Dina salió a pasear en la primera tarde de otoño.

      Ya desde semanas atrás la joven había avistado varias veces, como hábil ornitóloga, retazos de días otoñales que aparecían dispersos algunas mañanas y algunas tardes, momentos que llegaban como exploradores adelantados, como las primeras gotas rotundas y espaciadas previas a una tormenta: la tonalidad del cielo azul al asomarse temprano por la ventana, la manera en que el sol iluminaba la punta de un árbol por la tarde, el sutil tono de la luz que entraba por una ventana, la fugaz ráfaga de viento frío que hacía sisear gentilmente los árboles del jardín. Los emisarios habían estado apareciendo por aquí y por allá, Dina los había detectado a todos, y a menudo pensaba en cómo los cambios de estación son declarados con criterios humanos, para iniciar en un día específico, cuando en realidad la transición de una estación a otra es gradual y ambas se difuminan como los colores en una pintura o como una voz y un instrumento se van superponiendo gradualmente en una canción hasta que uno se desvanece dentro del otro. De cualquier manera, ese día, según el calendario y tras años de civilización humana, comenzaba el otoño ya con toda formalidad, y por eso Dina había querido salir a caminar un rato, para ver las calles que le eran tan familiares desde su infancia, revestidas con la luz ya en tono y ángulo del sol de otoño.

      La muchacha tenía veintidós años, era menuda, con cabello oscuro, boca pequeña, ojos grandes, y era más bien callada; a veces, cuando salía a la calle y la encontraba especialmente concurrida, se sentía como una niña pequeña; cuando era niña y se encontraba en una calle abarrotada, se sentía como una ratoncilla en medio de una arriesgada aventura. En cualquier caso, cuando salía a recorrer la calle, siempre se desplazaba ágil y con un susurro de ropa que eran como la agilidad y el crujido de hojas secas llevadas por el viento.

      Caminó hasta el parque, deambuló un rato y consideró buscar una banca en la que sentarse un rato a leer; pero encontró mucha gente, el otoño había comenzado en sábado, así que el parque estaba demasiado atiborrado. Tuvo la reacción visceral de molestarse por considerar que toda esa gente estaba invadiendo su inicio de otoño, como si fueran extraños invadiendo su casa; quizá no hubiera tenido esa sensación si hubiera percibido alguna sutileza distinta en la actitud de las personas, pero lo que la descorazonaba era ver que toda la gente en el parque, si bien se veía muy a gusto, era completamente indiferente al cambio de estación: se veían animados, pero como podían estar en cualquier otro sábado del año, sin que pudiera importarles menos el momento, que era una efeméride personalísima para Dina. Así las cosas, decidió mejor ir a un café pequeño que estaba cerca y que le gustaba frecuentar.

      El café estaba humildemente iluminado: el contraste entre su suave penumbra y el sol dorado del exterior hacían que Dina se sintiera en una madriguera, o dentro de una casa construida por ardillas en el interior de un tronco. Se acomodó en una mesa pequeña en un rincón, pidió un café y se quedó un momento mirando en derredor como si no fuera una persona en un café sino una consciencia incorpórea asomando al mundo.

      Salió de su ensimismamiento cuando la mesera le llevó su café, y entonces abrió su bolsa para rebuscar en su interior… Quería leer un rato, pero al buscar su libro vio que cargaba también su libreta. Sintió una punzada casi eléctrica: ¿Sería el momento, por fin, de ponerse a escribir en un café, recreando todas esas estampas casualmente bellísimas que había visto reproducidas en tantos lugares? ¿Ese inicio de otoño iba a ser el día? Dina, como toda juventud romántica y melancólica con ambiciones literarias, tenía muy fija en su mente la imagen idílica de ponerse a escribir dentro de un café agradable. Técnicamente nada se lo impedía; desde el inicio de la preparatoria, los años siguientes y hasta el día de hoy, no había absolutamente nada que se lo impidiera más que ella misma, que se lo prohibía con mucha severidad. El problema era que Dina se sentía completamente indigna del privilegio de escribir en un café. En su concepción idealizada, sólo había dos escenarios permisibles para ese lujo: el primero era ser una escritora consagrada, con libros ávidamente consumidos por hordas de lectores, ser una escritora que, con un legado ya en firme consolidación, se había ganado el derecho de ir a escribir con todo disfrute en un café; el segundo escenario tomaba en consideración a los muchos autores que habían escrito su obra en cafés miserables, que habían vivido en la pobreza toda su vida y su obra no había sido reconocida sino hasta después de su muerte; ellos, desde luego, si aplicaran la misma lógica que Dina, no habrían ido a escribir a cafés sino exclusivamente en sus buhardillas ruinosas, pero he aquí la clave: Dina consideraba que ellos también tenían el derecho a protagonizar esa estampa románticamente idealizada porque habían estado trabajando en obras magistrales que iban a modificar el mundo de los libros. Dina, por su parte, no se consideraba en ninguna de estas categorías. No había publicado nada en toda su vida, de modo que quedaba automáticamente descartada del primer grupo, y tampoco estaba creando ninguna obra extraordinaria que justificara colocarla en el segundo grupo. Notemos que Dina consideraba su propio juicio más certero que el juicio del Tiempo, completamente ajeno a ella y sus opiniones.

      Imbuida con la alegría de la llegada del otoño, Dina tuvo el impulso de sacar su libreta y su pluma, hizo a un lado la taza y puso sus cosas sobre la mesa, directamente frente a ella.

      Quizá le estoy dando demasiado peso a esto, pensó, mirando a su libreta como si esta pudiera devolverle la mirada. Se quedó así, meditativa, durante unos segundos. Se echó hacia atrás, apoyándose en el respaldo de su silla, y suspiró. Se le ocurrió que, en efecto, ella misma no era la opinión más objetiva al respecto.

      Así que se le ocurrió algo.

      Sacó de su bolso el libro que estaba leyendo esos días. Para recibir el otoño, había decidido releer un libro que había leído por primera vez al terminar la secundaria y que en cada relectura había disfrutado siempre. Empujó su libreta a un lado de la mesa y colocó el libro frente a ella: una edición muy desgastada y con marcas en las páginas de Hojas color sepia, de Fardo Sosas. Abrió el libro por la mitad; el lomo desgastado y las hojas domadas por múltiples lecturas ayudaron a que el libro se quedara abierto sin problema. Dina tomó la cucharilla que le había dejado la mesera en el platito de la taza, la usó para tomar una muy pequeña porción de café y después procedió a dejar caer el café en delicadas gotas sobre las páginas abiertas. Dejó la cucharilla de vuelta en el platito y esperó.

      En un momento las manchas de café habían desaparecido, y, en cambio, había aparecido una figura, poco más pequeña que un lápiz, de pie sobre una de las páginas. La figura estaba mirando el reguero de letras alrededor de sus pies, las páginas que comenzaban a ponerse amarillentas, y después su propio cuerpo revestido con un gastadísimo atuendo de lana de tres piezas. En la cabeza llevaba un sombrero a juego y todavía más desgastado que la ropa. La figura entera tenía una tonalidad levemente sepia; quizá porque las hojas del libro comenzaban a mancharse de desgaste, quizá por el café con que se había invocado a la figura, quizá por el título del libro, quizá porque todas las fotos que existían de Fardo Sosas ─al menos todas las que Dina había visto, incluyendo aquella en la contraportada del libro─ eran en tonos sepias.

      ─Mira este lugar ─dijo la figura como para sí misma─, un montón de cosas nuevas que intentan simular un lugar viejo… ─luego vio a Dina─ Hola.

      ─Hola ─saludó Dina, con una sonrisa.

      Fardo Sosas bajó la mirada para fijarse en las letras ya con más detalle; le bastó leer uno de los renglones para reconocer su propio libro.

      ─Ah, sí ─dijo─, la metáfora más burda de toda mi vida… Siempre estuve pensando en otra para reemplazarla, le di muchas vueltas, no se me ocurría nada, entre más le daba vueltas más difícil parecía; pensé en quitar de plano cualquier tipo de metáfora, pero me pareció que de todos modos debía haber algo ahí para acentuar el momento… Y luego, de pronto, la tuberculosis. Al final nunca cambié la metáfora, nunca la quité tampoco, y ahora queda impresa para siempre, una y otra vez. Ya sé, ya sé, es una queja melindrosa, debería limitarme a sentirme agradecido porque, de cualquier manera, lo que escribí se sigue imprimiendo muchos años después, sea como sea… pero de cualquier manera… ─hizo un gesto de silente molestia y alzó una mano, en un ademán como si hubiera intentado sujetar algo invisible que lo hubiera eludido.

      Dina se cuidó muy bien de mencionar que esa metáfora le gustaba mucho, que la había escrito en la pared sobre su escritorio al iniciar la preparatoria y que, el día que comenzó su presente relectura, había posteado en Instagram una foto muy bonita de unas nubes junto con la cita de esa misma metáfora.

      Sosas caminó un poco sobre las páginas, llegó al borde del libro, con las manos entrelazadas a la espalda y vio el cuaderno y la pluma.

      ─¡Ah! ─exclamó, con entusiasmo─ ¿Estabas escribiendo?

      ─Lo consideré ─dijo Dina─, pero después desistí.

      ─¿Por qué no? Si el café es muy malo ni siquiera tienes que tomarlo, dale solamente dos sorbos para disimular a lo largo de una hora y luego te puedes ir. Una vez yo llegué a estirar una taza de café quemado durante casi tres horas ─añadió, con cierto orgullo.

      Fardo Sosas fue un autor que calificaba en el segundo grupo de aquellos a quienes Dina consideraba dignos de ponerse a escribir en los cafés. Vivió al borde de la pobreza toda su vida, mantuvo un trabajo sencillo y abrumadoramente aburrido, nunca publicó nada en vida, pero escribía religiosamente todas las tardes en un café al lado de la ruinosa pensión donde vivió toda su vida y donde fue encontrado su cuerpo, en soledad, tras morir de tuberculosis, en una habitación repleta de cajas con hojas sueltas, paquetes de manuscritos y montones de cuadernos.

      ─No, no es eso, el café no está mal ─dijo Dina; dudó sólo un momento, porque le resultaba infinitamente más sencillo sincerarse con un autor que admiraba profundamente, muerto hace muchos años, que con cualquier otra persona─, más bien pasa que… ─suspiró─ Siento que todavía no me lo he ganado, todavía no he conseguido empezar nada que parezca relevante, necesito tomarme esto mucho más en serio antes de hacerlo con tanta ligereza, necesito asegurarme de que ya estoy recorriendo el camino correcto antes de bajar la guardia…

      Sosas la escuchaba todavía con las manos en la espalda y alzando la cara; había muerto relativamente joven, pero su rostro se veía demacrado por la vida difícil y el suspiro de la enfermedad.

      ─No creo que podamos llegar a ningún acuerdo al respecto ─dijo el autor sepia─, estamos enfocando el asunto desde dos polos opuestos. Si me hubieras preguntado a mí, el lujo hubiera sido una habitación en mejores condiciones, más limpia y menos fría, para poder escribir ahí con toda calma; pensaba que, algún día, esa iba a ser la recompensa, por decirlo así, y mientras tanto me ponía a escribir todos los días en un café decrépito, a veces pensando que no lo estaba haciendo mal, a veces estando seguro de que ni una sola de las páginas valía la pena, y a veces se me olvidaba pensar en una cosa u otra, porque sencillamente me quedaba completamente inmerso en lo que estaba escribiendo… ─bajó la mirada hacia el libro para confirmar en qué páginas se encontraba─ El capítulo siguiente a este, por ejemplo, el que sucede en el apartamento junto al puerto, lo escribí en el mismo café miserable, pero en realidad, durante dos horas, no estuve en ese café, ciertamente tampoco estuve en la habitación cálida de mis sueños, durante esas dos horas estuve en ese apartamento junto al puerto ─se encogió de hombros─. A estas alturas, me parece que dónde escribes cualquier cosa es circunstancial, sin importancia, y completamente efímero. Es más, mírame ahora: tantos años después, no volveré a poner un pie en ese viejo café, ya no vivo en mi habitación miserable, no viviré en la habitación bonita que imaginé incontables ocasiones… vivo aquí ─dio dos suaves pisadas a la página sobre la que estaba de pie─, vivo en el apartamento junto al puerto, vivo en el parque del capítulo anterior, vivo en las calles serpenteantes que aparecen una y otra vez en todo el libro y en el barco en el que se fugan todos al final ─se acomodó el sombrero para poder mirar a Dina─. ¿Sabes qué opino, francamente? Que no importa dónde te pongas a escribir, ningún sitio tiene menos o más mérito que otros: no te quedes paralizada esperando las circunstancias ideales, de lugar o lo que sea, porque entonces podrías terminar sin haber hecho nada, nunca… Pienso que es mejor, en todo caso, que tomes el lugar y las circunstancias en las que estás cada vez, y escribiendo las conviertas en las circunstancias que sea que te apetezcan en ese momento. Cuando alguien lea lo que escribas te prometo que nadie va a detenerse a preguntarse dónde lo escribiste. La verdad es que absolutamente a nadie en todo el universo le interesa cómo escribes, a nadie en todo el universo le interesa si escribes siquiera. Pero sí es posible que, después de que hayas escrito, haya a quien le pueda interesar e importar lo que ya está escrito.

      Sosas no parecía esperar una respuesta a lo que acababa de decir. Simplemente volvió a entrelazar las manos en la espalda y bajó la vista para mirar sus propias palabras, sobre las que estaba de pie, quizá recordando sus propias circunstancias de escritura. Dina estaba en silencio, el breve discurso de Sosas seguía entrando a su mente, como agua que se ve absorbida, poco a poco, por la tierra oscura en una maceta.

      ─Gracias ─dijo al fin. Sentía el cuerpo un poco más ligero.

      En respuesta, Sosas hizo una breve reverencia.

      ─¿Hay algo más que pueda hacer por ti? ─preguntó.

      ─Esto ha sido mucho ─respondió Dina.

      ─Muy bien. En ese caso, ya tengo ganas de llegar a ese apartamento junto al puerto; como bien sabes, hay ahí una taza de té muy cargada, una carta rebosante de revelaciones y un anillo familiar que se creía perdido.

      Dicho esto, la figura de Fardo Sosas se hundió lentamente en la página del libro, como si fuera un estanque, y desapareció.

      Dina se quedó un rato más mirando el libro abierto.

      La verdad es que ahora tenía muchas ganas de ponerse a leer Hojas color sepia, pero después de considerar la opción, decidió que esa noche se quedaría en cama leyendo hasta tarde y, en ese momento, ahí en la cafetería, abriría la libreta, destaparía la pluma y se pondría a escribir cualquier cosa que le viniera a la mente, con el único objetivo de disfrutar el paso de la tarde, como un acto de disfrute personal en conmemoración del primer día de otoño.

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