II
Dos días antes de salir rumbo a CDMX para participar en la AniMole debía asistir al teatro Xicoténcatl, donde se haría la presentación de la antología que nos reúne a los ganadores de los premios estatales de literatura, en sus tres categorías, de 2023, 2024 y 2025. Independientemente de todo, el evento sería una oportunidad para desconectarme un rato de los preparativos y tensiones previas al viaje.
Los premios estatales de literatura andan cumpliendo ya 25 años de existir, y en todo ese tiempo, aunque no aparecía estipulado en la convocatoria (así como recientemente hay asuntos que no vienen anotados en las convocatorias a premios de letras y artes visuales, pero se avisan a los participantes al entregar su obra o directamente hasta después de haber sido elegidos los ganadores), el Instituto, ahora Secretaría Estatal de Cultura, siempre había publicado a cada ganador en forma de libro, como se entendería su obligación siendo la entidad cultural oficial. Hace algunos años se inició en el estado todo un proyecto de editorial estatal que arrancó con ediciones más profesionales de los ganadores de los premios y, en paralelo, una colección de biografías (hiper sanitizadas, of course) de ex gobernadores. Desafortunadamente, lo primero se suspendió después de la camada inicial mientras que lo segundo se mantiene hasta el momento. Así pues, durante un par de años no se publicaron los libros ganadores de los premios estatales hasta que, ahora en 2026, apareció un tomo donde se metió a los ocho ganadores pendientes. Cuando allá en 2010 gané el premio de cuento, fue la única otra vez en la historia de los premios que se publicó a ganadores en colectivo en vez de cada obra individual, y mis cuentos aparecieron en un libro que recopilaba a los tres ganadores de ese año (y con la portada más desabrida posible).
Siendo ocho los antologados en esta ocasión, sumando el tiempo de discursos oficialistas, se nos había indicado que para la presentación en el teatro tendríamos dos rondas con un turno cada quien, de un par de minutos, para dar un poco de contexto personal y leer un fragmento de nuestro trabajo incluido en el tomo.
No tenía muchas expectativas para el evento, que me parecía principalmente protocolario, y por lo tanto tampoco invité directamente a nadie más que a una tía que siempre ha estado al pendiente de las cosas que hago y los eventos en que aparezco. De todos modos me parecía importante estar presente: después de todo, si bien de ninguna manera era el formato editorial ideal, en ese tomo aparece mi trabajo, un librito de ensayos que, premio aparte, son importantes para mí a un nivel muy personal. También en lo simbólico, tenía un sabor muy especial estar en el escenario de un teatro que, desde niño, me había fascinado intensamente, y ahora estaba ahí subido debido a un premio estatal en escritura; el sabor especial se debía a que, en ese mismo escenario, muchos años atrás mi propia abuela, Emma Zapata, recibió alguna vez la Presea Tlaxcala, y todavía muchos más años atrás mi tatarabuelo Benito había tocado ahí mismo el violín, como parte de la orquesta del estado.
Toda una hilera de sillas abarcaba el escenario, el micrófono fue pasando de mano en mano durante dos rondas, después de los discursos oficiales. Mientras escuchaba a mis acompañantes de escenario y de libro, miraba de soslayo las butacas, y reconocí un par de rostros familiares, además de mis padres que habían llegado junto conmigo más temprano. Sumando a todos los pequeños públicos de cada uno de los involucrados, se consiguió en conjunto una aceptable asistencia en la zona principal de asientos del teatro: el ambiente, pues, era principalmente íntimo, que me parece era el tono adecuado para la ocasión.
En general, me fue motivo de reflexión personal sopesar mi propia perspectiva del evento con las reacciones y actitudes de los demás reunidos en el escenario: coincidí con la mayoría en encontrar alegría en lo que representaba estar ahí en el teatro, compartí la estima por el grupo de acompañantes antologados, sentí menos importancia personal que alguna voz entre las presentes y probablemente sentí más melancolía que la mayoría (salvo, quizá, aquella mujer canosa que durante mi lectura de un texto a propósito del paso implacable del tiempo asentía vigorosamente).
Al final, los antologados nos quedamos en el escenario para que, quien así quisiera de entre el público, subiera a pedir una firma en su ejemplar, que podían comprar ahí mismo en el teatro. Sabiendo que no había invitado a nadie directamente, y que de mis conocidos la mitad se retiró justo cuando estaba terminando el evento oficialmente, esperaba yo quedarme nomás un rato en el escenario como escenografía, esperando un poco, por cortesía, antes de retirarme discretamente. Para mi sorpresa, distintas personas se acercaron, pidiendo una firma en su libro y comentando que les había gustado el fragmento que leí durante el acto. También para mi sorpresa, se acercaron un par de amistades que nunca me hubiera imaginado que se hubieran enterado siquiera del evento; esto fue lo más luminoso de toda la experiencia.
Una vez concluido el acto, y una vez que el teatro se hubo vaciado de invitados, cinco de los presentes decidimos ir a un local cercano para cenar algo y platicar un rato; me uní de inmediato porque, como decía al inicio, quería distraerme y relajarme un poco antes del viaje al evento del fin de semana.
En el local encontramos una mesa ocupada por varios conocidos de algunos de nosotros, así que se juntó otra mesa, nos sentamos todos en bola y, como sucede en esas situaciones, el grupo se subdividió en distintas burbujas de conversaciones. Hubo cena, bebidas y un ambiente relajado, en un local que, a esa hora y entre semana, estaba ocupado únicamente por nuestro grupo y otra mesa con sólo dos comensales.
Durante la reunión, además de plática amena y bromas, me enteré de información valiosa y lamentable respecto a las principales escuelas de arte del estado, sobre las polémicas en los premios estatales de artes visuales, más sucesos que abonaron en el repudio generalizado de locales artísticos otrora laureados, escuché también sobre un señor que prepara jugos y que va ya por su tercer tomo en una muy curiosa saga literaria armada con sus reflexiones personales, boomeras y exóticas, escuché también sobre planes a futuro de otro local cultural independiente y, de paso, escuché por segunda vez una anécdota sobre una criatura de aspecto canino y esquelético, erguido en sus patas traseras presidiendo una reunión de perros junto a un árbol a las tres de la mañana.
En general fue una velada tranquila y entretenida, así que sirvió por completo al propósito que esperaba yo encontrarle. Al día siguiente me volqué de lleno a los últimos detalles previos al viaje: empacar y confirmar los últimos detalles, después de varias semanas de tener el estudio en estado más caótico de lo usual, con stock repartido por todos lados, después de varios días de tener ya dos maletas abiertas, llenándolas poco a poco, el lugar convertido en un suspenso habitable que, no de balde el feng shui tiene siglos de tradición, contribuía a mi estado de ánimo ansioso y tenso en los días recientes. En todo caso, ya era el último día, la antesala a la AniMole.
Continuará…


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