Mientras acomodaba libros, carpetas, libretas y montones de papeles sueltos, encontré un separador de libros de tiempo atrás, que ya había olvidado y que seguía en buen estado a pesar de los años. Es un separador mediano, promocionando una cafetería: en la cara frontal hay una foto aesthetic del interior de la cafetería, con luz tenue, tonos marrones, verde olivo y crema, arriba aparece el nombre del local y abajo la dirección; al reverso hay una imagen de stock con una frase sobre la identidad del establecimiento, debajo aparecen los horarios, las redes sociales y un código QR.
El primer vistazo al separador, a la fotografía en su cara frontal, me desata una oleada de nostalgia. Ese café ya no existe. O más bien, existe todavía, en otra locación, con otro personal, otra apariencia, mucho más amplio y con mucho menos encanto (me parece a mí). Ese café específico, aquel lugar exacto como está retratado en el separador y en mi memoria, es el que ya no existe, el lugar del que guardo muchos recuerdos personales de toda una etapa de mi vida ya no existe. Esto nos pasa a todos, es un tipo de nostalgia con potencial especialmente peligroso: es de las que pueden consumirnos más fieramente, sobre todo porque si el presente nos decepciona y el futuro luce oscuramente incierto, entonces el brillo de esos lugares pasados y desvanecidos brilla con especial fuerza, convertidos en las diminutas ascuas rojizas palpitando moribundas al fondo de negras cenizas.
Pienso en el desaparecido café, que era tan pequeño y lleno de adornos adorablemente ingenuos, impostadamente vintage, sinceramente soñadores (alguna vez comenté con alguien ahí dentro que era como entrar a sentarse al interior de la mente de una jovencita de trece años lectora y llena de ilusiones por la vida y el mundo). Creo recordar que, en realidad, no era un lugar especialmente cómodo, las mesas estaban un poco muy juntas y unos asientos eran más ergonómicos que otros, pero fue el primer café bonito que incluí a mi vida personal como “café social”, con esa ingenua sensación de adultez que sólo puede sentirse en la juventud aún muy fresca; me parecía en ese entonces que el café era escenario de conversaciones disque profundas, con queridísimas amistades, con quienes también, ahí mismo, participé de ese otro ritual que es refulgente en aquella etapa de la vida: intentar adivinar, incluso condicionar el futuro en los términos más soñadores, con toda seguridad, como si no siguiéramos más bien todavía en épocas de siquiera intentar encontrar por dónde sujetar nuestra propia vida, ya no digamos al mundo; alguna vez incluso anotamos, en pequeños cuadros de cartoncillo, predicciones y deseos para hipotéticos futuros. En ese café también, cómo no, me sentí melancólicamente enamorado en más de una ocasión, y también no pocas veces me sentí amargamente solitario. Me sucedió que, un par de veces, estuve ahí solo durante un rato, sumido en una meditación muy personal, angustiado porque me sentía confundido y perdido. En los mejores momentos, ahí dentro, con buena compañía y mientras afuera la tarde avanzaba hasta ir oscureciendo, vivía con gran intensidad aquella maravilla que significa olvidarse del mundo entero allá afuera, esos ratos en que podemos darnos el lujo de convertir la vida en una abstracción manejable y entretenida, como un pequeño artefacto curioso que irnos pasando de mano en mano para examinarlo, porque entonces se disfraza de una cosa refulgente y engañosamente manejable.
Era de esos lugares que, en el inconsciente, damos por sentado que tendremos a nuestra disposición toda la vida, que seguiremos reuniéndonos ahí con personas que también asumimos tendremos cerca por siempre. En ese entonces se sentía completamente posible, ¡no!, probable, que cuando nos fuéramos acercando a los cuarenta años volveríamos a reunirnos exactamente en ese mismo café para platicar y hasta revisitar esos pedacitos de papel con las buenas, conmovedoramente ingenuas, sentencias para nuestro futuro.
Pero ese lugar concreto, tal como fue, ya no existe, y no puede volver a existir, no sería el mismo ni siquiera aunque lo reconstruyeran por completo, con todo y sus adornos lindos, probablemente no sería el mismo ni aunque no hubiera desaparecido nunca.
Todos mis recuerdos de ese café ya tienen un buen manojo de años, pero he perdido lugares en épocas más recientes: por ejemplo, una pizzería sumamente acogedora en donde sucedieron un par de anécdotas estrafalarias y un par de efemérides importantes en la forja de amistades; fue un lugar para mí profundamente entrelazado con los recuerdos de toda una época y que, si me pongo a explorar a detalle, termina revelándose como un eslabón unido a otra serie de elementos de una cadena que en algún momento pareció sólida como para retener elefantes de un circo cruento pero que, ahora, se me hace tan raro verla sencilla y guardada en un estante, como un mero elemento más en el gabinete de curiosidades de mi vida. Esa pizzería desapareció durante la pandemia.
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Especialmente trágica resulta la pérdida de lugares directamente en el mundo más privado. Pienso, principalmente, en las casas que perduran durante varias generaciones en una familia (o apenas una, pero con gran peso emocional por el trasfondo). Cuántas casas, especialmente en una ciudad tan antigua como Tlaxcala, al paso de los años han sido seccionadas de manera inmisericorde por herederos, para ir vendiendo poco a poco, destazando a las reses sagradas de la historia familiar para vender los distintos cortes, convertidos en locales para renta. Cuántas personas han visto la sala donde pasaron su infancia convertida en una tienda de ropa, el comedor donde crecieron reacondicionado como una fonda, la estancia de los primeros sueños de la niñez convertida en un local de teléfonos. Cuántas casas son heredadas, después de una longeva tradición, para ser inmediatamente malbaratadas por un heredero desinteresado y apático, como muchos individuos en esos reality shows que acuden a vender antiguas reliquias familiares con intención de usar el dinero para “comerse un buen bistéc” tan pronto salgan de la casa de empeño. Cuántas veces una casa que ha sido arduo proyecto de décadas termina, en cruel giro del destino, en manos de personas totalmente ajenas incluso a la propia familia y a quienes no podría importarles menos aquello impalpable sobre lo que se erigió la casa. Y así quedan desperdigadas cual cenizas de un difunto lanzadas a una cloaca, los muebles antiguos, las fotos, las grandes y amadas bibliotecas, que no por nada decía Salvador Novo que un libro antiguo no vale el dineral que le atribuye cada dueño en turno, sino apenas el par de monedas en que se vende en un improvisado bazar y por el que lo compra un nuevo coleccionistas, que volverá a atesorarlo como invaluable sólo para que, tras su muerte, vuelva a ser rematado de manera ignorante en otro puñado mísero de monedas.
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Hay otras maneras de perder lugares: sitios que no han desaparecido, que físicamente permanecen, aunque han cambiado lenta pero constantemente, como una persona a la que se deja de ver con el tiempo, y se vuelven irreconocibles. Es bien sabido que, cuando volvemos a esos lugares, sin importar cuánto tiempo haya pasado, vemos fantasmas por todos lados: los de nosotros mismos, los de otras personas, los fantasmas de sucesos y de sentimientos. Algunos de esos fantasmas sienten nuestra presencia y cruzamos lacónicas y mudas miradas; otros nos ignoran, y nos limitamos a observarlos, como si viéramos una criatura mística en un zoológico, como si contempláramos una pintura en una galería, como si no estuviéramos viendo un retazo de nuestra propia vida, brumoso y ajeno, pero eterno. E igual a como las personas pueden convertirse en fantasmas que habiten lugares terrenales, también es posible que algunos lugares se conviertan en fantasmas que los vivos podemos habitar.
Somos fantasmas cuando asomamos a los lugares que hemos perdido, cuando asomamos en persona, en pensamientos, en añoranza, en sueños que al despertar nos dejan inundados de melancolía.
Así es como ahora nos movemos de las lamentables pérdidas materiales, con grandes cargas emocionales, pero directamente entrelazadas con lugares físicos, a hablar ahora de los lugares que estaban condenados a desaparecer porque el lugar no era el sitio sino el momento. Por ejemplo el piso del comedor, debajo de la robusta mesa, donde incontables tardes me acomodaba con mis juguetitos de Star Wars. O el lugar donde bailé enamorado, durante un instante tan breve a la distancia y que sin embargo nunca ha terminado en mi mente. La habitación en penumbras donde me sentí amado y que siguió en mi mente una y otra vez durante tantos años. El asiento de copiloto junto a mi papá, escuchando música. Las diferentes mesas y escritorios que fueron apareciendo en mi habitación, donde después de clases, mientras las horas de la tarde iban transcurriendo, yo me quedaba profundamente abstraído en inventar pequeñas historias, primero con juguetitos, después con papel.
Al inicio mencionaba los recuerdos desatados por un separador promocional; encontré guardado otro, todavía anterior, promocionando la librería educal instalada dentro del ITC en épocas muy de antaño. Con eso me devino otra oleada de recuerdos, más viejos, de cuando era yo muy pequeño y mi papá me llevaba a esa sucursal ahora inexistente, que entonces me parecía enorme aunque, ahora soy consciente, en realidad debió ser más bien pequeña, pero bien repleta de libros. Ahí vi a mi papá comprar muchos, muchos libros, y ahí consiguió algunos libros para mí: sobre ajedrez, sobre historieta mexicana, incluso alguna curiosidad sobre platillos voladores. Me parece este quizá el mejor ejemplo de que algunos lugares no son un lugar, tampoco son exactamente una suma de sitios; a veces un lugar es un grupo de recuerdos unidos por un sentimiento en común: por ejemplo, en este caso, el atesorado lugar que es, para mí, el visitar librerías junto con mi papá. Preciadísimos recuerdos de infancia, todavía presentes en la adolescencia. Ahora es poco común que visitemos una librería juntos, y, al igual que muchos lectores en esta era moderna, muchas veces conseguimos en línea los libros específicos que nos interesan. El lugar ya no existe, ya no puede existir exactamente como era antes, aunque entremos juntos a otra librería, porque los tiempos son distintos, porque las circunstancias son distintas.
Siguiendo ya estos términos de lo impalpable, encontramos aquella ominosa pérdida que tenemos todos, de manera cíclica, como un manso pero amargo oleaje en la costa: la pérdida de ese lugar entrañable que es el Mundo pasado. No me refiero al interés que se puede sentir por épocas lejanas que nos fascinan aunque nunca las hayamos conocido en persona, sino que me refiero a perder un mundo y una realidad entera que alguna vez habitamos, que moldeó buena parte de quienes somos, y que ya nunca puede revisitarse en persona. De ese pasado que hemos dejado atrás no solamente sobreviven recuerdos, espectros y añoranzas, sino también fósiles de esa vieja criatura extinta: los fósiles son la memorabilia que conservamos guardada, las revistas arrugadas, los libros desgastados, los juguetes polvosos, los aparatos eléctricos que eran el no va más de esa época específica y ahora son reliquias.
Otra vez, somos el fantasma de nuestro propio pasado, que, distraído en sus paseos nostálgicos, olvida constantemente que el siguiente fantasma de sí mismo ya lo está observando en el momento presente, que se convertirá en su añorado pasado; quizá la época concreta, quizá un instante específico, tal vez un lugar físico o un lugar impalpable. Quien vivió la transición a un mundo con luz eléctrica en las casas, quienes vivimos la transición a la omnipresencia de internet en la cotidianeidad, bien podríamos haber cruzado portales sobrenaturales de un mundo a otro, porque algo cambió la realidad lo suficiente como para que la anterior se desvanezca por completo. Ahora mismo están sucediendo cambios radicales, y apenas unos pasos más adelante nos aguardan ya otros Cambios de Mundo. Mudamos de realidad como una serpiente que muda de piel, y la anterior queda detrás, se seca, se vuelve polvo, nunca puede volver a vestirse.
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Sucede también en la vida que hay lugares que perdemos, y alguna cosa extrañamos de ellos, pero nos alegramos de haberlos perdido. El lugar era nocivo, nos tenía estancados, puede que directamente nos hiciera daño, y lo mejor que puede pasarnos en la vida es perder esos lugares. Pero resulta curioso que, aunque no quisiéramos nunca volver ahí, podamos encontrar, sin mucho problema, algún detalle de ese lugar que podemos extrañar, aislado, por sí mismo. Se trata de una cosa muy curiosa, que incluso en momentos tristes, oscuros, puede aparecer algún pequeño detalle que después habremos de extrañar, con una nostalgia que nos desconcierta por el contexto en que sucedió. Un momento hiper específico, una imagen concreta, un incidente determinado, que es como si una mariposa se hubiera posado en una caja de arena felina que no ha sido limpiada en mucho tiempo.
Porque desde luego que no es poco común que perder determinados lugares nos alegre, por un motivo u otro, y tampoco es ninguna novedad decir que existen muchos lugares, tanto de los físicos como de esos lugares que son momentos y experiencias, que se vuelven especiales precisamente por haberlos perdido, y que, de no haberse desvanecido nunca, se habrían vuelto intrascendentes o, incluso, podrían haber terminado por teñirse de un tono negativo. Podría ser una relación que, de haberla terminado en un punto específico, habría prevalecido en nuestro interior como un recuerdo grato, un lugar que nos entristece haber perdido pero al mismo tiempo nos alegra haber vivido; pero, por no haberla terminado y, en cambio, alargarla demasiado, termina tornándose una cosa desagradable y que mancha de manera retroactiva el lugar entero que fue la relación. También pienso, respecto a la diferencia crucial de perder o no un lugar, en las diferencias de la vida escolar: qué distinta la Realidad de antes, en que las vivencias de la preparatoria se van sucediendo y desvaneciendo, como una cadena de notas musicales echadas al aire, convertidas así en recuerdos muy preciados que, en conjunto, ensamblan un lugar que hemos perdido en el pasado y que podemos visitar con nostalgia a futuro, comparada con la Realidad actual en que los teléfonos eternamente conectados a internet y las despiadadas redes sociales amenazan con preservar los momentos más desagradables, que no los deja desvanecerse como sería su orden natural para poder ser entrañables, y en cambio tiene el potencial de congelar en el tiempo los momentos más vulnerables y hasta traumáticos, para que acosen a la persona como un abominable fantasma encarnado, convertido así en momia salvaje y rabioso por encontrarse en una condición no natural.
La contracara obvia es, desde luego, el potencial de preservar también momentos agradables, mantenerlos mucho más nítidos y claros de lo que podría hacer nuestra mente… ¿Pero no es la mente el hábitat natural de los recuerdos? La mente, intangible, falible y soñadora, es el santuario natural en el que prevalecen el espíritu y la esencia de todos los lugares que perdemos a lo largo de la vida: en un vestigio físico, como una foto o un video, el recuerdo se conserva como un animal disecado; en la mente, el recuerdo sigue floreciendo más y más conforme pasa el tiempo, continuando su propia vida, en simbiosis con nuestra alma.
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Un lugar puede ser una persona, que podemos perder, porque así funciona la vida. Un lugar puede ser un libro, que podemos perder porque algo nos hace desterrarlo. Un lugar puede ser una rutina sencilla, que podría desaparecer de un momento a otro. Un lugar puede ser una certeza, que el mundo podría arrebatarnos inmisericorde en cualquier momento. Un lugar puede estar resguardado en una canción, un objeto pequeñito o en un chiste privado. Un lugar puede ser una certeza que superponemos al hipotético futuro, un lugar aún por habitar, y que podríamos ver desaparecer antes de habernos acercado siquiera. Un lugar puede ser uno mismo, para alguien más, que podría perdernos, porque así funciona la vida.
La vida es una sucesión de pérdidas que, simultáneamente, nos muestran lo frágiles que son todas las cosas humanas, y lo maravilloso que es el mundo, que puede permitirse perder tantas cosas, perder universos enteros para cada persona, y aun así seguir existiendo, seguir floreciendo todavía más y más cosas, seguir siendo hermoso. Si las pérdidas nos duelen es porque hay tantas cosas que valen la pena, porque se nos ofrecen tantas cosas que podemos querer y extrañar. La nostalgia no es más que el íntimo y discreto beso que nos obsequia el fantasma del Amor.

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