Alan Helquist, pintor, llegó al parque cargando su desgastado y descolorido morralito de cuero. Aún no era ni media mañana, y en la calle encontró el movimiento constante y desganado de las rutinas matutinas entre semana.
Era flacucho, con una mata de abundante cabello revuelto y una barba que, aunque aún no tenía ni una sola cana en ella, lo hacía ver mayor de lo que era. Su sombra, alargándose detrás de él, parecía un manchón de acuarela muy diluida. Usualmente, sus ojos eran verdes, pero al iniciar otoño se le iban volviendo amarillos, luego naranja opaco y finalmente sepias. Hasta finales de marzo volvían a ponerse verdes. Sus ropas, esas sí durante todo el año, eran siempre de tonos marrones y sepias, y siempre arrugadas y dando la impresión de ser algo resecas, como hojas tocadas por el otoño.
Caminó hasta una banca del parque y ahí se sentó. A esa hora del día, había gente cruzando el parque y transitando en movimiento continuo por las calles en derredor, pero prácticamente los únicos que podían darse el lujo de sentarse en ese momento en el parque eran un par de jubilados, de los que aún hojeaban lentamente el periódico o simplemente tenían la mirada perdida, quizá escudriñando el archivero con sus recuerdos ─polvosos, con telarañas, unos cuantos ya ilegibles─, y otros fijándose con suma atención en detalles diminutos del mundo en el que estaban: palomas que caminaban sobre el piso de piedra, el follaje donde ya cambiaba el color, la manera en que la luz matinal tocaba solamente la punta de la parte superior de un edificio al otro lado de la calle. Alan había ido al parque con intención similar a la de esos jubilados contemplativos: quería fijarse en la llegada del otoño. Durante los primeros días había estado visitando el parque todas las mañanas y había vuelto a casa hasta poco antes del anochecer; en su morralito de cuero llevaba un bocadillo sencillo y algo de beber, pero, por rarísima excepción en la vida, no llevaba también una libreta ni nada con qué dibujar: estaba ahí sólo para observar.
Se había sentado en la misma banca durante toda una semana y desde ahí había contemplado el lento pero rotundo avance del otoño; similar a cómo un vasito de agua se va tornando, poco a poco, en carmesí, cada vez que se va sumergiendo una y otra vez un pincel con restos de pintura, hasta que el vaso ya no es cristalino, sino que parece contener el néctar de una fruta desconocida, del color del ocaso visto a través de una cortina antigua y con un velo de añoranza en los ojos.
Durante esos días, Alan no pensaba en nada, no dejaba que su mente se pusiera a corretear como un perro al que se le suelta la correa en el parque; se concentraba por completo en observar, plenamente y a conciencia. Nunca alcanzaría todo el tiempo del mundo para poder examinar un otoño por completo.
Fue en un otoño de muchos años atrás cuando Alan había decidido que quería ser pintor, que no quería gastar ni un gramo de su esfuerzo durante su paso por este mundo en nada que no fuera dibujar, bocetar y pintar. Fue durante otro otoño, algunos años después de aquel con la primera epifanía, que Alan tomó consciencia de que en su vida nunca conseguiría hacer nada que fuera ni remotamente similar a lo que él mismo veía en el otoño, porque plasmarlo de forma exacta era tan imposible como intentar guardar en un frasco el sentimiento de un recuerdo especialmente preciado de los años de infancia: son pequeños milagros etéreos que existen en el mundo, con los que somos bendecidos en la vida, y que nunca puede llegar a conocer del todo, a comprender y sentir, nadie que no sea uno mismo. Eso somos todos: una interminable constelación de esas pequeñas a íntimas lucecillas repartidas por el manto invisible que recubre al mundo entero.
En paz con la noción de que nunca podría reproducir en sus pinturas ni un gramo de lo que podía percibir durante el otoño, sintió una decepción muy tenue, que pronto fue superada por una gran tranquilidad. No le pareció una revelación dolorosa, antes lo vio como un futuro emocionante: como una biblioteca descomunal de la que se sabe no alcanzará la vida para leer todos los libros, pero concede la tranquilizadora certeza de que nunca faltará un libro qué leer; como encontrar a un alma afín con la que pasar el resto de la vida, sabiendo que es imposible que dos personas lleguen a conocerse realmente por completo, pero eso sólo significa toda una vida de seguir descubriendo pequeños detalles maravillosos cada día.
Alan sabía que nunca conseguiría “capturar” la esencia que él tan específicamente veía en el otoño, pero eso solamente le hizo darse cuenta de su objetivo real: no se trataba de confeccionar la jaula perfecta, ni de conseguir la réplica impecable; se trataba, en cambio, de ofrecer una extensa sucesión de regalos, de tributos, de guiños, de obsequios, de parte suya para el otoño. Y además del regalo en sí mismo que era cada hoja y cada cuadro, también eran tributos las expresiones de maravilla que provocaban en la gente: eran miradas, suspiros y ensoñaciones que Alan, como un antiguo sacerdote, conseguía del público para ofrendar al otoño.
Así pues, después de acudir siete días seguidos al parque, durante la primera semana de otoño, Alan pasó después un par de días sin salir para nada. Permaneció encerrado en el cuartucho donde vivía, su estudio repleto de manchones de tinta, materiales y lienzos, un cuartucho sencillo y sin ventanas, y ahí se sentó a trabajar en un cuadro, sin parar. Cuando hacía pausas para comer alguna cosa, lo hacía todavía sentado ante el lienzo, observando el trabajo avanzado hasta el momento. Cuando iba a dormir unas horas, soñaba que seguía pintando.
La pintura estuvo terminada a inicios de octubre.
Alan se quedó buena parte del día plantado delante del cuadro, a ratos sentado y a ratos de pie, con una mano en el bolsillo y un vaso de café en la otra. Se quedó mirando la pintura tan atentamente y a consciencia como había estado mirando el parque durante la primera semana de la temporada.
La pintura ─en un lienzo de 50x50cm─ mostraba parte del follaje rojizo en una rama de árbol vista muy de cerca, con las hojas en los tonos propios del inicio de otoño, superpuestas a un cielo que tenía el fulgor dorado de las tardes otoñales; precisamente a la hora que ya se aproximaba en esos momentos.
Alan tomó un lápiz, volteó el lienzo y anotó detrás:
Parque en otoño,
Alan Helquist,
Pintado durante otoño
Después dejó el lápiz a un lado y dio un vistazo general al cuartucho, decidiendo dónde colgar el lienzo. Optó por la pared junto a su catre. Quitó algunos papeles que había puesto ahí, colocó un clavo y después colgó el cuadro con todo cuidado. Retrocedió unos pasos para ver cómo había quedado.
Ahí, junto al catre, ahora había una ventana de 50x50cm; al otro lado las hojas se mecían suavemente por una brisa fría, y ese movimiento hacía juegos con la luz dorada del atardecer, que se filtraba por la ventana e iluminaba plenamente el cuartucho antes oscuro. Alan sintió la tibieza de esa luz en la cara, y sonrió.

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