Veo el mundo de los libros como un jardín amplio, frondoso y diverso.
Hay unos cuantos árboles grandes y robustos, plantados muchas generaciones atrás, que continúan reverdeciendo cada año, que nutren y cobijan gran parte de lo que crece en el jardín. Hay algunos árboles frutales de distintos tamaños, de entre los que algunos siguen dando frutos y otros ya se van secando. Hay flores grandes, coloridas y perfumadas que resaltan incluso desde un vistazo general al jardín; hay florecillas pequeñas, que se acomodan en grupos, armonizan entre sí y es su forma de grupo lo que les da belleza. Hay pasto y follaje por montones, indistinguible entre sí, ya sea a ras de suelo o elevado a distintas alturas. Hay plantas que atraen multitud de polinizadores que van de una flor a otra recolectando dulzor, semillas y polen que diseminarán después. Hay plaga que daña las plantas y plantas que absorben la vida de otras.
Hay tierra fértil, tierra blanda, tierra dura, tierra seca, tierra aromática, tierra rebosante de una compleja vida interior que no es obvia a simple vista. Hay tierra en la que se colocó quizá demasiado fertilizante.
Hay mala hierba que en un descuido podría proliferar vertiginosamente y ahogar gran parte del jardín. Hay plantas con propiedades curativas, plantas meramente decorativas, hay una que otra planta potencialmente peligrosa para alguien que no tenga el conocimiento previo suficiente.
En el jardín también hay criaturas variadas: insectos a los que la mayoría de las personas no prestaría especial interés pero que son deleite de unos cuantos especialistas, hay aves de aspecto discreto pero canto hermoso, aves de aspecto radiante que sólo aparecen de vez en cuando, hay criaturas que frecuentan únicamente determinadas zonas del jardín y otras que lo recorren entero; criaturas a las que basta descansar a gusto en la sombra, otras que se nutren activamente de lo que hay en el jardín y otras que, con su presencia y rutinas, abonan a mantener el jardín con vida.
Cuando me pongo a pensar en todo ese complejo ecosistema es inevitable preguntarme ¿en cuál de todas esas opciones me gustaría que estuvieran mis propios escritos? Es una pregunta engañosa, principalmente porque esto nunca depende de uno, depende enteramente del Jardinero que es el Tiempo declarar qué será del trabajo de cada uno de los que buscamos instalarnos en el jardín; muchas veces uno no puede ni imaginar qué será de lo que se escribe, muchos ni siquiera se detienen a pensar al respecto, otros cultivan nociones del todo desencaminadas; cuántos caracoles quisieran ser colibríes, cuántos arbustos se asumen robles, cuántos rosales se piensan meros dientes de león.
Sin embargo, por puro entretenimiento, y por tener alguna noción que ayude a mantener el rumbo, me repito la pregunta, y me respondo que me gustaría que, en ese gran jardín, mis libros fueran una lagartija. Mucha gente (quizá incluso la mayoría) admiraría el jardín entero sin notar una lagartija que ande paseando por ahí; habrá para quienes encontrarla de casualidad en su rincón favorito del jardín resulte un fiasco y otros para quienes sea una agradable sorpresa, amén de otros que simplemente permanecerían indiferentes. Una lagartija no puede compararse con un roble, pero sus humildes dimensiones le permiten pasear por cualquier zona del jardín que le plazca, es parte del jardín pero, principalmente, puede disfrutar todo lo que crece ahí. Hay personas que pueden pasar una vida entera admirando el jardín sin haber notado nunca si había una lagartija por ahí, y hay personas a quienes les encanta encontrar una lagartija en el jardín y se quedan tan fascinados con ella como lo pueden estar también con una flor, un árbol o una mariposa; yo mismo soy así, entiendo aquel entusiasmo y alegría, ese tipo de conexión y esa particular visión del mundo, y espero que podamos encontrarnos en medio de este enorme, frondoso y hermoso jardín.

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