I

A finales de agosto, una amiga y yo acudimos a un bazar-picnic. Para ese momento, yo ya estaba enterado de que, una vez más, quedé descartado del premio estatal de dibujo y, al mismo tiempo, había sido aceptado para participar como expositor en la AniMole de septiembre. Lo primero ya es a estas alturas prácticamente un ritual de todos los años; lo segundo era una auténtica novedad que me tenía en parte emocionado, pero, principalmente, estresado en cuanto a la planeación. Después de un par de semanas de sumergirme en preparativos diversos, un día de ir al cine a ver Coyote vs Acme y después a un intrigante evento artsy independiente me resultaba un descanso no sólo agradable sino, también, muy necesario.

      El bazar-picnic era en el jardín de una casa; acorde al nombre, todos los participantes habían desplegado su trabajo en telas multicolores sobre el pasto, y apenas entrar uno se empapaba inmediatamente por el ambiente jovial y alegre. Había plática animada por todos lados, risas dispersas, música, intercambios y lecturas de tarot improvisadas, había también un micrófono abierto donde de vez en cuando se leía en voz alta un fanzine breve o se improvisaba un karaoke de un par de canciones.

      Contemplar ese entorno me llevó a una plática que tuve con mi papá algún rato atrás, rememorando la historia de los lugares donde, históricamente, se encontraban, convivían, retroalimentaban y vinculaban las generaciones jóvenes de gente creativa: desde la escala enorme de lugares como el CBGB, hasta el muy local pero definitorio para Tlaxcala que fue El Mictlán. Lugares donde pintores y poetas brindaban escuchando a músicos y narradores y todo mundo atestiguaba no sólo el trabajo de los demás sino incluso el propio proceso. Actualmente la mezcla de internet y capitalismo ha resultado en un entorno que se esfuerza en hacer todo lo posible para dificultar todo lo posible este tipo de ambientes/lugares de formación; afortunadamente, persisten de cualquier manera; si acaso están más “diluidos”, en el sentido de que no hay un solo Gran Lugar que reúna a toda la juventud artística en turno, sino que hay ahora múltiples opciones por las que se pueden decantar… esto significa que ya es del todo imposible que surjan movimientos generacionales masivos como antaño, pero a cambio hay muchas más opciones para ampliar el abanico y que cada mente creativa efervescente tenga más posibilidad de encontrar la vertiente en que más a gusto se sienta: colectivos que surgen de forma espontánea, clubes de dibujo acogedores, convivencia en bazares alternativos, eventos en los que, además, conviven jóvenes creativos de distintas ramas. Aquí en Tlaxcala, en la Capital, he ido viendo y reconociendo a muchos de esa más novísima generación creativa organizándose y conviviendo en sus propios eventos, y he tenido la inmensa fortuna y gran gusto de ser invitado a algunos de sus bazares y entablar buenas relaciones con muchos de ellos. Precisamente en el bazar-picnic vi a algunas de esas personas, pude saludarlos y ver el trabajo de ellos y todavía de otros más.

      Contemplar esos ambientes y eventos, esto también es cierto, me pone ligeramente tristón, me hace recordar que, durante los que debieron ser mis propios años de esplendor y formación posteriores a la adolescencia, yo nunca tuve ese tipo de ambiente o convivencias, más bien lo radicalmente contrario, me vi alejado de prácticamente cualquier tipo de convivencia porque estaba atrapado dentro de una dinámica tóxica y reducida de la que no sabía cómo salir. Por lo menos me siento agradecido de poder contemplar de cerca un poco de esas dinámicas en generaciones más nuevas, preguntándome también, ya con más pertinencia, en estos momentos de mi vida qué es lo que me toca hacer a mí. Pensando en eso, precisamente, vi pasear por el picnic-bazar al anfitrión, que prestó el jardín de su casa y que conversa por aquí y por allá porque fue profesor de artes de muchos de los ahí reunidos y es notoria la estima y cariño que le guardan aquellos a quienes, además de instrucción pedagógica, también ayuda a propiciarles ambientes y ocasiones como las de ese día, momentos que se suman a un manojo de recuerdos que guardarán con especial cariño en los años que tienen por delante.

      Después de recorrer los puestos con encanto de mercado gitano, después de múltiples crujidos de rodilla por andarme agachando y levantando a mirar la obra expuesta a manera de picnic, y después de que tanto mi amiga y yo nos surtimos de un aceptable repertorio de prints, stickers y una que otra curiosidad extra, recibimos una visita guiada por la anfitriona a la fanzinoteca que alberga la casa-estudio. La anfitriona, repleta de pasión por todo lo relacionado a los fanzines, nos mostró algunos ejemplares muy selectos, fascinantes y muy variados, nos habló del trasfondo de muchos de ellos, nos contó sobre fanzines únicos y muy personales y nos contó sobre viejos edificios europeos que una vez al año se convertían en una especie de nuevos monasterios, habitados durante días por montones de artistas que se encerraban a producir montones de fanzines, culminando en un festival con música y hogueras. Después la anfitriona nos dejó a solas para que pudiéramos revisar y hojear por nuestra cuenta otros fanzines de los ahí archivados. Podríamos habernos quedado ahí hurgando durante meses enteros, pero eventualmente salimos, de vuelta al ambiente animado del evento; buscamos nuevamente a un par de caras conocidas para despedirnos y nos retiramos del lugar.

      En la calle, el cielo estaba forrado por un manto de nubes opacas que tenían consistencia más bien como de bruma, porque ocultaban el cielo pero aún permitían ver el sol, como el fantasma de una perla en medio de un océano gris. En una esquina vimos al anfitrión, paseando a su perro inmenso como oso grizzli, ante las miradas cautelosas de otros perros en la calle.

      Mientras emprendíamos el camino por calles silenciosas, comentamos sobre el evento en sí, pero, sobre todo, lo visto y escuchado en la fanzinoteca. Coincidimos en que ambos quedamos embelesados ante la contagiosa pasión de la anfitriona y ante aquel repertorio de evidencias físicas sobre el potencial completamente sin límite de la creatividad humana personal. Me di cuenta de que, por mi parte, me urgía tremendamente un recordatorio tan rotundo sobre la auténtica alma del trabajo creativo; llevaba yo semanas con los preparativos para mi primera vez como expositor en la AniMole, días consecutivos de incertidumbre, complicaciones logísticas, planeación repleta de dudas, elegir piezas y preparar stocks adecuados (sin saber cuál era un stock “adecuado”)… es decir, si bien me encontraba sumamente agradecido por la alineación de circunstancias que me permitieron aplicar a la convocatoria y a la oportunidad que representaba un evento de esa escala como escaparate para visibilizar mi trabajo, también es cierto que, durante semanas, no había hecho nada (ni escribir, ni dibujar, ni prácticamente ninguna cosa creativa) más que llevar ya mucho rato concentrado específicamente en el concepto de lo creativo como producto.

      Naturalmente hay toda una discusión inevitable respecto a la relación entre el trabajo creativo en general, sus motivos personales, sus repercusiones sociales, y la relación de todo esto con el aspecto monetario, con aquello de generar sustento no sólo necesario sino justo para los artistas; se trata de un asunto complejo de discutir, sobre el que he pensado mucho de un tiempo para acá y sobre lo que reflexioné todavía más a fondo después de estas últimas semanas.

      Decía, pues, que la experiencia en la fanzinoteca me resultó un bálsamo revitalizante, una “inyección de chilito piquín” como decían en la familia Burrón, me dejó ansioso por retomar el que, me parece, debe ser el enfoque principal para todos estos menesteres; empezó a llegarme un alud de cosas a la mente: ideas nuevas y emocionantes por su potencial, ideas que me habían rondado discretamente desde ya mucho rato atrás y a las que no había dedicado el tiempo de ponerlas en práctica… de pronto estaba ya enumerando todas las cosas que quería ponerme a hacer tan pronto hubiera pasado el fin de semana de la AniMole… Pero, primero, aún debía atender, precisamente para eso, algunos pendientes, y debía, por supuesto, primero asegurarme de procurar navegar el evento en CDMX lo mejor posible. Y también tenía en unos días un compromiso tlaxcalteca al que acudir y que, por lo que representaba, abonó también a esas reflexiones personales en que me encontraba a propósito de los motivos para la labor creativa y la manera de acercarse al público.

Continuará…

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