Josep era un viajero, llegaba a una ciudad nueva, la recorría por completo, una y otra vez hasta haberla memorizado, y después se iba a una distinta para repetir el proceso. Es imposible saber cuántos lugares distintos había conocido ya; menos difícil es intuir que estos viajes debían estar motivados por una búsqueda, de algo tan específico que el propio Josep aún no estaba seguro de qué era.

      Una noche, Josep se escabulló por entre calles solitarias en una ciudad que ya iba conociendo muy bien, y se detuvo frente a una casa vieja, una casa que aparentaba muchos años de abandono.

      La fachada estaba oscurecida por el tiempo, los cristales estaban suficientemente sucios para impedir espiar el interior, además estaban cubiertos por cortinas pálidas, delgadas, que hacían pensar que, quizá, los fantasmas pueden mudar de piel igual que las serpientes. Aquel descubrimiento fue una pausa obligada para el viajero.

      Josep dio un vistazo a la calle, hacia ambos lados, para comprobar que se encontraba completamente solo. En un extremo de la calle alcanzó a ver el tenue azul pálido que anunciaba el pronto inicio del alba; aún tenía tiempo suficiente para entrar y dar un vistazo general. Si encontraba algo que ameritara más tiempo podría volver a la noche siguiente o quedarse ahí dentro a pasar el día ‒para no arriesgarse, como otras veces le había sucedido, a encontrarse a la noche siguiente con que el lugar había desaparecido. Alargó un brazo y la puerta cedió dócilmente.

      Entró, dejó que la puerta se le escapara de entre los dedos y se cerrara nuevamente. Se encontró frente a una pared y con un pasillo largo que corría hacia la derecha, un pasillo en el que estaban repartidas las ventanas que había visto desde la calle; pero había algo extraño, se dio cuenta de inmediato. Desde fuera había visto tres ventanas, y en ese pasillo tan largo dentro de la casa debía haber no menos de diez, y todas daban a la calle, porque a través de las cortinas delgadas como la gaza se colaba la misma luz azul pálido del arranque del alba.

      Josep echó a andar por el pasillo, movido por la curiosidad. La pared a su izquierda era lisa, sin adornos ni cuadros ni polvo. El piso tenía un patrón repetitivo y del techo no pendía lámpara ni foco alguno. A su derecha las ventanas mostraban la calle por la que había llegado, apenas difuminada por la tela de las cortinas.

      El pasillo desembocó en una sala de buen tamaño, completamente amueblada y bien cuidada. Los sillones de la sala estaban hinchados de tan esponjados, la madera que sobresalía de los sillones era del mismo tipo que aquella con que estaba confeccionada la mesa de centro (que tenía encima una superficie de cristal) y la misma que en la vitrina alta y el mueble con cajones sobre el que reposaba un tocadiscos. Salvo lo anacrónico de la sala, no había nada extraño ahí dentro… excepto la iluminación. La sala no tenía ventanas, pero estaba iluminada por la luz azulada que se colaba desde el pasillo. Sin embargo, esa precaria luz se multiplicaba en la sala y, si bien no iluminaba ni de lejos tan bien como habría hecho por lo menos un solo foco en el techo, sí bastaba para poder ver con razonable facilidad todo lo que había ahí dentro, en medio de una brumosa penumbra azulada. Josep procedió a recorrer la sala, examinándola a fondo. El tipo de muebles, de figurillas y vajillas de porcelana en los estantes, sobre las mesas (al fondo había una mesa de comedor rodeada de sillas a juego) y en la vitrina, los cuadros en las paredes, todo en la sala hacía pensar en vejez, a pesar de que nada lucía desgastado.

      En realidad, la muchacha que acababa de entrar por una puerta al fondo del lugar lucía bastante joven. Se miraron mutuamente, ambos inmóviles durante unos segundos. Fue ella quien saludó primero.

      ‒Hola ‒dijo, con una amable sonrisa.

      La respuesta de Josep, todavía desconcertado por la situación entera, demoró unos segundos.

      ‒Hola… ‒hizo una pausa‒ mi nombre es Josep.

      La muchacha colocó sobre la mesa la bandeja que estaba cargando ‒hubo un tintineo de porcelana‒ antes de acercarse y extender la mano.

      ‒Mucho gusto ‒dijo‒, yo soy Alba.

      Las manos, la cara y el cuello de la muchacha también parecían estar hechos de porcelana, así de blanca, lisa y fría era su piel, como si fuera una muñeca gigante, con cabello de seda marrón y ojos de cristal. Su vestido también era blanco, de dos piezas, y tenía adornos sencillos, de tonos tan suaves que podrían terminar de desaparecer si se les suspiraba encima.

      ‒¿Cómo entraste a la casa? ‒preguntó Alba, con infantil curiosidad.

      ‒Yo… solamente abrí la puerta y pude entrar.

      ‒¿De verdad? –Alba arqueó las cejas.

      Josep se encogió de hombros, sin saber qué más decir.

      ‒Claro, tiene sentido ‒dijo Alba. Hizo una pausa y volteó a ver la charola sobre la mesa‒ Supongo que entonces por eso de pronto sentí ganas de preparar esa bandeja y traerla aquí, con dos tazas y todo. ¿Te gustaría un poco de té? Me temo que no está muy caliente.

      ‒Me gustaría mucho una taza de té.

      Alba sonrió.

      Se sentaron a la mesa para beber cada quién una taza de té. Se sintió como lo más natural del mundo, como si esa noche Josep hubiera salido a la calle específicamente para llegar a esa casa y tomar el té con Alba. Tras los primeros sorbos, la muchacha se levantó, fue hasta el viejo tocadiscos que estaba en un rincón de la sala y puso un disco. La canción llenó el lugar con la misma sutileza que la luz azulada.

[Suena Cop de destral, de Lluis Llach]

      ‒¿Vives aquí? ‒preguntó Josep en cuanto la muchacha volvió a la mesa.

      Alba asintió con la cabeza, antes de dar un sorbo a su té.

      ‒¿Vives sola?

      Ella asintió de nuevo, devolviendo la taza a la mesa.

      Josep miró el té, que se veía negro en la penumbra celeste.

      ‒¿Desde cuándo vives aquí?

      ‒Desde siempre.

      Josep no hizo más preguntas, siguió bebiendo su té e hizo comentarios vagos y espaciados sobre la casa. Cuando terminaron, Alba lo tomó de la mano y le dijo que le mostraría la casa entera. Así, resultó que todas las habitaciones tenían el mismo tipo de decoración e iluminación; no había luces encendidas en ningún lado ni tampoco ventanas, pero, de alguna manera, la pálida luz matinal llegaba a iluminar incluso la habitación más profunda. En la casa había una sola recámara, un baño, una cocina y una segunda sala, más pequeña, no había patios ni jardines, tampoco puertas.

      ‒¿Nunca sales? ‒preguntó Josep tras recorrer la casa.

      ‒¿Salir a dónde? ‒dijo Alba‒ Para mí no existe ningún lugar aparte de este.

      Josep la miró sin comprender.

      ‒Tú entraste aquí desde fuera, vienes de un mundo distinto al mío ‒explicó ella‒. Para mí esta casa es el único mundo en el que puedo existir, es todo mi universo. He existido aquí desde siempre y voy a estar aquí toda la eternidad.

      Josep tardó unos segundos en terminar de comprender y darle peso a lo que eso implicaba. Entonces Alba le tomó una mano con las suyas, pálidas y frías, y lo miró fijamente con sus enormes ojos de muñeca.

      ‒¿Te quedarías aquí conmigo? ¿Me acompañarías toda la eternidad? ‒le preguntó, su voz tembló apenas un poco al final.

      Josep pensó en su búsqueda de todas las noches, en la incógnita respecto a esa búsqueda que prometía ser tan larga. Suspiró y le dijo que sí, que se quedaría con ella. Alba sonrió, sus dientes también como de porcelana.

      Así fue como Josep se preparó para pasar la eternidad dentro de esa casa, acompañando a la joven Alba.

      Escucharon la misma canción una y otra vez, porque era la única música que existía en ese mundo; pero Josep nunca se hartó de ella, eventualmente la canción llegó a parecerle tan imprescindible y natural como el aire que respiraba.

      De modo que, con esa canción flotando siempre por toda la casa, Josep y Alba pasaron la eternidad juntos. Bebieron té durante siglos, siglos de té caliente, endulzado con leche y que en la boca se sentía como vapor espeso. Durante siglos compartieron comidas de pan, queso y carne, que Alba sacaba de una alacena mediana que, siempre que se abría, estaba completamente llena, sin importar todo lo que hubieran sacado la última vez. Después de algunos años también empezaron a beber vino y café, además del té; comenzaron a comer chocolates además del pan, queso y carne. Centuria tras centuria, absolutamente en cada mordida y en cada sorbo, el pan, el queso, la carne, el chocolate, el té, el café y el vino tenían un sabor distinto y nuevo. De igual manera, cada vez que entraban a cualquier zona de la casa, tenían la vaga sensación de verla por primera vez, sin importar que llevaban recorriendo esos mismos humildes aposentos incontables veces, durante el tiempo que tomaba a la tierra destruir y crear nueva vida en ella una y otra vez; cientos de civilizaciones nacieron, brillaron y se derrumbaron en la Tierra y, durante todo ese tiempo, Josep y Alba habían estado tomando el té, escuchando la misma canción, conversado sentados juntos en uno de los sillones de la sala, que era su sitio favorito en la casa, donde la pálida luz azulada del final de la madrugada se mantenía de forma ininterrumpida, nunca menguaba ni un poco, nunca aumentaba ni se desvanecía en lo más mínimo. Pasaron todos los millones de milenios que hicieron falta para que, finalmente, la Tierra quedara completamente inerte, sin absolutamente nada vivo sobre ella; entonces ya solamente hubo vida, criaturas y civilizaciones naciendo y muriendo en otros planetas, en los lugares más alejados del universo; la Tierra convertida en una roca muerta, flotando a la deriva en un rincón silencioso y abandonado del universo; durante ese tiempo, después de que Alba le enseñó a Josep a bailar, ellos dos estuvieron bailando, una y otra vez, la misma canción. Bailaron muy lento, encerrados en su propio universo, mientras en el nuestro todo era oscuridad y silencio. Bailaron y hablaron y rieron y tomaron té y comieron pan, durante tanto tiempo que resulta imposible siquiera insinuarlo con las palabras de nuestro lenguaje. El sol creció, engulló a la Tierra, engulló todo lo que tenía cerca y luego reventó. Millones de soles en todo el cosmos nacieron, vivieron y murieron, con un estallido al inicio y otro al final, transcurrió el tiempo suficiente para que billones de soles nacieran y murieran, y durante ese tiempo Josep y Alba conocían su casa una y otra vez, probaban los sabores de las mismas cosas una y otra vez y encontraban nuevas todas las cosas cada vez. Hicieron el amor en la habitación, que era el sitio más oscuro de la casa, hicieron el amor una y otra vez, bebieron té, bailaron juntos y se besaron, todo durante los trillones de billones de milenios que demoró el universo en quedarse ya sin una sola cosa viva en toda su infinita extensión. Finalmente, la vida en el universo se había apagado por completo, y el universo continuó existiendo así todavía durante varios millones de milenios más, impávido, vacío, gélido y en un silencio absoluto, mientras dentro de la casa Josep y Alba se sentaban en el mismo sofá, lado a lado, abrazados, y Alba le decía a Josep cuánto le gustaba la figurita de porcelana en la mesa de centro, en forma de una mujer sentada a la orilla de un lago o un río, sobre una roca, Josep y Alba inventaban juntos infinidad de historias nuevas inspiradas en esa figura, en la mujer sentada sobre la roca, le inventaron incontables vidas mientras el universo entero existía en silencio, sin una sola historia nueva existiendo en él, durante tantos milenios que nadie soportaría entender la noción de cuántos. Finalmente el universo desapareció, todo desapareció, cada planeta, cada estrella, cada roca y cada diminuta mota de polvo, el universo entero dio un vuelco y desapareció, y eso tomó cientos de años hasta que, de pronto, ya no existía nada, absolutamente nada, mientras dentro de la casa Josep y Alba habrían encontrado imposible imaginar una existencia fuera de esas paredes, sin esa luz pálida, sin aquella canción, sin sus pláticas, sin los ojos y los labios del otro, sin la cama mullida y la mujer de porcelana sentada sobre una roca a la orilla de un lago o un río. Después de tanto tiempo que no existe forma alguna de medirlo, un nuevo universo apareció en donde el anterior se había devorado a sí mismo hasta la nada; el nuevo universo tardó millones de años en terminar de nacer, y le tomó diez veces más tiempo comenzar a crear la primera mota de polvo, mientras Josep se sentaba en un sillón y miraba cómo danzaba Alba, ella sola, con hipnótica lentitud. Eventualmente, el universo se llenó de planetas, cada vez más, eventualmente en un planeta diminuto apareció una cosa diminuta que estaba viva, eventualmente hubo vida en dos planetas, llegó el día en que hubo estrellas infinitas y vida repartida en innumerables planetas, a lo largo de trillones de trillones de milenios hubo trillones de trillones de cosas vivas, trillones de trillones de civilizaciones que aparecieron y desaparecieron, mientras Josep y Alba se recostaban juntos en la cama con sábanas de encaje, con la mirada perdida mientras se tomaban de la mano y se inventaban sueños uno al otro, porque ninguno había dormido ni una sola vez desde que Josep llegó a la casa, así que para soñar debían seguir periódicamente ese ritual: Alba cerraba los ojos y Josep le inventaba un sueño, se lo iba narrando a detalle de principio a fin, después Josep cerraba los ojos y Alba le inventaba un sueño a él… era sorprendente cómo los sueños que inventaban sucedía siempre dentro de la casa, nunca aparecía nadie más que ellos dos y no había más que los elementos dentro de la casa y, a pesar de eso, cada sueño era una invención completamente nueva, no se parecía a ningún sueño previo ni a nada que ya hubieran hecho ellos realmente dentro de la casa en todo ese tiempo. Mientras Alba le inventaba un sueño a Josep, el último de los incontables universos que habían existido uno tras otro terminó de apagarse y, con él, todo dejó de existir, sólo quedó la nada, pero una distinta a todas las nadas que habían existido antes, porque esta era la nada definitiva, tras la que ya no existiría nada más, nunca más… pero aún después de eso, después de que dejaron de existir definitivamente todas las cosas y todas las esperanzas de alguna cosa nueva, después de que dejó de existir la más ínfima concepción de tiempo, Josep y Alba siguieron viviendo juntos dentro de la casa, durante millones de años, tantos millones que sería no solamente inútil sino ridículo intentar explicar cuántos, siguieron viviendo juntos en la casa durante toda la eternidad.

      Hasta que, finalmente, se terminó la eternidad.

      Josep y Alba estaban sentados en el sillón, mirándose a los ojos, él acariciándole a ella el cabello, con una mano que siempre encontraba hermoso y nuevo el tacto de ese cabello marrón, frío, como de muñeca de porcelana. Entonces Alba suspiró, se acercó a él y le dio el último beso de la eternidad que habían pasado juntos.

      ‒Muchas gracias por haberte quedado conmigo ‒le dijo. Después se puso de pie y salió por la puerta por la que Josep la había visto aparecer por primera vez.

      Josep se quedó solo en la sala, mirando la puerta. Entonces la canción en el tocadiscos terminó y, por primera vez, no volvió a empezar, sino que cedió ante el silencio. Eso fue suficiente para que Josep supiera que, incluso si atravesaba la misma puerta por la que acababa de desaparecer Alba, ya no la encontraría por ningún lado: ella había existido durante toda la eternidad, y después se había desvanecido.

      Se puso de pie, fue por el abrigo y la bufanda que había dejado sobre una de las sillas del comedor y se los puso. Dio un último vistazo a la sala.

      Fue hacia el largo pasillo, iluminado apenas por la pálida luz azulada que entraba por las ventanas cubiertas por las cortinas delgadas como gasa, llegó hasta la puerta principal y la abrió para salir a la calle.

      Se encontró la calle exactamente igual a como la había dejado antes de entrar a la casa abandonada: una calle vacía, oscura, con apenas la insinuación del alba allá a lo lejos, todo en silencio. Al mirar atrás vio, igual que antes, solamente tres ventanas oscuras en una fachada muy vieja.

      Lo pensó solamente un momento, después volvió a acercarse a abrir la puerta… encontró un vestíbulo viejo, oscuro y lleno de polvo. Entró y avanzó unos pasos; era una casa distinta, una casa distinta y en ruinas, sin música ni porcelana, sin té caliente ni queso ni pan. Era una casa pequeña, la recorrió en pocos minutos, sin encontrar ahí nada remotamente vinculado a Alba. Salió nuevamente a la calle con una sensación extraña en todo el cuerpo. A lo lejos, el amanecer ya comenzaba.

      Josep metió las manos en los bolsillos y asumió que su presente situación significaba que, aunque había disfrutado la eternidad con Alba, aquello no había sido, después de todo, lo que él había estado buscando. O por lo menos eso deseó con todas sus fuerzas porque, de otro modo, ¿cómo iba a soportar la noción de una vida terrenal después de una eternidad feliz? Debía haber algo más allá afuera, algo que lo hiciera sentir todavía mejor.

      Suspiró, dando un vistazo al amanecer tras él, y echó a andar por la calle.

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Una respuesta a “Cop de destral”

  1. Avatar de Rosalinda V G
    Rosalinda V G

    Felicidades Diego!!! Fue agradable conocer la eternidad a través de tu pluma. Gracias 🤩

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