El reflector se enciende sobre el escenario, donde la cortina de terciopelo resplandece como una catarata sanguinolenta. Salvo por la luz del reflector la oscuridad es prácticamente absoluta. La gente puede distinguir sus caras solamente gracias a las velas repartidas en cada mesa, velas encerradas dentro de pequeños vasos, como si esa pequeña luz trémula pudiera beberse.

      El establecimiento está casi lleno, hace mucho que comenzó la noche, y falta mucho para que termine. En una mesa cercana al escenario conversan tres muchachas, miran ansiosas el escenario y su pesada cortina carmesí.

      Por un momento el único sonido es el murmullo vibrante de muchas voces. Ese barullo sirve como una cortina extra, ya no para el escenario, sino para los espectadores, su propia cortina hecha con el terciopelo de los murmullos. Oculto por esa cortina, un individuo con sombrero y con las manos hundidas perezosamente en los bolsillos entra con la misma sutileza con la que se cuela el polvo en las habitaciones. Se sienta en una mesa solitaria, de tan solo dos sillas. Antes de sentarse estira una mano y aleja la otra silla para adjuntársela a otra mesa y asegurarse de que él se quedará solo toda la noche.

      Un mesero se acerca, deja un cenicero frente al recién llegado y se retira para traer la cerveza que le acaban de pedir.

      Las tres muchachas en la mesa cerca del escenario bromean como las buenas amigas que han sido desde hace muchos años, una de cabello castaño, otra color paja y la tercera rojo. Paja se lleva una mano a la boca para acallar una carcajada. Después de la risa ahogada, Paja se acomoda el cabello detrás de una oreja y bebe un poco de su vaso. Castaña mira con añoranza el escenario, con una sonrisa casi ebria en los labios. Roja también mira la cortina, esperando. Por un momento sus ojos se distraen y vagan por el recinto, sin fijarse en nada en especial.

      El hombre se ha dejado el sombrero puesto, bien metido en su cabeza, saca un cigarro del bolsillo del saco y acerca la vela de la mesa a su cara para encenderlo. Un destello dibuja fugazmente, con tonos naranjas, el perfil de algunos de sus rasgos. Ya con el cigarro humeando entre los labios, el hombre sopla la vela y su mesa queda sumida en completa oscuridad. Una estrella apagándose en el cielo sin que nadie se dé cuenta.

      Surgiendo de entre las densas cortinas, aparece una muchacha con un elegante vestido negro. No lleva encima más alhajas que sus ojos, mirando hacia la oscuridad donde no puede distinguir caras, sólo puntitos temblorosos color sepia sobre las mesas. La música empieza y la muchacha cierra los ojos, sus pestañas descendiendo como espesas alas de un ave mitológica que sólo trina de noche. Empieza a cantar y la música, más que acompañarla, parece un eco de la misma voz.

      El hombre del sombrero apoya los codos sobre la mesa, en algún momento le han puesto su bebida al costado. Se acomoda contra el respaldo de la silla, disfrutando de la música mientras espera lo que sabe será inevitable.

      En la otra mesa, las muchachas contemplan absortas a la cantante, la escuchan mientras le palpan la cara entera con los ojos; una de ellas, Roja, toma la vela en el centro de la mesa sin desviar la mirada del escenario y así, con el mismo aire ausente, sopla la flamita para apagarla. Esa es la señal, las tres muchachas saltan al unísono, sus manos ansiosas como alimañas carnívoras, sus espaldas rematadas por raquíticas alas demoniacas, sus rostros convertidos en aberraciones de dientes afilados y ojos más brillantes que las velas sobre las mesas. La voz de la cantante se detiene como si le arrancaran la aguja a un acetato a media canción. Todo ha sucedido tan rápido que a la gente ni siquiera le ha dado tiempo de gritar todavía. La cantante retrocede varios pasos, totalmente aterrada; inconscientemente sabe que no tendrá tiempo de dar media vuelta, abrirse camino entre las pesadas cortinas y huir, un instinto primitivo y básico le avisa, demoledoramente, que esas tres criaturas que acaban de abalanzarse sobre el escenario van a devorarla ahí frente a todos, sin dejarla terminar la canción.

      Tres balazos certeros, con la resonancia de un profeta del fin de los tiempos predicando a gritos dentro de un templo repitiendo el nombre de Dios tres veces, preceden un silencio absoluto.

      La cantante mira a las criaturas ahora muertas a sus pies, después se cubre con una mano para que la luz del reflector no le bombardeé directamente a los ojos, y busca entre el público. Todos están callados, desconcertados, tan seguros de que eso no puede ser real que ni siquiera se han levantado de sus sillas. Finalmente distingue un espacio porque es más oscuro que el resto del lugar. Ahí el hombre del sombrero se guarda nuevamente el revólver dentro del saco y se cruza de brazos. Murmura, moviendo apenas los labios, que termine la canción, por favor. La cantante sonríe, suspira aliviada y vuelve a acercarse al micrófono, cierra los ojos y continúa la canción hasta el final.

Avatar de Diego Minero

Published by

Deja un comentario