La niña descubrió a las criaturas por pura casualidad: una noche se despertó poco después de medianoche y, silenciosamente, salió de su habitación para ir al baño. La casa era pequeña, así que el tramo a recorrer era corto, y las ventanas que daban al extenso patio permitían que entrara la luz natural de la luna, en la cantidad justa para guiar el camino de la pequeña. Nunca fue una niña asustadiza, no le dio miedo ir al baño cruzando la casa sola y en penumbras, y después sintió más bien una viva curiosidad cuando, mirando de reojo por una ventana, vio a la criatura en el patio.
No le resultó sencillo en medio de la oscuridad apenas aminorada por la luna, pero adivinó que la criatura debía de tener aproximadamente la misma estatura que su papá, quizá apenas un poco más alto, era difícil saberlo porque, a diferencia de su papá, que en esos momentos dormía plácidamente, andaba encorvado. También a diferencia de su papá, no llevaba nada de ropa encima, aunque su piel parecía más bien el forro de un sofá viejo, como los de casa de su abuelo: parecía una piel gruesa, rasposa, llena de arrugas y marcas, y de un tono gris como el polvo de meses sobre los muebles. Su falta de cabello no era tan intrigante como sí lo era el largo de sus dedos, y la niña pensó que no podían ser tan largos, en algún punto cerca del final debían de ser uñas, pero no podía distinguir dónde se hacía la transición.
De modo que se quedó mirando por la ventana como si estuviera viendo la televisión. La criatura no hacía más que deambular perezosamente por el patio, sin mirar nada en especial, sin hacer nada más que caminar hacia un lado y hacia otro. La niña decidió que eso no valía la pena para quedarse despierta observando y volvió a dormir a su cama, a soñar con cosas más entretenidas.
Al día siguiente, mientras jugaba en el patio, se le ocurrió buscar algún vestigio dejado por la criatura, pero no encontró nada que le resultara extraño, y como esto la hizo dudar un poco de sí misma, decidió esa noche despertarse a la misma hora para averiguar si la criatura volvía a aparecer. Su sorpresa se limitó a un infantil arqueo de cejas cuando, esa noche, al mirar por la ventana, no vio a una sino a dos criaturas en el patio. Quizá hubiera algo diferente entre ellas, pero la niña las veía exactamente iguales, no tenía manera de reconocer cuál era la que vio la noche anterior, si es que la misma había regresado. Se quedó mirando por si ahora que se tenían mutuamente actuaban de forma diferente, pero no fue así, se movieron apenas por el patio, incluso un poco menos que antes. La niña se aburrió después de un rato y volvió a la cama.
Al día siguiente mencionó a sus padres lo que había visto, ellos le sonrieron y le sugirieron que explorara el patio buscando pistas que indicaran a dónde habían ido esas criaturas. La niña pensó que quizá, como habían sido dos, ahora sí podría encontrar algo que probara que no las había imaginado. Luego de unos minutos se dio cuenta de que la planta en la maceta más grande tenía rota una de las ramitas, pero la niña no sabía si la planta ya estaba así o recien desde esa mañana. Le dio pereza seguir buscando y entró a la casa para mirar caricaturas.
Por la noche se encontró mirando por la ventana ya no a dos sino a cuatro criaturas. Todas idénticas, con su piel grisácea, sus ojos ensombrecidos y las caras como paralizadas a la mitad de una mueca. Una de las criaturas arrastraba los pies más que las otras, la que estaba al fondo era la más lenta, la de un extremo era la más rápida, pero seguían sin hacer nada interesante. La niña tuvo que esperar hasta la noche siguiente, cuando ya eran seis las criaturas en el patio, para ver algo diferente: una de las criaturas pasó caminando muy cerca de la ventana y ahí se detuvo. Giró lentamente la cabeza, hacia el interior de la casa, y se quedó inmóvil mirando a la niña, que saludó sin recibir respuesta. Otra criatura también se detuvo y volvió la cabeza hacia la ventana, pero tampoco respondió el saludo de la niña, que entonces se sintió un poco molesta por la grosería recibida y decidió irse a dormir otra vez, después de enseñarles la lengua.
Durante el día no volvió a mencionar a las criaturas a sus padres, no tenía ganas de decirles que no le habían hecho caso cuando las saludó, a pesar de que podían verla bien y su saludo fue efusivo.
En la noche volvió a despertar; ya no le interesaba ver a las criaturas, pero como llevaba tantas noches consecutivas despertando a esa hora, la fuerza de la costumbre le abrió los ojos y la niña adivinó que tardaría un poco en poder quedarse dormida otra vez. Decidió que, si ya se había despertado de todos modos, bien podría ir a asomarse a la ventana. Sin embargo, esa vez fue distinto: vio a tres criaturas en la ventana fuera de su habitación. Caminó por el pasillo, intrigada; ahora había criaturas en todas las ventanas, en ninguna había menos de tres, en otras había tantas que era imposible ver siquiera el patio a sus espaldas. Cuando finalmente llegó ante la ventana donde había visto a las criaturas por primera vez no fue ninguna sorpresa ver ahí a cinco de ellas, mirando directamente al interior de la casa, como todas las demás.
A la niña se le ocurrió que a lo mejor por eso eran aburridas, que a lo mejor incluso por eso no la habían querido saludar, porque ella se había portado grosera primero. Así que, para ver si en algo cambiaba las cosas, fue hasta la puerta principal de la casa y la abrió.


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