Era una tarde tibia de marzo, las calles estaban poco transitadas. Me encontraba caminando en medio de una muy específica raza de melancolía.
Bajo la luz de la tarde, la calle se sentía menos como un sitio real y más como el recuerdo que guardaba de esas mismas calles en tiempos de mi infancia. Pero no sólo me encontraba caminando en medio del eco de distantes recuerdos; también, por momentos, la calle parecía la manifestación de la idea que me había imaginado, de niño, sobre el futuro. En ese entonces, el futuro nunca fue para mí una visión de autos voladores y altos edificios resplandecientes; mi idea de futuro era mucho más modesta, a escala de la ciudad donde vivía, mi idea de futuro había sido que, así el mundo hubiera cambiado mucho o poco, lo que realmente se habría modificado drásticamente era no sólo la manera en que yo mismo viviría el mundo, sino la manera en que vería y concebiría la realidad del mundo. En momentos como el de ese paseo, a veces me pongo a recordar esas reflexiones infantiles, que permanecen tan nítidas en mi mente. En tardes como aquella siento casi como si, por un instante, mis ojos se convirtieran en ventanas desde donde, de alguna manera, el yo niño pudiera asomarse desde el pasado a dar un vistazo al mundo a través del nuevo filtro, de la concepción de la realidad que tiene el yo actual.
Y si bien siempre he tenido una tendencia hacia la nostalgia, la sensación se acrecentó especialmente en el paseo de esa tarde, porque me dirigía hacia un lugar que tuve presente durante mi infancia de forma muy especial, que después vi cambiar (en franca decadencia) con el paso de los años, y que ahora estaba a punto de desaparecer.
Llegué al arranque de un modesto boulevard y, sin detenerme, di un vistazo desde la acera a los altos y frondosos árboles sobre el camellón. Desde mi infancia y durante muchos años, cada vez que se acercaba la puesta de sol, esos árboles se atiborraban de aves que llegaban volando de todos lados para pasar ahí la noche: durante mucho rato, el aire se llenaba de las siluetas de las aves y de la ensordecedora e ininterrumpida cacofonía de sus graznidos que, por alguna razón, siempre me había parecido reconfortante, incluso en tiempos más recientes, con las aves ya mucho más escasas, porque aún me despiertan la infantil convicción de que vuelven a casa al final del día y entre ellas se saludan y parlotean sin parar sobre qué habían hecho y visto durante el día.
Seguí caminando, pisando los talones a mi propia sombra alargada y después sumergido de lleno en las anchas sombras de los follajes del camellón y de los edificios que tenía al lado. De niño, ese tramo de la ciudad siempre me había llamado la atención, revestido del misticismo que le confería ser una zona alejada de casa y que transitaba muy pocas veces. Hasta la fecha sigo comparando esos recuerdos con lo que veo al pasar por ahí. Donde antes persistió por años un salón de belleza de aspecto acogedoramente vintage, con todo y una tipografía adornada en el ventanal, ahora hay una oscura oficina de una pequeña agencia de viajes; donde antes hubo una casa color crema, con jardín verde salpicado de flores y cortinas bonitas, ahora hay una fachada apagada, un patio con poco pasto y ventanas con cortinas polvosas; donde hubo un pequeño restaurante al que había ido con mis padres algunas veces y al que siempre tuve ganas de regresar, ahora está convertido en una fría casa de empeños.
Llegué a una esquina y, desde ahí, entre el tráfico irregular de la tarde, crucé el boulevard. Caminé unos pasos más para rodear un bloque gris de los que conforman esa curiosidad arquitectónica que, ya hace un buen manojo de años, fue la primera “plaza comercial” de la ciudad y que ahora es como una fría, fantasmagórica y diminuta ciudadela muy poco transitada, donde muy pocos negocios han sobrevivido al paso del tiempo y la mayoría de locales cambian cada tanto. Cuando era yo muy pequeño y acompañaba a mis papás por estos rumbos, solían estacionar el auto frente al terreno que ahora ocupa esta fantasmal ciudadela y que en ese entonces yo veía como un bosque; años después pude ver que no era más que un puñado de arbolitos modestos y espaciados, que eventualmente fueron reemplazados por aquella “placita” comercial.
Rodeé, pues, esa construcción gris, y apareció ante mi vista lo que había ido a buscar en mi pequeño paseo: un edificio rectangular de proporciones modestas, al otro lado de un estacionamiento que apenas si era un poco más grande que el patio de una preparatoria (de niño me había parecido amplio como una pradera). Había algunos autos dispersos, de gente comprando o comiendo en sitios cercanos.
El edificio estaba coronado por un rectángulo del que se habían removido ya las letras con el último nombre de la tienda, y pude ver, en un extremo rasgado, que por debajo alcanzaba a distinguirse la parte superior de dos letras rojas con el nombre anterior.
Eso era cuanto quedaba de un centro comercial que visité muchas veces con mis padres, cuando niño, y que volví a visitar una y otra vez durante los años siguientes, con intención de comprar algo o como manera de matar el tiempo un rato, en un paseo con amigos después de clases, o esperando a que iniciara la función en el pequeño cine que por mucho rato fue lo que más me gustaba de la “placita comercial” que reemplazó el “bosque” junto al estacionamiento. La tienda había cambiado de nombre tres veces: uno antes de que yo naciera (el nombre con que la conocieron mis padres, recién inaugurado), otro que ostentó durante toda mi infancia, y un tercer nombre para cuando me llegó la adolescencia. Siempre supuse que habían cambiado los letreros por completo, con todo y letras; esa tarde me sorprendió darme cuenta de que el último nombre simplemente había sido montado encima del anterior; esto me pareció extrañamente triste.
Entre esos cambios de nombre y administración, la tienda en sí se había mantenido prácticamente igual por dentro, incluso tenía cierto aire de haber ido avanzando en un tiempo mucho más lento que el del mundo exterior… aunque, eso sí, un cambio verdaderamente notable para mí era que parecía haberse reducido en tamaño, después de la escala inmensa que los ojos de la infancia otorgan a tantas cosas que en realidad son sencillas y pequeñas, como el “bosque” frente al estacionamiento, o la propia distancia entre mi casa y la tienda: de niño, subía al auto con mis padres y sentía que partíamos en una odisea hacia rumbos extraños… Cuando, en realidad, la distancia era de apenas un par de cuadras, que ahora puedo recorrer caminando con paso tranquilo en pocos minutos.
Me enteré, pues, de que ese centro comercial no sólo había cerrado, sino que iba a ser demolido. Tuve la intención de ir a recorrer los pasillos una última vez, de comprar cualquier cosa −una libreta, un suéter, un lápiz, lo que fuera− como un pequeño acto simbólico, para tener una modesta reliquia personal en la que poder anclar el montón de recuerdos que guardaba con el lugar. Pero en un par de días, por una cosa o por otra, no hice la visita, y me enteré de que el edificio ya estaba completamente vacío, en espera de ser echado abajo.
No tenía idea de cuándo planeaban demolerlo, pero estaba decidido a ir a hacer acto de presencia una vez más, reprochándome a mí mismo haber perdido la oportunidad de recorrer los pasillos y comprar alguna baratija una última vez en las ruinas de un recuerdo de infancia y juventud.
Caminé a paso tranquilo, cruzando el estacionamiento mientras miraba el edificio; me sentí más desconcertado de lo que había esperado ante el súbito abandono del edificio, que me hizo pensar en el esqueleto de una ballena varada en una playa desolada y gris. El aire de abandono se acentuaba por el contraste: a la izquierda el grupo de bloquecitos que conformaban la “plaza comercial”, y, a la derecha, una hilera de locales comerciales; la mayoría los recordaba también desde mi infancia, algunos ya habían sido reemplazados y otros habían seguido cultivando recuerdos apenas de uno o dos años atrás: un expendio de dulces, un restaurante de comida rápida, una papelería, un banco, una fonda diminuta, un vendedor con su amplia canasta de pan dulce.
Llegué ante la fachada del viejo centro comercial. En los cristales de la entrada todavía podían verse manchas y retazos de la cinta adhesiva con que habían estado fijadas hasta unos días atrás las cartulinas anunciando las últimas rebajas.
Había esperado encontrar el lugar vacío y cerrado. Lo encontré vacío, pero no cerrado. No sólo no había cintas de precaución o cadenas y candados, sino que la puerta ni siquiera estaba corrida para bloquear la entrada: estaba abierta del todo, como una boca tras el último estertor, como una cuenca de la que ya ha desaparecido el ojo mucho tiempo atrás. Quizá, de haber visitado el lugar por la noche, hubiera sentido algún atisbo de miedo, pero lo más probable sería que, sin importar la circunstancia, al final me hubiera ganado más la nostalgia, como me estaba sucediendo mientras miraba el interior vacío: las luces estaban apagadas, pero las amplias entradas y un par de estrechos tragaluces permitían que entrara suficiente luz, permitiéndome ver con toda claridad los muros blancos, el suelo color crema, el techo gris pálido. Había papeles arrugados dispersos por ahí.
Me quedé un rato, mirando el interior pero dudando en dar una paso más con el que cruzar el umbral; al mismo tiempo reconocí y desconocí el lugar, y tuve la muy curiosa idea de que no sólo habían vaciado el lugar de todo mueble, sino incluso de mis recuerdos, que aún con lo nítidos que eran, ya no embonaban con ese sitio, sino que ya eran parte de ese otro mundo impalpable en que habitan todas las cosas que vamos guardando en el transcurso de nuestra vida, ese lugar que visitamos más constantemente de lo que admitimos, al que daríamos una pierna por poder entrar de manera física alguna vez.
Cuando di media vuelta y volví a encontrarme cruzando de nuevo el estacionamiento, a paso muy lento, como si estuviera paseando por un campo soleado, me detuve un momento y oteé alrededor. Era un lugar y una situación propicios para hacer eso que de vez en cuando me da por hacer: recordar la sensación, hasta donde puedo aproximarme ahora, en que veía y concebía la ciudad durante mi infancia. Era imposible volver ahí de nuevo por completo, pero de todos modos era una aproximación interesante, como una especie de juego personal de realidad virtual.
Conjuré en mi mente la manera en que había visto todo ese espacio cuando niño, me sumergí ya de lleno en los inicios de recuerdos que había estado barajando durante el camino.
Qué vasto se había sentido en esa lejana niñez un mundo tan pequeño como es este rincón de la ciudad, cuán extrañas y variadas habían sido mis concepciones sobre la realidad en ese entonces, cuántas historias me había imaginado a partir de lo que veía, todavía con las fronteras entre imaginación y realidad tan trémulas que, aquello que mi mente inventaba, me parecía una noción real por descubrir, un recuerdo de algo que esperaba en el futuro, una perspectiva distinta de lo que estaba viviendo. Un mundo entero en el que me encontraba sumergido de niño y que, poco a poco, resultó no ser el auténtico, pero que dentro de mí se quedó guardado y bien cuidado como un pequeño jardín interior.
A los pocos días de asomarme a ver el edificio vacío, la pandemia de covid llegó a México, un par de semanas después llegó a Tlaxcala, y durante mucho tiempo me desconecté de lo exterior más allá de cosas estrictamente necesarias.
Una vez superada la pandemia, el edificio siguió vacío y abandonado. Al final no fue demolido, lo que demolieron fueron los locales de al lado (al lado contrario de la “placita comercial”); la estructura de la tienda fue medio pintada, se puso un letrero nuevo, y se convirtió en una enorme tienda de productos chinos, con todo y sus breves escándalos mediáticos por mala higiene y explotación laboral. No he vuelto a entrar, ni siquiera me he asomado, excepto por una ocasión: en sueños.
Soñé que caminaba por la ciudad, llegaba a la tienda ya acondicionada como tienda china, y entraba. El interior de la tienda me pareció tan enorme como cuando yo era niño, los largos y altos estantes de productos tenían cierto aire de los de antaño, y yo iba recorriendo la tienda entera, hasta que me daba cuenta de que había pasado mucho tiempo y yo seguía dentro, y los estantes continuaban, la tienda no se acababa, no había nadie más a la vista. Por un momento me detuve a preguntarme si debería dar media vuelta y salir corriendo… Pero entonces escuché que me llamaban. Allá al fondo, todavía más adentro de esa tienda interminable, ahora con un techo tan alto como una catedral, vi a unas personas a las que reconocí de inmediato. En la realidad, sí conozco a un par de esas personas, tienen en común que, muchos años atrás, entré con ellas a la tienda original; otras personas de ese pequeño grupo no las identifico de la realidad, pero puedo descifrar que, en el contexto del sueño, representaban determinados sentimientos míos. Sonreí, fui a alcanzar al pequeño grupo y, ya juntos, recorrimos otros pasillos, tomando cosas de los estantes para examinarlas y reír, empezamos a jugar por los pasillos, nos adentramos más, mientras la iluminación aumentaba, como si dentro del lugar estuviera llegando luz de día. Llegamos entonces a lo que, por fin, parecía el final de la tienda: casi un muro entero, alto y ancho, de vidrio, con una entrada doble en la parte baja. Mientras nos acercábamos, todo lo que pude distinguir al otro lado del cristal era parte de un estacionamiento, sin autos, y una amplia área verde bajo un cielo azul con pocas nubes blancas: en ese vistazo tan escaso supe, como se saben las cosas en los sueños, que cruzando esa puerta no sólo iba a encontrar el mundo ya tan lejano de mi infancia, sino que, de hecho, iba a encontrar ese mundo no como había sido sino como yo lo recordaba, ese mundo tan difícil de describir, que nunca es un reflejo fiel de la realidad, ese lugar que sólo existe de manera inasible en nuestro interior y que, sin embargo, tenemos presente tan vivamente. Podía cruzar la puerta y llegar a ese mundo. Los demás ya iban caminando animadamente, me llamaron de nuevo. La primera persona cruzó, luego dos más. Yo reduje el paso, no temeroso, pero sí con dudas. Me pregunté si así sería llegar al Cielo, si así sería el trayecto y así veríamos la puerta y eso percibiríamos al otro lado, quizá el Paraíso es, por fin, vivir en ese lugar que no existe pero al que ansiamos volver. Me pregunté qué sucedería si cruzaba la puerta con los demás, si acaso cruzaría, sin darme cuenta, de una realidad a otra. Estaba ya a un palmo del umbral, y afuera el día era el más hermoso y perfecto que podría desear.
Desperté en medio de una madrugada silenciosa.


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