Shiro tenía un don natural para la música, sus padres lo supieron cuando, siendo apenas un bebé, podía escuchar una canción y después reproducirla de manera impecable, nota por nota, tarareándola. Antes de poder comer por sí solo, antes de dar sus primeros pasos o pronunciar su primera palabra, Shiro podía hacer música.
Siendo Shiro todavía un bebé, sus padres le regalaron un tamborcito y se maravillaron al escuchar a su hijo reproducir tonadas complejas y ambiciosas con nada más que ese humilde instrumento. Quedó claro de inmediato que, a partir de ese momento, Shiro dominaría por completo cualquier nuevo instrumento que cayera en sus manos, siempre a una velocidad impresionante.
Para cuando cumplió cinco años, Shiro ya asistía a clases de piano. A los siete años le obsequiaron una guitarra, a los diez un oboe y a los quince un arpa. A los veinte años, Shiro descubrió que su pasión era la escultura.
Lo descubrió la primera vez que vio una escultura en persona, una magnífica, grande y abrumadoramente hermosa figura tallada en mármol. Shiro había visto imágenes de esculturas, y desde luego había tenido su buena dosis de avistamientos de estatuas públicas meramente oficiales en un edificio o una placita de su ciudad natal; pero ver una auténtica escultura, una pieza de roca convertida en arte a través de técnica, destreza y talento, lo emocionó hasta las lágrimas.
Poco después, Shiro consiguió un bloque de buen tamaño y compró algunas herramientas básicas. Hizo esto en secreto; no anunció a familiares ni amigos que pensaba volcar cada miligramo de energía durante el resto de su vida a la escultura. Sabía que todos lo mirarían confundidos y hasta horrorizados, y no podía culparlos, Shiro era consciente de su propio talento desbordante en la música, era consciente de la locura que representaba echar su talento, nato y cultivado, por la borda, con intención de iniciar en algo nuevo desde una posición de cero absoluto. Pero no había nada que pudiera hacer para evitarlo, simplemente no podía modificar aquella pasión incendiaria, recién descubierta, en su interior.
Pensó que, si comenzaba a trabajar a escondidas, practicando en secreto, podría eventualmente mostrar un resultado suficientemente aceptable a sus seres queridos cuando les anunciara el giro de timón que daría a su vida, y así él ya no se sentiría tan estúpido y avergonzado.
Pero cuando Shiro se plantaba frente al bloque macizo, a mitad de su habitación, con las herramientas sobre una mesa, no podía comenzar a hacer nada, no podía ni siquiera tocar fugazmente el bloque monolítico con la punta del cincel. Pasaron días y días; dentro de Shiro se debatían, como animales enfurecidos, por un lado el deseo ‒¡la irrefrenable necesidad!‒ de comenzar su primera escultura y, por otro lado, una duda paralizante.
No era por falta de ideas, más bien todo lo contrario: se amontonaban en la mente de Shiro decenas de figuras y composiciones que tenía bien claras en su imaginación, en su forma tridimensional, pero tenía miedo. Si bien no dudaba que sus primeros trabajos inevitablemente serían torpes y toscos, y era consciente de que le tomaría tiempo hacer una pieza con la que se sintiera apenas medianamente satisfecho, no estaba seguro de qué tan bien podría soportar la ineludible y brutal primera decepción.
Conforme pasaban los días, la frustración y la angustia se fueron acumulando dentro de Shiro, y una tarde lo dejaron tan decaído que ya no se le encontró paseando en círculos por su habitación alrededor del bloque de piedra, sino que se quedó tendido sobre un sillón, igual a un montón de trapos sucios. Se quedó ahí, pensando en lo ingenuo e imbécil que era su sueño.
Mientras la tarde avanzaba al otro lado de la ventana, Shiro estiró perezosamente un brazo desde el sillón para tomar el primer instrumento que encontrara y que resultó ser un clarinete. La melancolía en que se encontraba sumido lo hizo inspeccionar el instrumento un rato, como si recién lo viera por primera vez. Luego se llevó la boquilla a los labios y cerró los ojos. En su mente no había nada más que la imagen de una de las esculturas que quería hacer: podía verla con toda claridad, con todo detalle, en medio de una habitación vacía.
Se le salió una lágrima de entre los ojos cerrados, y Shiro comenzó a tocar, pensando en la figura. Se le ocurrió que quizá podía intentar olvidarse de la escultura y, en cambio, componer piezas musicales bien trabajadas, inspiradas en las figuras que imaginaba y que nunca, ni practicando toda su vida, podría tallar con sus propias manos.
Así, Shiro fue improvisando una melodía que contuviera la esencia de la escultura que tenía en mente: un sátiro en plena danza con una ninfa, ambos tomados de la mano, entre girones de seda.
Cuando terminó de tocar y abrió los ojos, afuera ya era noche cerrada y la habitación se había quedado en tinieblas. Shiro se levantó del sillón para tantear el camino hasta el interruptor. Cuando encendió la luz tuvo un sobresalto que estuvo a punto de hacerlo desmayar: al centro de la habitación ya no estaba el bloque sólidamente cúbico, sino una escultura finamente tallada que reproducía, en completa exactitud, la imagen que Shiro había estado evocando mientras tocaba el clarinete.


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