III

El plan era que una amiga, un amigo y yo compartiríamos un mismo Airbnb para economizar el mismo fin de semana que pasaríamos los tres en CDMX: Vann y yo iríamos a mi mesa en la AniMole y Yael iría al Vans Warped Tour. Todos llegaríamos el viernes, aunque a distinta hora. Primero llegamos Vann y yo, nos instalamos en el apartamento y salimos a comer algo en un café cercano. La zona donde estábamos, a cinco minutos del WTC, era muy tranquila y agradable, aderezado con aquel feeling pacífico de los paréntesis en medio de la rutina. Vi varias casas antiguas en las que me hubiera gustado instalarme a vivir si fuera un vampiro.

      Después de comer hicimos una escala en el Oxxo de la esquina para llevar algunas cosas de primera necesidad al apartamento, al que regresamos para preparar las cosas que llevaríamos al WTC, donde se debía dejar instalada la mesa un día antes del inicio del evento (la AniMole de septiembre, a diferencia de la Mole de marzo, no dura tres sino únicamente dos días: sábado y domingo). Poco antes de salir, llegó Yael, que de inmediato dejó su equipaje y se aprestó a ir con nosotros a preparar el montaje.

      Como estábamos hospedados muy cerca, emprendimos la marcha a pie; ya doblando la primera esquina todo era en línea recta y con la icónica figura del WTC visible allá adelante. Era de tarde, el cielo estaba nublado y el aire se sentía fresco. A medio camino empezaron a caer las primeras gotas de lluvia y apretamos el paso; apenas llegamos al sitio de entrada que me había sido indicado en instrucciones previas, la lluvia tomó fuerza y la temperatura descendió. Muchos expositores estábamos varados en esa entrada al edificio, apenas guarecidos de la fuerte lluvia, porque había dificultades en cuanto a requisitos técnicos (una desorganización respecto a cascos de seguridad). Después de una hora, decidieron por fin dejarnos entrar a todos, indiscriminadamente. Hubo que transitar algunos elevadores y pasillos como sacados de los Backrooms y tuve que tomar un desvío para recoger mis acreditaciones correspondientes como expositor, pero, finalmente, estuvimos todos en el salón donde se ubicaría el Artist’s Alley. Vann y Yael me ayudaron a armar y distribuir todo sobre la mesa, con paciencia y atención, considerando que yo mismo no estaba seguro de cómo debía quedar el montaje final. Para cuando terminamos y salimos del edificio ya había dejado de llover, y nos apresuramos a cruzar a una taquería en la que nos fijamos más temprano, mientras esperábamos como gatas bajo la lluvia. La cena fue apenas aceptable, pero al menos todo lo sustanciosa que necesitábamos.

      De regreso en el departamento todavía estuvimos platicando un rato, escuchando un poco de música y en una pausa relajada antes de que, al día siguiente, iniciaran las actividades que nos consumirían durante el fin de semana.

      El sábado por la mañana Vann y yo salimos sigilosos, para dejar durmiendo otro rato a Yael, que había sido el último en dormirse la noche anterior y, ese día, saldría un poco más tarde. Caminamos hasta el WTC en medio de una mañana levemente nublada, fresca y muy tranquila. Apuramos un desayuno razonablemente sustancioso y entramos a la convención.

      Ya se me había advertido desde antes sobre lo tranquilo que estaría el Artist’s Alley durante la mañana y, en efecto, no fue sino hasta alrededor del mediodía cuando empezaron a aparecer visitantes por los pasillos; ambos días el tránsito de gente fue tardío y llegaba por oleadas. Cuando tuve oportunidad de hablar con otros expositores que tenían más experiencia, me comentaron que, de hecho, el flujo de gente había sido un poco más bajo de lo usual, pero lo más probable es que se debiera a que estábamos en la AniMole de septiembre, sólo de dos días y con un enfoque algo más específico en su temática, a comparación de La Mole principal en marzo.

      Sin embargo, días después, por algunos testimonios en línea vi que, de hecho, varios expositores apenas alcanzamos a quedar en tablas respecto a la inversión, y no pocos quedaron incluso por debajo del gasto principal que significa la mera mesa. Hay de hace tiempo un problema de costos que ha ido creciendo, y lleva tiempo mencionándose en varios lados; personas que llevaban tiempo participando en la convención fueron desapareciendo de la cartelera por el incremento en el precio de las mesas. Y el problema se agudiza dentro de la perspectiva del lugar en sí: se entiende que en una convención que gira alrededor del entretenimiento en múltiples ramas frikis comerciales la prioridad de la organización y del público son los productos, las marcas, las franquicias, los invitados nacionales e internacionales con fandoms sólidamente establecidos y, después de todo eso, los invitados independientes del Artist’s Alley quedan, digamos, al final de la fila; pero entonces ¿no es el escaparate ideal para estos creadores? No me iría a ese extremo, porque al final del día la convención celebra, aunque se ponga por delante la parte de la industria comercial, el arte visual y de contar historias, cosas que ofrecen los expositores independientes en esta sección del evento y que, por lo tanto, definitivamente pueden conectar con distintos sectores del público ahí reunido, amén de que prácticamente todos los expositores son, ellos mismos, fans de mucho de lo que reúne la convención en cuanto a entretenimiento y cultura popular; además, el lugar se mantiene, potencialmente, como una de las oportunidades de visibilidad de mayor alcance a nivel nacional para alcanzar a un público muy amplio, no digamos en términos de cuando la gente puede ir ya buscando a alguien que poco a poco ha ido cultivando cierta fama, sino en términos de que quienes recién estamos en la búsqueda de cuál puede ser nuestro público, para incrementar nuestras probabilidades de ser vistos, de ser encontrados, así sea por casualidad, por quienes puedan interesarse por nuestro trabajo.

      En todo caso, queda evidenciado que, desafortunadamente como tantas y tantas cosas, participar en escaparates a gran escala es, en primer lugar, un privilegio económico (inflado poco a poco por la propia organización) y, en segundo lugar, también queda claro que se trata de un privilegio costoso que tampoco es garantía automática de crecimiento en cuanto a público, porque esas cosas no dependen exclusivamente del factor económico. Hay aquí asuntos muy complejos e importantes sobre los que volveré más adelante.

      Personalmente, lo que más disfruté, lo más positivo y bello, por mucho, que me dejó la AniMole fueron maravillosas cuestiones separadas del dinero y más bien del todo humanas: la interacción con otros expositores, porque todos con los que pude hablar mostraron una actitud amable, solidaria y generosa; constatar aún más, en lo 100% práctico, el apoyo de amistades cercanas, especialmente de Vann, que fue la mejor compañía y la ayuda más eficiente, confiable y entusiasta que pude tener durante mi primera experiencia en la AniMole; también recibir todavía más evidencias de primerísima mano sobre el apoyo y generosidad de mi familia en CDMX: mis primos y sobrino Diana, Raúl y Gerardo, que no sólo fueron a visitar durante el evento, sino que nos invitaron a cenar el sábado unos tacos gloriosos y todavía nos procuraron algunas provisiones para el día domingo. Hubo en general momentos entrañables durante los dos días de la convención y, en general, es ya un recuerdo muy bonito para mí, al mismo tiempo que, por los motivos que mencioné antes, abonó mucho a distintas ideas sobre las que llevo tiempo pensando respecto a la vida creativa en general, sus motivos, objetivos e implicaciones. Convenciones como La Mole y la AniMole definitivamente las disfruto más como visitante, pero de todos modos me gustaría repetir la experiencia próximamente, procurando poner en práctica cosas aprendidas en esta primera ocasión. También, definitivamente, me quedé con varias cuestiones sobre las que ponerme a rumiar mentalmente y sobre las que aún tengo algunas cosas qué decir más adelante.

      El lunes por la mañana nos despertamos más tarde que el sábado y el domingo, desayunamos ahí mismo en el departamento, con capítulos clásicos de Los Simpsons en la tele y haciendo un primer cambio de impresiones respecto al fin de semana. Después limpiamos y empacamos antes de emprender el viaje de regreso, cansados pero satisfechos, con recuerdos que atesorar en el futuro.

Concluirá…

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