Hace poco supe de algo que sucedió en un edificio viejo que, muchos años atrás, había sido una fábrica respetable pero que ahora no es más que un descuidado conjunto de bodegas. Tan descuidadas y miserables que la idea de que alguien quisiera irrumpir ahí para robar algo era sumamente risible. Sin embargo, los dueños contrataron a un velador que cuidara el lugar. Nunca hubo ningún incidente y el velador fue envejeciendo en ese puesto que no le exigía casi nada.
Cuando ya andaba por su quinta década, el velador tenía una rutina bien definida, en una realidad aparte que fluía mucho más lentamente que el mundo exterior: dormía de día ‒lo que hacía más fácil abstraerse por completo del mundo de afuera‒ y, por las noches, se dedicaba a leer algunos libros ‒leía muy, muy despacio, pero de cualquier manera no tenía prisa alguna ni en eso ni en ninguna otra cosa‒, hojeaba revistas ‒una misma la hojeaba varias veces, leyendo retazos de textos al azar, distintos cada vez‒, se bebía taza tras taza de café ‒su habitación olía siempre a café, no sólo toda la noche sino que el aroma perduraba también durante el día‒, se preparaba cenas sencillas en el microondas y comía, todas las noches, una o dos piezas de pan dulce. De vez en cuando también se paseaba, linterna en mano, por los alrededores de la vieja bodega, por puro compromiso.
Podría decirse que llevaba una vida prácticamente monástica si, además, el velador dedicara por lo menos algún rato a meditaciones y reflexiones diversas, pero como ese no es el caso, sería más atinado decir que estaba inmerso en un simulacro de vida.
Tan constante como el aroma a café era la televisión. El velador nunca escuchaba música ‒lo que me parece infinitamente más dañino para la salud que sus cenas para microondas o la manera en que el café había suplido al agua en su dieta‒, pero siempre tenía encendida la televisión en su cuarto, la noche entera. A veces sólo para tener el murmullo de fondo mientras hojeaba una revista o navegaba lentamente por un libro, algunas veces se quedaba mirando una película o la repetición de un reality show que le resultaba tan ajeno que bien podría ser un documental sobre la vida de las nutrias púrpuras de Venus.
La mañana que encontraron muerto al velador, la televisión estaba encendida, sintonizada en un infomercial.
La policía quedó contrariada por la escena: el velador estaba tendido en el piso, su taza a un lado en medio de un charco de café así como el velador estaba en un charco de sangre. En la espalda del hombre había una herida de disparo, pero la habitación no tenía ventanas, no había señales de disparos atravesando ninguna pared y la puerta estaba cerrada por dentro ‒hubo que derribarla a golpes cuando el velador no respondió a los llamados del hijo del dueño de las bodegas, que fue quien había ido a buscarlo y terminó encontrándolo muerto. Finalmente, en la habitación no había ningún arma.
La policía estaba profundamente intrigada, pero la intriga no les duró demasiado: el hijo del dueño, el que había encontrado el cadáver del velador, dijo que había cámaras de seguridad instaladas en algunos puntos clave del lugar. Esto incluía una cámara disimulada en una esquina de la habitación del velador. Esa cámara respondía a motivos de seguridad y no de morbo; esa habitación originalmente había sido un despacho antes de que se le instalaran un catre y una cafetera.
Se procedió a revisar las cintas de la noche y esto fue lo que vieron:
El velador había iniciado la noche como cualquier otra, había preparado café y se había sentado en su vieja silla, revista en mano, esperando para poder servirse una taza. Después dejó la revista a un lado y se quedó mirando una película muy vieja, de vaqueros, en la televisión; esto lo entretuvo el tiempo suficiente para olvidarse del café un buen rato.
De pronto, como recordándolo de súbito, el velador se levantó de su silla, fue por una taza y se sirvió un poco de café, de espaldas al televisor. En la película apareció en escena un vaquero con el ceño fruncido que levantó la pistola y jaló el gatillo. En ese momento el velador cayó muerto de un balazo, sin haber visto siquiera al vaquero que lo mató, suponemos, por accidente.
En la tele la película siguió corriendo con toda normalidad, al terminar hubo otra película y, después, infomerciales que continuaron hasta la mañana siguiente.

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