Hace unos años, cuando comenzó el encierro por la pandemia, cuando todavía nadie tenía idea de cuánto iba a durar y cómo se iba a desarrollar todo, durante esos primeros meses, la sala de la casa se llenó de cajas traídas de la bodega, porque una de las actividades programadas para esas semanas –para intentar sacar provecho de los días de nervios e incertidumbre− fue dar una revisión y limpieza generales a la bodega y otras zonas descuidadas de la casa.

      Las cajas en la sala contenían principalmente revistas y videos VHS con cosas grabadas de la tele. Auténticas reliquias de un pasado que ya parece otra vida.

      En medio del limbo en que se había convertido la realidad durante ese lapso del 2020, sumergirme a las hondísimas aguas de la nostalgia resultó una experiencia especialmente extraña, prácticamente surrealista: fue hacer un recorrido por el paso de los años que había contemplado a lo largo de mi vida, revividos durante un periodo que, entonces, tenía una sensación medio teñida de un aire cuasi apocalíptico.

      Los VHS fueron inspeccionados de las etiquetas y guardados nuevamente; ya no tengo aparatos para reproducirlos, pero la idea es, eventualmente, convertir las cintas a formato digital. De modo que lo que estuve revisando más a fondo fueron las revistas y pequeños libritos de las otras cajas. Los más añejos eran de mi muy temprana infancia, algunos conseguidos durante esa época, pero también había otros que habían sido impresos desde la década anterior a mi nacimiento. Reencontré cosas que ya había olvidado por completo pero que, en breves vistazos, desataron oleadas de recuerdos que, al parecer, habían estado esperando agazapados en oscuros rincones ocultos de mi mente. Reencontré cosas que siempre mantuve como vagos recuerdos y que ahora se sentía rarísimo volver a verlos, con absoluta nitidez; casi como si tuviera en las manos no las cosas originales con que había convivido en mi infancia, sino réplicas inexactas forjadas a partir de escuetas descripciones, objetos reales que se sentían menos reales que los recuerdos nebulosos. Realmente el recorrido entero por esas cajas, entre algunos libritos de historietas, librillos y revistas de dinosaurios, revistas para colorear y “de actividades”, revistas góticas ya de las épocas adolescentes, revistas sobre temas de Alta Extrañeza que desde muy joven me interesaron, la suma de todo resultó en una experiencia comparable a la de La misteriosa llama de la reina Loana, de Eco, donde el protagonista visita una casa de su infancia para intentar rearmar su historia personal a partir de la memorabilia ahí guardada, y el resultado es toda una epopeya intertextual armada a partir de todo lo que va encontrando ahí guardado. Así también cada cosa que iba yo encontrando me remitía a viejos recuerdos que se sentían como vistazos a otros mundos, otras realidades, a vidas pasadas. Durante varias semanas me encontré abstraído en ese viaje espiritual nostálgico de ver cosas que, en su momento, fueron cercanísimas a mi primera formación, al mismo tiempo que procesaba, como si fueran nuevas, todas esas mismas cosas, con los ojos del yo actual.

      No sólo el mundo, la realidad entera era radicalmente distinta durante mi niñez, porque el internet apenas se encontraba en su estado inicial, así que, viendo hacia atrás, me parece curiosa la noción de que en ese entonces las caricaturas y programas como los grabados en esos viejos VHS y el contenido de las revistas y librillos conformaban un gran tajo de lo que concebía yo como el mundo exterior. Una visión extremadamente reducida, cuando se compara con la que se puede tener en la actualidad desde muy temprana edad; pero tampoco me quejo, era un mundo que no estaba nada mal, abundaban los dinosaurios en revistas, libros, juguetes y programas de televisión.

      En este buceo nostálgico, lo que más me hizo reflexionar sobre el paso del tiempo fue la extensa colección de revistas Premiere y Cinemanía. Ahí es donde se hacía más evidente no sólo el paso del tiempo, sino cómo vivimos esa marcha implacable, en donde creemos estar bien parados, cuando en realidad somos arrastrados al capricho de la corriente. La manera de consumir e informar sobre el entretenimiento me parece una metáfora muy eficiente para hacernos reflexionar sobre cómo vemos y concebimos la vida, el mundo y la realidad en que estamos sumergidos, siempre en avance imperturbable.

      Para empezar, fue extraño recordar la lentitud de la información en general por aquellos tiempos, y eso se refleja mejor en los ejemplares de verano, que esperaba con especial emoción porque era donde venían los reportajes sobre las cosas más relevantes sucedidas en la Comic-Con de San Diego: los anuncios más destacados de futuros proyectos –que en la actualidad se conocen globalmente y en tiempo real gracias a internet− o los momentos graciosos o notables entre fans –que ahora se viralizan también en tiempo real con los celulares y el internet.

      Ya en términos generales, sobre las reflexiones que me provocaron esas revistas de décadas pasadas, al hojearlas era divertido ver las especulaciones sobre películas en desarrollo, rumores sobre futuros proyectos, franquicias y personajes, posibles castings que se estaban considerando y todo tipo de especulaciones que, ahora a la distancia, resultan ridículas o incluso inconcebibles –unas cuantas, eso sí, despiertan la melancólica ensoñación del “hubiera”. Fue emocionante encontrar las primeras insinuaciones o rumores sobre proyectos de los que entonces no se sabía casi nada y, lo sabemos ya a estas alturas, resultaron producciones parteaguas en la industria y en la cultura popular. Fue un poco triste, también, ver proyectos sobre los que se estaba tejiendo gran expectativa y terminaron siendo decepciones.

      También había notas que me hicieron sonreír al recordar la realidad de esos años pasados, que no podían concebir la magnitud de muchas cosas que tenían ya delante. Notas donde se hablaba sobre el inicio de Youtube y se cuestionaban si ahí existía algún futuro real para el entretenimiento, notas donde se especulaba sobre si el nuevo servicio de streaming presentado por Netflix significaría un cambio auténtico para la industria del entretenimiento, notas sobre las nuevas y emocionantes estrategias anunciadas por Blockbuster para seguir expandiendo sus dominios.

      Ver cómo se daban por hecho proyectos que, al final, nunca sucedieron, o terminaron siendo radicalmente diferentes, cómo se reportaban rumores como cuestiones fuertemente posibles y al final nunca se consolidaron, toda esta parte me produjo una sensación particularmente angustiosa, porque fueron estas las notas que principalmente me hicieron caer en la cuenta de cómo, en esos reportajes sobre la industria del entretenimiento, se reflejaban tan claramente nuestras formas cotidianas de ver la vida: dar por hecho cosas que al final nunca sucederán, construir inmensas especulaciones sobre meros rumores infundados, imaginaren con engañosa certeza un futuro que al final será radicalmente distinto o se someterán a circunstancias que en el momento ni siquiera podríamos imaginar… Como sucedió, precisamente, con el COVID, que en poco tiempo modificó la realidad cotidiana y nos recordó lo absolutamente incierto del futuro: las cosas que habíamos dado por seguras, los planes inmediatos con los que contábamos, los proyectos para el próximo año, todo resultó tan endeble como esos reportajes, encontrados en las viejas revistas, en las cajas amontonadas en la sala durante la pandemia.

     Más allá de estos paralelos tenebrosos, esas revistas también me hicieron recordar la manera en que cada época queda congelada en el tiempo para ser revisitada, pero no como realmente era, sino como se representaba a través de sus medios de entretenimiento.

      Los anuncios de una página entera con celebridades, marcas y productos de cada época son imágenes de auténtico interés histórico y sociológico, pergaminos que registran los mitos e idolatrías de otro tiempo, reliquias que no muestran la realidad de la época sino la manera en que esa época se imaginaba a sí misma. Porque es cierto que, al final, lo que va cambiando en la vida son solamente los filtros que le ponemos nosotros para mirarla, en buena medida con la influencia directa de la publicidad, el consumo y el entretenimiento. Por eso eventualmente suceden fenómenos como el reciente revival de los 80’s, que en realidad no es una nostalgia por la realidad de esa época, sino por la mitología de la época, la versión romantizada e idealizada de un recuerdo construido específicamente con las piezas de su legado en el entretenimiento –películas, música, series, comics, juegos−, es este también el motivo por el que generaciones que ni habían nacido ni estaban aún próximas a nacer durante los 80’s también cultivan esa nostalgia por algo que han conocido únicamente a través de ese legado. Se ha convertido esa en una década ficcionalizada a través de sus propias ficciones y, por lo tanto, es lógico que sólo pueda existir en los terrenos de las ficciones del entretenimiento actual, cuando además tenemos el grandioso lujo de disfrutar las maravillas de los 80’s sumadas a las de nuestro propio momento actual.

      Esto último es una cuestión que, cuando la pienso demasiado, termina angustiándome un poco.

      Para eso he de referirme ahora a la década que, personalmente, me produce más nostalgia que los 80’s: la de los 90’s, donde se desenvolvió mi infancia más temprana, y cuando se produjo entretenimiento que yo seguía consumiendo todavía durante el inicio de los 2000. A veces recuerdo esa época de forma más bien brumosa, porque era muy pequeño y, sólo ahora que soy mayor, he podido completar las piezas de la imagen de un cuadro más completo de la época, aquí en mi pequeña ciudad natal, que entonces parecía todavía más de juguete que ahora. Recuerdo momentos y escenas aisladas de esa parte de mi infancia, lugares y circunstancias específicas, comics, caricaturas y juguetes, elementos del mundo general con los que ensamblaba mi mundo individual. Me doy cuenta de que, incluso ahora, cuando como he dicho me pongo a completar las piezas para una idea más completa de la época, buena parte de las piezas que sigo utilizando son referencias al medio del entretenimiento, que sucedía a mayor escala, porque a fin de cuentas esos siempre son elementos que conforman mucho más la realidad cotidiana de las personas que aquello que se dice en las noticias; dejando de lado el COVID, que tuvo una incidencia tan grande en las vidas individuales, me parece curioso pensar en cómo, los niños de ahora, en el continente americano, dentro de cuatro décadas, si se les pide recordar el mundo durante su infancia, lo más probable es que sus mentes no acudan de inmediato a la guerra entre Rusia y Ucrania o a lo polémico de gobiernos específicos de México o EU, sino que recordarán la experiencia de ver Avengers: Endgame en la sala de cine como un punto harto relevante de su formación.

      Pero hablaba yo de las escenas y momentos sueltos que recuerdo de cuando era muy niño. Por ahí se cuela un recuerdo del que no tengo mayor contexto –seguramente una visita familiar indistinguible de tantas otras−, donde veo a un primo mayor que yo, en casa de una tía, por la tarde-noche. Él está recostado en un sofá viendo la tele. En ese momento me fijé en los elementos que conformaban su realidad individual: un llaverito ya desgastado con la mascota de unas recientes olimpiadas, un termo de plástico con un diseño de los Looney Tunes –con un olor a plástico tan intenso que aún ahora lo recuerdo−, el programa específico que estaba viendo en la tele y que para mí era tan extraño como los comerciales que se intercalaban, porque se trataba de un canal que yo nunca veía. No sé por qué recuerdo ese momento específico, pero sí sé que la manera en que lo revisito ha cambiado con los años. De un tiempo para acá, tomé consciencia de que estaba viendo un fragmento de vida cotidiano de alguien mayor que yo, alguien que estaba mucho más ubicado en su vida que yo en esos momentos, y todos esos elementos, que ahora son reliquias de un tiempo pasado y rebasado, eran el tope de lo “actual” en esos momentos. De ahí pienso en otras personas que fueron mucho mayores en esa época, pienso en individuos de cuarenta, cincuenta o sesenta, pienso en las personas que murieron justo antes de que los 90’s se convirtieran en los 2000, pienso en que conocieron todos los elementos de décadas previas y hasta los 90’s, que fueron su tope, y nunca conocieron nada de lo que vino después. Es un tipo de pensamiento que nos suele acometer a todos de vez en cuando, en distintas variantes. Cuando, por ejemplo, pensamos en un fan de los libros de Tolkien que murió sin ver la gloriosa trilogía de Peter Jackson, o en un fan de la trilogía original de Star Wars que nunca llegó a ver todo el universo expandido que se construyó alrededor, o incluso pensamos en alguien que hubiera enloquecido de emoción con, por ejemplo, Stranger Things, que se hubiera convertido en su historia favorita de todos los tiempos, pero nunca supo nada de su existencia porque murió en los años 60’s. De ahí estas ideas se vuelven ya no individuales sino generacionales: toda la gente en la era victoriana que nunca llegó a ver Jurassic Park, todos aquellos que habrían conectado con la música house pero nunca la escucharon porque vivieron entre los 20’s y los 40’s. Cada generación que ha existido sobre la tierra ha disfrutado de todo lo que se ha producido previo a ellos, y también se perderán para siempre de todo lo que aguarda en los años venideros. Cada vez se van acumulando más cosas que disfrutar, muchas más opciones entre las que elegir, y cosas nuevas se producen cada día de nuestras vidas, pero llegará un momento en que cada uno de nosotros ya no volverá a descubrir algo nuevo.

      También sobre esto me hicieron pensar las revistas que estuve hojeando durante esas semanas en que la realidad se sintió como un limbo. Me hicieron tomar consciencia de cómo todo lo que ahora consumimos y conjeturamos se verá así de extraño, lejano e incompleto en décadas futuras. Lo incierto que es todo, siempre, aunque nos distraigamos constantemente refugiándonos en una realidad que, por paz interior, asumimos inconscientemente como el epítome del tiempo. Afortunadamente tenemos suficientes cosas en los jardines del presente y del pasado para poder olvidarnos un poco del futuro del que nunca conoceremos los frutos.

      Me parece que lo mejor es no pensar en todas estas cosas demasiado a menudo, pero sí es necesario pensar al respecto, un poco, de vez en cuando.

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