Hace años, tuve un periodo en que me puse a ensamblar algunas entregas de un zine con el que me entretuve mucho. Imprimí pocos ejemplares, porque los hice específicamente para distribuir entre poquísimas personas muy cercanas a mí, lo que también significa que el contenido mezclaba collages, textos, citas e imágenes que me gustaban y quería compartir, pero, también, algunos textos que eran más bien privados, pensados para compartir solamente en un muy reducido círculo íntimo.

      Recientemente, recordé aquellos ejemplares ante unas reavivadas ganas de volver a experimentar con hacer zines. Busqué la carpeta donde tengo guardadas todas las hojas originales y, mezclando métodos tradicionalmente análogos con lo más (deliberadamente) rudimentario de mi computadora, separé por un lado todas las páginas que contenían asuntos más privados (principalmente porque me pareció que no tenían ningún interés más allá de haber servido, tiempo atrás, a mi humilde gazeta unipersonal para amistades), y por otro lado las páginas que contenían collages, textos, citas, imágenes y composiciones a las que seguía encontrando un valor suficiente como para compartir con otras personas. Con ese segundo grupo de páginas, añadiendo sólo un par de imágenes de elaboración reciente, armé un zine nuevo que, ahora sí, espero distribuir (con la precariedad efímera que es parte del encanto del género) a un público más general.

      Esto me llevó a pensar en un asunto que es de suma importancia: alguien que dibuja, o escribe, o se dedica a cualquier variedad de labor creativa, debe recordar en todo momento, a lo largo de su vida, que nunca debe tirar ni destruir ni eliminar nada de lo que ha hecho, por mucha o poca cosa que le parezca en el momento de haberlo realizado. Todo debe guardarse, en libretas, carpetas, grandes cajas de cartón de huevo Bachoco, en USBs (idealmente organizadas en carpetas); todo esto constituye algo a la mitad entre un arsenal y un búnker de provisiones.       Usualmente llega algún momento en que, al estar trabajando en un proyecto nuevo, se recuerda de casualidad (o se encuentra, por casualidad que nunca es casualidad) un retazo de algo hecho tiempo atrás (una semana o diez años), que completa el trabajo actual exactamente como necesitamos (o con ligeras adecuaciones, que son lo de menos), o puede suceder que, al revisar nuestro arsenal/alacena, encontramos un proyecto de antaño que, con lo nuevo que hemos aprendido y practicado, ahora podemos adaptar para otra cosa más refinada. Cosas que antes nos parecían insuficientes, que dejamos incompletas o permanecieron inéditas, pueden resucitar con una calidad y una sustancia que, en su momento original, hubieran sido imposibles, porque sólo ahora tenemos lo necesario para aprovechar todo el potencial que ya habíamos sembrado tiempo atrás y que ahora por fin podemos hacer florecer; siempre y cuando hayamos conservado esas semillas.

Avatar de Diego Minero

Published by

Categories:

Deja un comentario