Existió un pequeño pueblo, de esos donde todas las familias se conocen, donde las calles son de tierra y, cuando hace mucho calor y mucho viento, se erizan de polvaredas que opacan el mundo a ratos. Todas las casas en el pueblo tenían por lo menos dos o tres animales: vacas, borregos o burros. A los perros no los cuento porque, si bien es cierto que los caninos pululaban por el pueblo, no eran exclusivamente de nadie, todos les daban de comer y los saludaban si los encontraban por la calle. Se trataba de un pueblo humilde, habitado por personas que llevaban vidas sencillas y tranquilas, lejos de otras ciudades, rodeados de campos de cultivo, áreas terrosas, cerros y siempre con pocas nubes en el cielo, que era de un azul tan pulcro como no puede verse en ningún otro rincón del mundo.
Nunca, ni una sola vez, había pasado nada interesante en el pueblo, ni bueno ni malo; vivir ahí era, en cierta manera, como vivir dentro de una fotografía, porque nunca ocurría nada y ni siquiera el cambio de generaciones se notaba, porque los hijos lucían idénticos a los padres que lucían idénticos a los abuelos. Por lo tanto, nadie supo cómo reaccionar cuando una niña corrió por la calle de tierra, dejando un rastro de polvo alborotado tras de sí, diciendo que había algo muy extraño a las afueras del pueblo, más allá de unos matorrales y árboles retorcidos. Se armó una comitiva de exploración que la niña guio hasta un sitio donde la tierra ‒de tono claro, blanda, de aspecto casi apetecible, como de postre‒ palpitaba muy suavemente. La gente rodeó el lugar y uno de los hombres se echó con el estómago pegado a la tierra, como lagartija, para pegar la oreja a la superficie y así confirmarles a todos que el latido no sólo era visible, sino que podía escucharse. Pronto el pueblo entero estuvo reunido en ese punto, mirando y, por primera vez en su pacífica vida, sintiendo curiosidad por algo. Aprendieron pronto que la curiosidad puede mutar muy rápidamente (y con frecuencia redoblando su tamaño) en pánico: de pronto la tierra se abrió, desmoronándose como si no fuera más que harina, y del suelo surgió un corazón inmenso. Un corazón literal, biológico, como el que tenemos tú y yo entre las costillas. Un corazón salió de la tierra, sólo que este no estaba atado a ningún cuerpo y era del tamaño de una casa grande; de la tierra también saltaron varios apéndices del corazón que, yo supongo, no tengo más remedio que llamar venas. El corazón se irguió inmenso, latiendo ahora con estruendo evidente y acompasado, mientras sus venas se agitaban por todos lados, palpando y reconociendo el lugar. Después de su agitación inicial, el corazón finalmente se apaciguó, sus venas dejaron de retorcerse y se asentaron como adormilándose sobre la tierra, entre matorrales, enredándose en árboles cercanos, y el corazón latió más despacio, pero sin detenerse. La gente del pueblo, que nunca había vivido nada extraordinario en la vida, supo reconocer una maravilla, y en menos de dos meses se habían mudado más cerca del corazón, que se convirtió en el centro alrededor del que construyeron nuevas casas. Sembraron flores y plantas, colgaron adornos, dibujaron y bordaron y esculpieron figuras de corazones en sus ropas, en sus puertas, dentro de sus casas. Durante los días soleados, los niños correteaban alrededor del corazón, los jóvenes se iban a sentar en el pequeño jardín que lo rodeaba, las familias se acercaban por las tardes para comer cerca de él. Los días lluviosos, a la gente le gustaba asomarse por las ventanas de sus casas porque el corazón, que por todo lo demás era impávido ante cualquier aguacero, adquiría un color y un brillo de rubí sanguinolento abrumadoramente hermoso cuando estaba empapado. Por las noches, el pueblo entero dormía arrullado por el suave y acompasado murmullo de los latidos.
Aparentemente, el pueblo vivió así durante varias generaciones. Dicen que ahora ya nadie sabe ni cómo llegar al pueblo porque fue cubierto por plantas, árboles, flores y helechos, actualmente está en el centro de una intrincada zona selvática, ya no queda un solo camino que lleve al pueblo pero, incluso si alguien encontrara la manera de llegar a donde alguna vez vivió toda esa gente, ya no hallaría casas (quizá, apenas, insinuaciones de ruinas de roca y adobe), solamente hallaría, cerca de un riachuelo y con una explosión inmensa de flores, un corazón enorme, ahora tal vez del tamaño de un castillo, latiendo saludable, rodeado de montones y montones de corazones pequeños, acunados entre helechos, tierra y agua limpia, todos unidos entre sí y unidos al corazón primigenio gracias a una intrincada red de venas rojísimas, del color de la vida.

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