emanando del nuevo hueco escarlata en su cabeza. Los soldados miraron a Bardú, hicieron un escueto saludo inclinando levemente la cabeza y salieron caminando por la puerta de la estancia, bajaron la escalera y salieron a la calle. Afuera ya no se escuchaba estruendo alguno. Bardú suspiró, estiró los brazos y se puso de pie; no quiso mirar el cadáver de Yasuf, prefirió tomar todas las piezas y acomodarlas en el tablero, dejando todo listo para alguna próxima partida.


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