Si uno crea algo (en literatura, pintura, música o cualquier otra labor artística) para mostrarlo al mundo, es natural que la idea de que otras personas lo verán desatará una variedad de emociones en el autor correspondiente: preocupación o ansiedad por el tipo de respuesta que pueda haber, intención deliberada de ser incendiario, convicción de que hay algo valioso y trascendente que encontrará su camino entre la audiencia, esperanza de que lo que uno ha creado significará algo de valía para alguien, en algún lugar, en algún momento.

      Sin embargo, mirando a la industria editorial tradicional, la masiva y empresarial, a veces me pregunto si la certeza de saber que un trabajo propio será publicado no resultará más bien en un relajamiento mucho mayor y poco saludable para autores y lectores.

      En algunos casos, la angustia de que el panorama por publicar parezca imposible es en sí mismo una tara que bloquea la creatividad, y si un individuo con esa preocupación muy presente supiera que, definitivamente, lo que va a escribir encontrará sitio de publicación, eso bastaría para relajarle y que sus fluidos creativos corrieran de maravilla.

      En otros casos, pareciera que muchas personas, especialmente quienes han conseguido entrar al muy selecto mundo editorial por azares del destino, por linajes, por amistades, por alineación planetaria, saben que su nombre es por sí mismo una garantía de que, si hoy tienen una ocurrencia ociosa y la próxima semana escriben un manojo de páginas por ningún otro motivo más que matar el tiempo en medio de una existencia privilegiada, tienen la garantía absoluta de que, por el mero hecho de ser ellos mismos, cualquier editorial publicará y distribuirá por todos lados el dichoso libro que, en realidad, daría exactamente lo mismo que existiera o que nunca viera la luz del mundo. Alguna vez escuché a alguien con apellido de peso decir en televisión, como jocosa anécdota, que estaba con un amigo suyo en un bar, y ya al final de la noche se les ocurrió que sería divertido hacer un libro de pequeñas anécdotas sobre no sé qué tema, y al día siguiente le contaron esto a una editorial grande que de inmediato firmó con ellos para el proyecto que en muy poco tiempo estuvo ya circulando en librerías.

      A veces me pregunto si ese tipo de garantía me haría sentir más tranquilo al momento de trabajar en lo que escribo: quizá tener la certeza, sin ningún atisbo de duda, de que lo que escriba, sea lo que sea y salga como salga, va a publicarse y distribuirse, me haría sentir suficiente confianza como para experimentar muchas cosas que, en cambio, muchas veces soy reticente a intentar: en mi caso, lo mío que se ha publicado en formato de libro (salvo un par de excepciones que tienen contextos muy específicos y locales) ha sido por financiamiento personal independiente, y no es un gasto menor, en absoluto, de modo que muchas veces me he encontrado a mí mismo contemplando distintos proyectos a los que me entusiasma e intriga hincarles el diente, pero me detengo para posponer algunos o replantear otros bajo la consideración de que no puedo permitirme de ninguna manera tomar ese gasto a la ligera, y forzosamente debo procurar que lo que invierta para poner allá afuera debe, idealmente, llamar la atención de algunas personas para conseguir que la economía libresca pueda llegar a alimentarse a sí misma, poco a poco; es decir, como independiente fuera del mercado empresarial estoy probablemente todavía más amarrado que ellos a considerar seriamente lo que “mejor funciona” con el público. ¿Es posible que, si no tuviera esa limitante, y si fuera una vaca sagrada a la que cualquier editorial estaría dispuesta a publicar en automático cualquier cosa, estaría yo poniendo allá afuera montones y montones de proyectos, formatos y experimentos? Muy probablemente… Pero ¿qué tanto sería en detrimento del tipo de obra? ¿Me haría ser menos cuidadoso pero más sincero y creativo al no tener límite en lo que puedo publicar? ¿O me haría perder el rigor con el que elegir y trabajar cada proyecto individual que pueda pretender imprimir? Lo cierto es que, en mi situación actual, cualquier proyecto de mayor escala ─suficiente como para desde el inicio considerar que será un libro completo─ lo sopeso largamente, y me obligo a interrogarme a mí mismo para asegurarme de que realmente tengo algo que decir con esa historia o ese proyecto en general, algo que genuinamente me parezca pueda ser relevante para algunos lectores y/o que para mí sea personalmente importante; esto, en todo caso, me parece un filtro por lo menos razonablemente positivo.

      En todo caso, soy consciente de que la posibilidad de siquiera poder considerar la edición 100% independiente una opción real es, también, otro tipo de privilegio, y precisamente por eso no me lo tomo a la ligera. Recientemente he estado escuchando las andanzas de un escritor aquí en la misma ciudad, que ha estado en un recorrido de visitas a funcionarios y políticos, intentando obtener algún apoyo monetario con el que financiar la impresión de un libro que recopile algunos de sus textos ─no es un primerizo, tiene ya libros y columnas en su haber, pero su situación económica y algunas complicaciones sociales lo han ido frenando. También recientemente vi al ganador de un premio estatal iniciar una recaudación de fondos para poder publicar íntegra y adecuadamente su obra premiada. Ya no hablemos de muchos otros que he visto al paso del tiempo, casos que van de tirajes hechos en offset hasta ediciones 100% artesanales, con cartones de leche recortados y cosidos a manera de cubierta de libro… Estos casos remiten todos a una misma cosa: la urgencia de ser leído, algo que, por cierto, muchas veces no es prioridad, ni siquiera una cosa en el radar de muchas vacas sagradas, para quienes un libro impreso más no es sino un mero accesorio a su condición de autor, no como oficio ni pasión, sino como status.

      Y esa urgencia por ser leído, pues, surge de regiones distintas para cada persona, ¿nace de la convicción de que se ha conseguido articular una cosa que vale la pena hacer leer a otros? ¿Es la necesidad de la validación? ¿Se quiere encender una chispa transformativa en otras personas? ¿Se necesita escuchar algo que confirme que, en efecto, después de todo no se erró el camino por el que se optó en la vida? ¿Acaso todo es el sencillo, humilde y humano deseo de querer compartir con otros cuando se ha creado algo que, para uno mismo, es significativo? Se me ocurre que debe haber por aquí alguna fórmula que liga estas preguntas directamente con aquellas con las que empecé a escribir este rumiar mental: una relación directa entre qué motivos tiene alguien para escribir, qué cosas escribe, qué tanto tiene presente la reacción de la gente, qué tanto le atormenta la noción o incertidumbre de la eventual publicación…

      Son cosas que me han estado dando vueltas en la cabeza desde hace algún rato, al contemplar el panorama libresco pero, principalmente, porque son pensamientos que empezaron a afectar la manera en que enfoco mi propio trabajo. Desde una trinchera independiente es inevitable que no se sueñe con añoranza en contratos editoriales que signifiquen una distribución nacional y hasta internacional de las historias que uno quiere contar… Aunque basta un mínimo análisis de la realidad para que esas ensoñaciones se derrumben.

      Cifras de los grandes monopolios editoriales a nivel global (Penguin Random House, Simon & Schuster, Harper Collins, Scholastic, Macmillan, etc.) tienen números devastadores: 5.5% de todos los libros publicados venden entre 5,000 y 9,999 ejemplares; 21.6% vende entre 1,000 y 4,999 ejemplares, 51.4% vende entre 12 y 999 ejemplares, y 14,7% vende menos de 12 ejemplares. Hablamos de libros editados y distribuidos por las grandes casas editoriales, que no sólo tienen la mejor distribución, los mayores tirajes y que otorgan la mayor “credibilidad” con su logo en la cubierta del libro; y no olvidemos que, naturalmente, el diminuto top de mayores ventas está poblado por long sellers (desde la Biblia y otros libros religiosos hasta libros clásicos de siglos pasados) y autores ya consagrados, libros de/sobre celebridades (y, en el caso de México, la inmensa mayoría autores traducidos y/o extranjeros)… Y, en realidad, autores de enorme calidad literaria, nombres bien establecidos e incluso reconocimiento diverso (en forma de premios o cualquier otra cosa) no siempre están dentro de los mayores porcentajes de ventas. Y para todo esto sólo estoy pensando en el nivel de visibilidad y en la cantidad de lectores, ni siquiera me estoy deteniendo a hacer las todavía más desmoralizadoras cuentas de mínima ganancia monetaria para los autores, porque en estos párrafos la prioridad son los lectores a que aspira un autor.

      Sumemos, además, que cada vez más librerías cierran por quiebra, y que los índices de lectura aquí en México bajan estrepitosamente, al mismo tiempo que el mundo entero ve una reducción alarmante en su capacidad de concentración y comprensión lectora.

      ¿Qué clase de panorama es este para aspirar a escribir y compartir lo escrito?

      Puede que estas cifras, a las que no quiero restar ni un grado de relevancia en lo preocupante que son, tienen también otra perspectiva que no es común tomar en cuenta: no sólo ahora, sino hace una o dos décadas, ¿realmente qué tan cierto es que un libro pueda tener un “impacto mundial” tal como lo imaginamos? Si pienso en dos ejemplos de autores clásicos indiscutiblemente alabados, como Dickens o Mann, o pienso en dos ejemplos de superventas como Stephen King o la saga de Harry Potter, y con estos ejemplos en mente me asomo a la ventana y me pongo a mirar durante una hora, o durante la tarde entera, a la gente que pasa caminando por la calle, ¿cuántos de ellos han visto su vida directamente impactada por cualquiera de esas obras? No hay que engañarse; si bien es indiscutible que los libros son pilares para ir construyendo el avance de la humanidad, también es cierto que, desde que la lectura es una cosa razonablemente puesta al alcance de todos (otra noción engañosa con otra serie de estadísticas desmitificadoras), los libros siempre han sido cuestión de minorías desde que han tenido que convivir con entretenimientos audiovisuales y/o más ligeros; ¿no tendría sentido, en ese caso, utilizar mecanismo de “pequeña/mediana” escala para hacer llegar nuestro trabajo a una audiencia que, de por sí, existe a pequeña escala? No se trata de saturar masivamente todos los anaqueles posibles, sino de llegar a puntos específicos y estratégicos donde queden al alcance de la audiencia que realmente podría interesarse en lo que hacemos.

      Aquí es donde entra aquello de la responsabilidad del arte como artefacto incendiario, de transformar e impulsar a la sociedad. Ya dije que los libros me parecen un pilar de la civilización y evolución humanas; lo que pasa es que, probablemente, a veces sólo pensamos en estos asuntos en abstracto o mirando ejemplos que, a la distancia temporal, parecen más rotundos, en vez de lo paulatinos que fueron en su proceso de cambiar al mundo en una forma u otra.

      You see, la cuestión con los libros es que son un artefacto que no requiere (ni podría) dar golpes explosivos; su capacidad transformadora reside en lo completamente opuesto: operan desde lo más discreto e íntimo, van tocando un alma a la vez, una mente a la vez, y en cada individuo van generando un efecto dominó a la escala de las condiciones, alcance y posibilidades de cada individuo, y es aquella suma de chispas lo que va creando el fuego transformador. De modo que, en el fondo, puede que después de todo las preocupaciones o indiferencias de cada autor sean nada más que intrascendencias, cuestiones diminutas sin la más ínfima importancia o influencia en nada: al final, un libro editado y distribuido a nivel mundial puede ser un bodrio que será olvidado en una semana, sepultado entre los incontables libros nuevos que aparecen todos los días; o podría resultar un libro que cambie radicalmente las mentes de nuestra sociedad. Un libro editado de manera prácticamente casera en una ciudad pequeña puede caer en el olvido el mismo día en que el autor intenta vender el primer ejemplar, o puede ir aumentando su alcance gracias al boca en boca, puede seguirse imprimiendo, distribuyendo, pirateando, hasta desatar una auténtica revolución generacional. Lo cierto es que ningún autor, nunca, puede adivinar cuál de los distintos destinos posibles será el de su obra, y es esa incertidumbre la que, cuando el oficio es auténtico y tiene verdadera pasión, puede resultar inquietante, especialmente dependiendo del contexto social en que se encuentre el autor.

      ¿Qué hacer entonces? No lo sé, cada persona requiere cosas distintas para aliviarle y acompañarle en su propio proceso creativo y de entregar su trabajo al mundo; y, una vez más, las circunstancias generales juegan un rol importante. Quizá lo único que me atrevería a ofrecer a cualquier compañero en este recorrido es una cita de Alan Moore:

Trata la escritura como si fuera un dios. Trata la escritura como si fuera una deidad inmensamente poderosa a la que debes apaciguar. Para la que debes hacer tu mejor trabajo. Para quien nada más que tu mejor trabajo será suficientemente bueno.

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