Durante la infancia acompañé a mi papá en varias ocasiones, y en un par de locaciones distintas, a su trabajo en la radio: recuerdo una cabina de transmisión oscura por los materiales aislantes, sin ventanas, con una mesa de madera donde había micrófonos y varios cables gruesos; la modesta luz era de tono dorado casi sepia, al fondo se veía el cristal donde el cuarto de control era un sitio sombrío repleto de máquinas y botones. En mi memoria, la cabina era un recinto enorme; ahora estoy seguro de que realmente debió ser mediana o pequeña, pero la visité con tamaño y ojos infantiles, y así quedó guardada en mi memoria. Recuerdo más cabinas, recuerdo fonotecas (sucesiones de estanterías bien ordenadas que en mi infancia eran monumentales laberintos), recuerdo micrófonos y recuerdo la emoción y la intriga de experimentar la radio no como algo que escuchar, controlado por otras personas, sino como una experiencia en la que estar presente, junto a quienes controlan la transmisión.

      Una vez, siendo yo muy pequeño, mi papá estaba grabando uno de sus programas, y me pidió que, como esa vez estaba yo con él, lo presentara al aire. Mi voz infantil era chillona en el micrófono, no supe pronunciar adecuadamente el nombre del programa y mi torpe ─aunque entusiasta─ presentación al micrófono fue “…y ahora les presento a mi papá que les va a hablar”.

      No en ese, pero sí en otro programa de la radio de esa época recuerdo el uso de un fragmento de Black Sun, de Dead Can Dance, como cortinilla musical: fue la primera vez que escuché al grupo en mi vida.

      En años más recientes me han invitado a estar ante micrófonos radiofónicos en un par de ocasiones: han sido experiencias sumamente agradables con personas sumamente apreciadas; las cabinas ya no me parecen santuarios tan misteriosos como antiguas catedrales ocultas, y están mucho más iluminadas de lo que siempre es en mi mente una cabina de radio, pero persiste, incluso aumenta, la sensación de un espacio íntimo: el radio (y ahora los podcasts) nunca me han parecido una labor que se ejecuta para lanzar algo al mundo; más bien siempre me ha parecido una cosa muy íntima con la que convivir y acompañar a otras personas, atributo que emparenta la radio con los libros en aspectos cruciales de su identidad.

      He estado utilizando las palabras transmisión, cables, cabinas y micrófonos y todo lo lógico al asunto, pero si tuviera que explicar cuál es mi imagen mental de la radio, es la siguiente:

      Es de noche. En mi mente la radio es una cosa especialmente nocturna, en la faceta más acogedora de la noche. En la sala de una casa, que no es demasiado espaciosa, hay sillones tan cómodos como una cama, de esos sillones viejos y gastados, cubiertos de almohadones y revestidos de sarapes que el uso ha moldeado con el tiempo hasta convertirlos en nidos acogedores. Esos sillones están rodeados de libreros repletos de libros, pero también de muchos cuadros y uno que otro adorno, todo esto medio oculto en la penumbra, pues la única luz, de tono ambarino y cobrizo, proviene de un par de lámparas en mesas de apoyo. La mesa de centro está recubierta de papeles con anotaciones, un par de libros y periódicos y varias bebidas. Hay, naturalmente, un aparato de sonido y toda la provisión musical que uno podría desear. En esa sala hay personas acomodadas plácidamente, escuchando música, tomando algo, conversan y escuchan: es la más íntima clase de reunión de amigos, y están ahí sentados, en la misma sala, quien tiene micrófono y quien sintoniza la radio.

      Esa imagen de la sala en penumbra y como sitio tan agradablemente íntimo me remite a recuerdos diversos, a imaginaciones diversas, y a esas fascinantes criaturas que nacen de la mezcla de ambas cosas y que habitan en nuestro interior como elemento crucial de nuestra esencia, de nuestra alma. Y estas criaturas ahora conjugadas me hacen pensar en Dead Can Dance, a propósito de su aparición en mi vida a partir de visitas infantiles a una estación de radio. Pienso, especialmente, en su homónimo primer disco, que me arroja encima un alud de recuerdos, imágenes, lugares, personas, sensaciones, ensoñaciones pasadas y ensoñaciones todavía presentes. Enlisto apenas unas breves acotaciones de los recuerdos:

      Estoy a bordo de un auto, en otra ciudad, recorriendo una calle que es un túnel a medias, semi hundido, pero desde donde se ve de todos modos el inesperado follaje de arbolillos jóvenes, esculturas de ángeles hechos de lo que entonces me parecen fierros retorcidos y medio derretidos, y la luz ya dorada de la tarde, una luz que, sumada a encontrarme en un mundo completamente ajeno a mi cotidianeidad, me hace imaginar fragmentos de una historia que me emociona y que me propongo escribir apenas regrese a casa, pero que en la realidad nunca escribí ─y eso no está mal, lo sé ahora, porque esa no era la historia adecuada, ni siquiera era una historia coherente, ya no digamos completa, aunque sí tuve entonces la sensación correcta que, hasta la fecha, me sembraría ideas, escenas e historias que actualmente, años después de este recuerdo, ya pueden por fin tomar forma y empezar a salir al mundo.

      Estoy por primera vez en una librería que no sólo es muy amplia, sino que, además, tiene montones de libros de arte y tantos tomos de comics como nunca había visto juntos en mi vida. Conseguí libros de arte de Luis Royo y de H R Giger, conseguí modestos tomos de novela gráfica y algunos comics sueltos sin ton ni son pero que no solamente eran muy baratos, sino que eran de temáticas y estilo visual completamente novedosos para mí. Actualmente, estoy seguro de que mi recuerdo de esa tienda está completamente alterado por la manera en que me sentí ahí más que por cómo era realmente el lugar; por ejemplo, en mi mente suena el disco debut de DCD en la tienda, cuando estoy seguro de que eso es imposible. De vuelta en casa, en mi cuarto, esos libros y comics fueron un tesoro especialmente novedoso, prácticamente los sentía como reliquias traídas desde otro mundo, no precisamente en la noción material de “un mundo más allá de la ciudad natal”, sino en el sentido más bien metafísico de todo un mundo creativo del que, en teoría, yo tenía conocimiento, pero, con aquellos tomos en mis manos, fue como tener conocimiento de la luna, incluso verla todas las noches, y de pronto tener, además, una auténtica roca lunar en las manos.

      Con una cámara de video casera encontré una visión que filtraba el mundo. A veces veía lugares, imágenes, momentos cotidianos en los que me parecía percibir que podía haber algo más, algo quizá no inmediatamente obvio: al mirar todas esas mismas cosas a través de la cámara, las veía a través de un filtro que revelaba en ellas un enorme potencial creativo; no debido al mero hecho de que, por casero que fuera, la cámara era un atributo cinematográfico, no era exactamente que al asomarme por la lente todo pareciera una película, sino específicamente que, al mirar por la lente, todo parecía una historia. Así fue como por primera vez tomé la noción plena de que las historias y la fantasía están en nuestro mundo, todo el tiempo, en todos lados: la lente de la cámara fue para mí como las antiguas piedras que se utilizaban para encontrar a las hadas: piedras circulares con un orificio al centro, y sólo mirando por ese orificio era posible ver a las hadas y a los duendes. Historias, ideas, incluso intentos de guiones, todo esto surgía como la materialización de esas hadas y duendes figurativos que se me hacían visibles al asomarme por esa mirilla. Durante toda una época de mi vida, todas las historias que imaginaba (y que siempre estaban empapadas de música) tuvieron, aunque fuera solamente en mi mente, el aspecto visual que confería la lente de esa cámara.

      Esta música también me hace pensar en el tacto del primer pecho femenino que toqué en mi vida, me sumerge en el recuerdo de las primeras interacciones íntimas que tuve, primero en penumbras y después con luz suave, recuerdo mi dócil sometimiento y el dulce entusiasmo de ella. Ambos éramos muy jóvenes. Esos momentos fueron pequeñas vivencias encerradas en ámbar, el resto del mundo desaparecía, el universo entero era ese pequeño lecho improvisado. Son estos algunos de los recuerdos más atesorados que tengo en la vida.

      Relaciono la lectura de La búsqueda soñada de la oculta Kadath con la música de DCD que escuché de fondo durante la tarde nublada en que estuve largo rato en el sillón, leyendo junto a la ventana. Con la misma banda sonora leí también un par de novelas gráficas de Alien; y como el xenomorpho fue creación originalmente de Giger, de quien conocí sus pinturas en un momento también incluido en esta lista de recuerdos, ahora tanto los xenomorphos, con su macabra y misteriosa mitología, como la obra entera de H R Giger, quedaron en mi mente para siempre unidos a la música de DCD, en un mundo oscuro, inquietante, poblado de criaturas espeluznantes que desde siempre me han fascinado profundamente.

      Mis primeros acercamientos formales a DCD fueron a través de cassettes piratas que me dio mi padre y que escuchaba una y otra vez. Recuerdo con toda claridad cuando conseguí, por fin, dos cds originales, incluyendo su álbum debut. Fueron objetos místicos para mí, prácticamente reliquias religiosas. En realidad, mi embelesamiento personal no es lo único que tiene sabor a mitología en este caso; el recuerdo fidedigno del lugar auténtico donde conseguí los cds es, a estas alturas, ya prácticamente material de leyendas: una tienda de cds de música, ni siquiera una tienda muy grande, pero de todos modos con filas y filas de una muy buena variedad musical (un repertorio que, por extenso que fuera, no podría ni siquiera compararse con el momento actual, en que tenemos tanta, tanta música en acceso inmediato a través de una computadora o un teléfono). Qué nostalgia me despierta el recuerdo de esa tienda, y el recuerdo tan vívido de mi emoción cuando distinguí, entre las hileras de discos, las portadas de DCD.

      Vienen a mi mente varios dibujos que hice, todos en blanco y negro, inspirados a partir de la música que escuchaba: Dead Can Dance provocó una tanda, durante un buen rato, de dibujos de máscaras, túnicas negras, alhajas de intención mística, personajes salidos de mundos que yo imaginaba poblados de espíritus. Todos esos dibujos pretendían ser los elementos para dar forma a una vaga noción de historia que nunca terminó de tomar forma: actualmente, con todo y los múltiples desperfectos que ya les puedo encontrar, me doy cuenta de que cada dibujo podría haber sido una pequeña historia encerrada en sí misma, historias menos lineales que un libro o un cuento, pero tan auto suficientes como son las canciones. En esta época que refiero, durante mi temprana adolescencia, busqué en los dibujos la manera de dar forma a lo que me provocaba esa música; años más adelante, esas mismas canciones me hicieron soñar despierto (y con mucha fuerza) en la idea de pinturas, en grandes lienzos con óleo, acrílico, aerógrafo y grafito, recobrando el atributo gigeresco que de por sí tenía yo ya ligado a esa música. Periódicamente me sucede, siempre a partir de la música de DCD, que comienzo a imaginar una vida idílica y sumamente detallada, con todo y apartamento, pareja, rutinas, galerías y demás, una vida girando en torno a una hipotética carrera como pintor, imaginada con obvio encanto de antaño, cuando internet y la hiper globalización todavía no cambiaban el mundo de manera tan esencialmente radical. Durante los ratos en que me quedo soñando despierto sobre esa vida, siempre hay instantes en que me parece perfectamente realizable, después momentos en que me parece ya imposible; otras veces me pregunto sencillamente si, quizá, esas imaginaciones acuden a mí con tanta insistencia y de manera periódica porque sucede que, sin saberlo, mi subconsciente consigue asomarse, sin saberlo, a espiar una realidad alterna donde todo eso ya sucede, es mi vida con un rumbo distinto, bajo circunstancias distintas.

      Cuando DCD anunció que vendría a México como parte de su gira, me emocioné muchísimo ante la perspectiva de escuchar en vivo, por primera vez, a uno de los grupos que más significativos han sido en mi vida. Mi padre me acompañaría al concierto, conseguimos el par de boletos y esperamos ansiosos a la primavera de 2020. Llegó la pandemia, el concierto se pospuso una y otra vez. Al final ni fuimos al concierto ni tuvimos reembolso. La frustración del concierto en marzo fue la primera de muchas cosas que la pandemia pasó a romper en el rumbo por el que iba mi vida en ese entonces.

      Durante la presente época, sigo escuchando a Dead Can Dance, su primer álbum sigue siendo el que más revisito, y me sigue poniendo a imaginar historias a las que intento dar forma, y en las que, en el fondo, se mantiene la misma ilusión que esta música me ha despertado desde la infancia, una ilusión a la que el paso de los años ha ido agregando más y más capas, su música como un impalpable espíritu guía, que me va llevando de la mano, entre guiando y entre acompañando, por los laberínticos túneles misteriosos de la vida, los túneles que algún día desembocarán en sorpresivas escaleras que conduzcan al siguiente plano de existencia, en el que, tal vez, ese espíritu que sólo conocía en melodía ahora aparezca frente a mí con un rostro al que pueda mirar a los ojos, cruzando una mirada que probablemente no me sorprenda descubrir siempre estuve viendo en muchos lados a lo largo de mi vida.

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