Un hombre todavía joven, llamado Tristán, manejaba por una parte solitaria y especialmente oscura de la carretera. El camino era estrecho y a los lados había árboles y vegetación espesa; el tipo de parajes en los que no puede verse absolutamente nada del mundo más que la luna en el cielo y el breve tramo cambiante iluminado por las farolas del auto.

      Mientras conducía, Tristán iba dando sorbos a su termo de café, escuchando música y, como no había nadie más transitando por esa carretera y como el acto de manejar era algo mecánico que hacía sin pensar, el auto en movimiento se convirtió en una especie de pequeño santuario móvil en el que se podía meditar perezosa y profundamente.

      No faltaba mucho para la medianoche ni era largo el camino por delante, y lo único que pudo sacar a Tristán de su pequeño trance fue algo que llamó su atención al borde de la carretera: una farola, solitaria, incoherente en el lugar ‒habría embonado mucho mejor en una calle de una ciudad pequeña, en otro país, muchos años atrás‒, de metal forjado y algunos adornos sencillos. Estaba torcida y un poco oxidada, pero funcionaba, brillaba con una luz muy tenue pero que, así en medio de la oscuridad absoluta, resaltaba tanto como la luna en el cielo. Tristán bajó la velocidad; el camino adelante y detrás de él se extendía largamente en línea recta, así que era fácil comprobar que no se acercaba ningún otro vehículo. Se estacionó junto a la farola, para poder examinarla mejor desde la ventanilla. Dentro del auto seguía sonando la música.

      Entonces se dio cuenta de que, a un lado de la farola, de la carretera salía otro camino perpendicular, un camino todavía más estrecho, terroso.

      Tristán se sintió intrigado. Pensó que no había realmente ninguna prisa para terminar su viaje antes del amanecer, así que bien podría tomarse un par de minutos para averiguar a dónde conducía ese camino. Además, el rato que llevaba sumido en lo que prácticamente había sido un trance hipnótico a base de noche, música y café dentro de su auto lo volvía más dispuesto a entregarse, de muy buena gana, a la primera alternativa extraña que el mundo le pusiera enfrente.

      Puso el auto en marcha y se adentró por el camino que nacía junto a la farola. Después de avanzar unos cuántos metros la luz de la farola quedó atrás y no hubo nada más que los faros del auto para ir diseminando las sombras durante un rato. Luego apareció adelante un grupo de luces.

      Cuando Tristán se acercó más, descubrió que el grupo de luces era un grupo de cabañas adornadas con lámparas de papel de varios tamaños, desparramando una luz entre ambarina y rojiza sobre mesas, comida, pasto, tierra y un nutrido grupo de gente que, al ver el auto aproximarse, se volvieron para lanzar un saludo grupal salpicado de sonrisas y manos que se agitaban amistosamente.

      Tristán se estacionó a unos metros de las cabañas, apagó el estéreo y el auto, y se apeó a la noche fresca. Se acercó a la gente, con las manos en los bolsillos e inspeccionando el lugar con la mirada; todo estaba decorado como para un festival en algún pueblo de tierras frías. Apenas llegó, la concurrencia le ofreció un vaso de ponche y lo animó a probar los distintos platillos que había en las charolas sobre las mesas de madera.

      Alrededor corrían niños que se reían y, junto a la amplia fogata, una mujer joven, con coleta, tocaba la guitarra y cantaba mientras una niña, que se le parecía mucho, tocaba el pandero con un sentido del ritmo admirable.

      No había nada que avisara del motivo de la celebración, o al menos ninguna pista que pudiera entender un extraño, como lo era Tristán, que de cualquier modo se quedó ahí toda la noche. Nadie lo interrogó respecto a de dónde venía o a dónde se dirigía, pero todos fueron muy amables con él. Tristán escuchó anécdotas que contaban algunos ancianos risueños, brindó varias veces con varios grupos distintos y por varios motivos distintos; probó platillos deliciosos, escuchó melodías hermosas y bailó melodías alegres.

      Cuando, muy a lo lejos, pudo adivinarse el primer suave destello de luz matinal y los niños bostezaban aparatosamente, Tristán supo que era momento de irse. Todos lo despidieron con la misma calidez con que lo recibieron y el visitante se alejó por el mismo sendero de antes, alegre de que el ponche fuera delicioso y especiado, pero sin alcohol.

      El auto llegó a donde estaba la farola y ahí retomó la carretera. Tristán arribó a su destino a media mañana y, de inmediato, se acostó a dormir. Un sueño apacible y profundamente reparador.

      Unos días más tarde, Tristán debía emprender el viaje de regreso. Deliberadamente usó un camino diferente; no quiso tomar la misma carretera de antes porque sabía, por una inexplicable pero rotunda certeza, que no volvería a encontrar la farola a media carretera por más que la buscara, no encontraría ningún camino terroso, ningún grupo de cabañas ni lámparas de papel, ni siquiera los restos de una fogata, y él prefería ahorrarse la desilusión.

      Por otro lado, esto no le preocupaba demasiado, nunca volvió a transitar esa misma carretera y estaba en paz con eso, porque tenía otra certeza, igual de inexplicable y rotunda: que el día que le tocara morir aparecería junto a la farola, recorrería, ahora a pie, el sendero terroso y llegaría a las cabañas decoradas con lámparas de papel, y ahí conversaría, reiría, comería, bebería ponche, bailaría y se sentaría junto a la fogata, desde donde miraría las estrellas en medio de una noche fresca, con una paz absoluta en su pecho, una sonrisa en su cara y un vaso en la mano.

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