Hace un par de días iba caminando por la calle, poco después de la una de la tarde, bajo un sol potente y un cielo azulísimo. Iba por un rumbo que, de por sí, siempre me mueve a pensamientos nostálgicos, aunque esta vez no había mucha oportunidad de entregarme al sentimiento plenamente, porque me encontraba atravesando un tramo en el que no había ninguna sombra que me protegiera del inmisericorde asoleo.

      A mitad de recorrer ese tramo vulnerable alcé la vista hacia adelante, por sobre la parte superior de un edificio de tres niveles: en la parte alta había un tinaco gris, y detrás, muy juntito desde mi perspectiva, estaba la luna, tal como se ve cuando aparece diurnamente: un espectro, un borde fantasmal reconocible y hermoso (si uno anda de buen humor) o inquietante (si la visión lo toma a uno desprevenido justo en el momento de estar asaeteado por inquietudes existenciales). En esta ocasión me detuve un momento para mirar fijamente la escena; siempre me llena de interés encontrar cotidianamente, en medio de todo lo que ya no nos merece ni un vistazo de atención de tanto que nos es natural, detalles como este: estaba viendo al mismo tiempo, “lado a lado”, un sencillo y algo tosco artefacto (el tinaco) evidencia de años de invención humana para aplicar a la rutina mundana, un artefacto que contiene agua y que existe porque la humanidad que habita este planeta la necesita para su vida diaria en varias maneras, un artefacto que es resultado de años de prueba de montones de personas para llegar al resultado de tener algo que, aunque artificial, ya es parte de lo natural y por lo tanto invisible, y ese artefacto lo veía al lado de aquel vago y lejano espectro que contempla mudo y distante, él mismo un recordatorio siempre presente de que esta frágil atmósfera azul nos oculta, por nuestro propio bien, el cosmos inconcebiblemente infinito que nos rodea siempre; nos lo oculta como un decorado teatral, para que olvidemos en nuestro día a día ese cosmos y podamos enfocarnos únicamente en las cosas terrenales de este diminuto terrario que habitamos, cosas como un tinaco gris arriba de un edificio.

      Seguí caminando, encontré sombra, después más sol, y finalmente llegué a la modesta plaza comercial donde estaba el cine al que me dirigía. Cuando caminé por un borde con sombra, junto al estacionamiento, vi nuevamente la luna, completamente solitaria a mitad del cielo, el fantasma de una moneda de plata flotando en absoluta quietud a mitad del océano. No había ni una sola nube alrededor, sólo ese bordecito espectral, allá lejos, por encima del estacionamiento y la silueta del edificio de la plaza comercial. Nuevamente caí en nociones sobre contrastes tan abismales que nos rodean todos los días. Como cuando, muchos años atrás, mi papá vio en un rincón entre la casa y el patio a una araña pequeña peleando con un moscardón que trataba de soltarse de hilos de telaraña; mi papá vio el forcejeo y me dijo que era curioso mirar aquella encarnizada batalla que lo era todo para los involucrados, y luego retroceder un poco y darse cuenta de que eso estaba sucediendo en un anónimo rincón diminuto contenido en algún sitio anónimo del universo infinito. Así me pasó cuando me detuve a la sombra para mirar la escena completa: el estacionamiento de un centro comercial como símbolo de los aspectos más terrenales de lo humano, y, encima, la luna diurna como el ojo discreto de una omnipresencia divina, inamovible, inadvertida a menos que uno alce la vista al cielo y no la vea como un detalle en el extenso decorado teatral que nos rodea, sino con la noción de lo que auténticamente representa, de la inundación de consciencia infinita que podría derramarse sobre nosotros si ese cielo azul no fuera una represa, y en el muro de esa represa aparece la luna como pequeño arco grisáceo, como una inquietante grieta por la que esa tinta astral podría escabullirse a la mente del espectador hasta inundarla por completo.

      Recordé que hace un par de meses, cuando las tardes todavía se sentían agradablemente frías, estuve también de pie en el borde de ese mismo estacionamiento, mirando el cielo entonces completamente cubierto de nubes grises, en plena transición de la tarde a la noche. Era casi palpable que comenzaría a llover en cualquier momento.

      Mientras estaba así esperando, vi que en el cielo sobre el estacionamiento aparecieron parvadas de aves oscuras que volvían a sus nidos en árboles cercanos; de esas parvadas que se mueven como bancos de peces, que parecen en conjunto una sola entidad dibujando ondas y curvas y florituras negras sobre el cielo gris, y al mirar la escena se tiene la sensación de contemplar el eco distante de la primera y silenciosa danza de la que surgió la Creación entera en el principio de los tiempos. Había una brisa fresca, y a la distancia aislados susurros de truenos. Pensé en cómo estaba contemplando todo esto desde el umbral de un centro comercial, ante un estacionamiento, las implicaciones más terrenales y humanas entre las que me encontraba parado me llegaron de golpe: los autos como máquinas desarrolladas a lo largo de los años para desplazarnos artificialmente a través de distancias largas y que, después, por azarosos rumbos sociales, habían adquirido toda clase de connotaciones estéticas y de estatus, y nuestros arbitrarios desarrollos habían decidido qué formas y colores eran más eficientes o lucían más estéticos, la certeza de que el hecho en sí de un auto implica una multitud de factores económicos y toda una mentalidad en una sociedad; pensé en el centro comercial a espaldas mías, las tiendas con sus estantes de mercancías producidas en serie, en cantidades inimaginables, en fábricas repartidas por distintos países, pensé en cómo la humanidad creó un puesto determinado, para un individuo empleado por la tienda, para que elija qué artículos traer y en qué cantidad para llenar los estantes, en la misma manera en que la humanidad también había creado la idea del empleo, para un par de personas, que debían encargarse de limpiar los pasillos y los baños; pensé en el cine dentro del centro comercial, en las películas, en los azares que determinaron que una película debía tener usualmente una duración dentro de ciertos parámetros, en cómo sucedió la evolución psicológica colectiva que hizo a la humanidad adoptar la costumbre de encerrarse a oscuras, en grupo, a mirar historias, como un juego, un juego en el que anualmente se gastan billones de dólares en todo el mundo; pensé en mi propia ropa y en las cadenas de producción que damos por sentado, sin detenernos a considerarlas, pero implican explotación de múltiples variedades… Y toda esa avalancha, rotunda aunque hubiera tomado apenas unos segundos, estaba ahí regada sobre la tierra a alrededor mío, como polvillo al fondo de un balde de agua, debajo de esa visión de las aves en su vuelo como guiado por hilos de juego divino sobre el nublado cielo del ocaso, el cielo gris como la manifestación de una noción trascendental e incomprensible diametralmente opuesta a la avalancha terrenal.

      Cosas así suceden cuando hay vistazos al cielo en momentos propicios. Mirar el cielo azul, con nubes distantes, sobre una ciudad que parece una maqueta; o mirar puntitos de luz, astros inconcebiblemente distantes, en el cielo nocturno, junto al campanario de una iglesia, después de escuchar una confesión dolorosa sobre una experiencia de vida; o mirar un pálido cielo invernal, casi gris, sabiéndolo la cortina de un cosmos infinito, mientras aquí en lo más diminuto de un planeta que navega solitario se suceden angustias humanas que, incluso entonces, son difíciles de poner en perspectiva. También me sucedió que, una mañana, al salir al patio, me detuve a mirar hacia arriba, para ver el cielo despejado encima de una planta frondosa como árbol, acurrucada como un enorme animal bajo una sombra matutina, y de pronto me di cuenta de que, justo en la parte más alta, una ramita con sus flores color lila recibía apenas un primer toque de la luz dorada, prístina, del amanecer, y esa visión fue un recordatorio de que, al final, tanto lo lejano en términos universales físicos y metafóricos, como lo más terrenalmente unido a este mundo, se tocan y se conectan, aunque la mayoría de las veces no nos demos cuenta o nos resulte incomprensible, pero otras veces lo vemos con toda claridad, aunque sea por un instante.

      Se puede, pues, ganar mucho con dar vistazos al cielo de vez en cuando. Ir por el mundo alzando la vista constantemente aumenta el riesgo de algún tropiezo, ciertamente; pero no alzar nunca la mirada significaría nunca tropezar con alguna íntima e inesperada epifanía. Puede que nuestro espíritu sea como las ballenas, que viven sumergidas en una realidad cotidiana, pero les resulta imprescindible, de vez en cuando, asomarse a respirar allá arriba, asomando a esa otra realidad que existe, les es ajena, pero alimenta su vida.

      Levantemos la vista más seguido.

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