Entre los cuatro y cinco años, hubo una temporada en que estuve fascinado con la película E.T., de Spielberg. Unos años antes, mi papá había hecho un dibujo del personaje en un pliego de papel bond para mi prima; eventualmente el poster volvió a él, y, viendo mi entusiasmo por la película, lo colocó en una pared para mí, frente a la cuna donde yo dormía ─una idea escalofriante para muchos, seguramente, pero yo estaba complacido.

      Estoy casi seguro de que no fue la primera noche, pero sí fue pronto cuando, un par de noches, ya acostado y antes de dormir, vi con toda claridad cómo, en medio de la penumbra apenas clareada por luz lunar que entraba por la ventana, el extraterrestre en el poster empezó a mover los ojos. La figura entera permanecía tan inmóvil como cabía esperar de un dibujo, eran solamente las pupilas de los ojos las que se movían inspeccionando la habitación. Luego de un momento, su mirada recayó directamente en mí, y sonrió. Yo sonreía de vuelta y al poco rato me quedaba dormido.

      Después de un par de noches en que se repitió esa rutina, después de que E.T. mirara la habitación, luego a mí y me sonriera, percibí algo nuevo: un muy sutil movimiento detrás del papel.

      Me quedé mirando atentamente, a la expectativa. Entonces alcancé a vislumbrar que, de la parte baja del poster, desde detrás del papel, se desplegaban lo que parecían pequeños cordones, por los que después empezaron a descender unas personitas muy pequeñas. Sus cuerdas los conducían directo a la cobija que me cubría, en el área cerca de mis pies. Yo estaba, por cierto, en una cuna color naranja, que originalmente había sido fabricada por mi propio bisabuelo para mi tía años atrás.

      Una vez sobre la cobija, las personitas se pusieron a deambular un poco, como reconociendo el terreno, pero en una forma muy pacífica, sin corretear ni hacer aspavientos, sino caminando con paso tranquilo, con las manos en la espalda incluso, mirando con interés propio de personajes diminutos de una novela victoriana.

      Eran muchos, ni siquiera ahora podría hacer un cálculo cercano de cuántos; en cambio, pensando en retrospectiva y considerando mi propia escala de ese entonces, ahora puedo decir que las personitas debían rondar el centímetro y medio de estatura, cuando mucho. No recuerdo el tipo de atuendo que usaban (si es que llevaban alguno), en mis recuerdos los veo como figuras oscuras de pies a cabeza, no sé qué tanto por la penumbra nocturna y qué tanto porque así fueran realmente. Además, ninguno se acercó a mi más allá de la mitad de mi pecho, así que no pude examinarlos a detalle.

      Una vez que habían llegado todos, comenzaron con alguna clase de festividad: los vi dar algunas piruetas y malabares y, después, acomodarse para ejecutar un complejo baile como de salón, de esos que conllevaban parejas pero también amplios movimientos grupales. Todo esto lo observé atentamente, en silencio y sin moverme para no perturbarlos. Recuerdo que me intrigó mucho verlos bailar sin escuchar yo nada de música.

      No sabría decir cuánto tiempo duró todo aquello, pero eventualmente el baile terminó y todos se encaminaron de nuevo hacia las diminutas cuerdas por las que habían llegado y fueron trepando para desaparecer nuevamente detrás del papel, desde donde, al final, recogieron de nuevo las cuerdas y todo quedó en completa quietud y silencio. Esperé un poco más, por si reaparecían o por si sucedía alguna otra cosa, pero no hubo nada más, y eventualmente me quedé dormido.

      Todo esto se repitió durante no sé cuántas noches, prácticamente sin variaciones. Llegó a ser algo que yo ya asumía como parte de la rutina previa a dormir.

      Transcurrió cerca de un mes, durante un par de días intenté contar a mis padres lo que veía. No recuerdo en qué manera se los conté, porque de parte mía había cierto entusiasmo, pero ellos asumieron que yo estaba asustado, y mi padre quitó el poster. Con esto pude comprobar que, detrás del papel, la pared seguía siendo lisa y ordinaria, sin ninguna puerta, grieta ni marca alguna.

      Una vez removido el poster, nunca volví a ver a las personitas. Aunque sí recuerdo haber tenido un par de sueños específicos, algún tiempo después, donde veía a una criatura que mentalmente identificaba con el E.T. de la película, aunque tenía una fisionomía suficientemente distinta, y apareció dentro de imágenes extrañas y en apariencia inconexas, aunque desde entonces, y hasta la fecha, percibí como parte de una coherencia interna que yo no podía descifrar por faltarme piezas. Había un vehículo con hileras de asientos. suspendida en algún punto del cielo azul y con nubes blancas, había un vasto mar en calma, había algo similar a una isla de geografía pálida y con edificaciones antiguas igualmente pálidas. Quizá un vistazo a una historia sucedida en otro lugar, en otro tiempo, en otra realidad, de la que tuve un atisbo breve. Después de ese par de sueños, tampoco volví a soñar a esa criatura. No a esa específica, por lo menos.

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