IV

Recién una amiga, en un chat grupal, nos contó que su primo tuvo un episodio de estrés, que llegó a serias repercusiones físicas en su salud, debido a que tiene incierto el presupuesto necesario para participar en un evento del que depende gran parte de su economía, para todo un año, para poder financiar la labor artística que él mismo realiza y que de hecho es la que debe llevar al evento en cuestión: el monstruo monetario tomando un arte que, además, podría decirse salvó la vida del susodicho, y convirtiéndolo en algo que lleva su salud al acantilado.

      Hace no mucho escuché a cierta persona creativa, que se viera envuelta en fuertes polémicas por cierto trabajo que aceptó, argumentar en su defensa que “trabajo es trabajo”: el objetivo monetario anteponiéndose a las prioridades y principios artísticos.

      Me enteré hace poco sobre una joven que se encuentra alternando sus estudios artísticos con un trabajo donde es tremendamente explotada; no puede renunciar porque necesita aquella única fuente de ingreso para continuar pagando su educación en una carrera de artes que, por otro lado, no ha encontrado lo sustanciosa que esperaba, pero tampoco se decide a dejar esa carrera porque, sin el papel, le parece que no podrá ejercer ningún trabajo fijo remunerado en ramas artísticas: un círculo vicioso que somete la inquietud creativa ante la preocupación monetaria.

      De hace tiempo, he visto a personas altamente talentosas que no pueden dedicarse como sería ideal a sus labores artísticas porque la situación económica los tiene sujetos del cuello; es imposible no reflexionar respecto a la manera en que el dinero es un depredador de las artes, en más de un sentido: cuando las limita, cuando las condiciona, cuando las apaga o cuando las asimila y digiere.

      Estos días, pensando en el balance entre oportunidades, problemáticas económicas y la raíz de la labor artística en sí misma, me llama mucho la atención darme cuenta de que, en cuanto al asunto en sí de la creatividad, me entusiasmó, emocionó e inspiró mucho más la breve visita a la fanzinoteca hace más de un mes que el haber estado en la AniMole (con todo y las muy favorables experiencias que, ya mencioné antes, pude vivir ahí), y eso, me parece, avisa mucho sobre las cosas más importantes en estos terrenos: el enorme potencial creativo de cada persona; las posibilidades, mucho más grandes de lo que suponemos, para producir y distribuir nuestro propio trabajo; el espectro mucho mayor de lo que a veces suponemos en que nuestro trabajo puede alcanzar a diversas audiencias; los motivos que nos mueven a expresarnos y que tienen una fuerza y relevancia más poderosas de lo que solemos asumir; lo indispensable de siempre, de una manera u otra, mantener el juego como un pilar infaltable del trabajo creativo.

      Nociones todas estas que debemos mantener vivas en nuestro interior a toda costa, cosas que es fácil perder de vista porque lo más aplastante que el sistema nos pone delante, a lo que nos obliga a buscar incorporarnos, es a esa ilusoria necesidad de convertirnos en meras marcas, a ver nuestro trabajo como pura producción de consumo, a ver nuestra obra primero que nada como merch. Todo porque aquel nefasto egregor al que los engranajes de nuestra sociedad están programados para alimentar glotonamente, el dinero, tuerce todas las cosas y busca tornarlas hacia lo negativo, lo vacío, lo irrelevante, lo desechable.

      Recientemente vi un video a propósito de un asunto polémico respecto a los eventos, desde bazares hasta convenciones, que reúnen a ilustradores independientes: un alud aplastante del mismo par de imágenes e ideas repetidas en todos lados, devorando cualquier propuesta original y alimentado por la noción (la realidad) de que eso es lo que realmente vende: axolotes y gatitos adorables, referencias a Oxxo y otras compañías populares, animalitos adorables obligados a chambear y a lamentar la vida adulta, etc. Habrá quien haga esos dibujos por gusto, pero también, lamentablemente, están quienes se sienten obligados a seguir aquella corriente porque, de lo contrario, no venderían nada; y también hay quienes no tienen pasión o vocación alguna por el dibujo en ninguna rama, pero hacen un par de imágenes en esa categoría de moda para explorar una vía aparente de entrada económica “fácil”. En todo caso, sigue siendo lo mismo: el dinero condicionando la producción artística.

      Hace unos días hablaba con mi papá acerca del boom de talleres que ahora proliferan por todos lados, especialmente los de índole creativa, artística, alternativa, etc. Por un lado, la creciente necesidad humana de lugares donde convivir y encontrar comunidad (la necesidad vital de lo que en Estados Unidos han llamado “third place”) hace que la gente busque este tipo de oportunidades; por otro lado, la situación económica en el mundo, en nuestro país, se ha vuelto cada vez más difícil, y muchos individuos creativos necesitan encontrar opciones que generen remuneración, pero, a ser posible, evitando a toda costa la escabrosa perspectiva de un empleo godín, aunque sabiendo también que la venta de obra, sea cual esta sea, es tremendamente difícil; así que surge la opción de los talleres, una actividad directamente ligada a sus haceres creativos y que además, idealmente, puede aportar algo positivo a otras personas.

      También por eso se multiplicó la presencia de bazares, lugares donde personas jóvenes buscaban emprender pequeños negocios generalmente ligados a pasiones personales pero que muy pocas veces iba a generar una ganancia apenas por encima de lo justo para que no se hunda la balsa (o, más cómodamente, hubo quienes se limitaron a ofrecer en renta espacios amplios para que ahí se instalaran los emprendedores del bazar). Los bazares directamente de enfoque artístico, a pequeña o gran escala, también van de aquel ideal de que exista un lugar accesible (en teoría; ya hemos estado mencionando que poco a poco los cobros van aumentando en todos, de cualquier escala) donde el público ya específicamente interesado en el arte pueda encontrarlos, con la esperanza de así poder vender suficiente obra con la que poder decir, al fin, orgullosamente, que viven de su arte… y buscando esa meta es que, razonablemente, se buscan maneras de hacer el arte propio más accesible a más público: naturalmente no se puede esperar en esta sociedad y esta economía vender obra original tras obra original, así que se acude a las reproducciones, los prints de distinto tamaño, postales, se exploran alternativas como playeras, botones, llaveros… y ahí es donde, como decía al inicio, es fácil perder el equilibrio en aquella delicada cuerda floja y de pronto ver el trabajo creativo propio como meros diseños para merch, o se termina sucumbiendo, como mencionaba unas líneas más arriba, a reproducir la fórmula fácil que de pronto campea en casi todas las mesas de la mayoría de eventos.

      Desde luego hay quienes de hecho sí buscan específicamente crear una marca, un negocio en toda regla con el que vivir de sus productos, y es perfectamente válido cuando ese es el plan desde un principio; señalar ese camino como un posible “desvío” lo refiero a quienes no lo pretenden de inicio sino que se ven obligados a eso. Ahí está lo nocivo: verse forzado a algo que no se elige, que no es el plan original, y que esa obligación artificial contamine no sólo el trabajo que uno hace, sino la manera entera en que lo enfoca y lo vive.

      Afortunadamente, los bazares y eventos similares enfocados al arte no son únicamente embudos que irremediablemente conduzcan a participar de los engranajes omnipotentemente capitalistas; cuando los involucrados tienen el espíritu adecuado, se convierten en lugares de interacción, retroalimentación y cultivación, lugares donde se conocen mentes afines, se entablan amistades entrañables que conectan precisamente gracias a la compartida creatividad. Pienso así, nuevamente, en aquello con lo que inicié este texto: el bazar-picnic donde jóvenes artistas construían, con su sola efervescente presencia, un saludable caldo de cultivo, que es lo mismo que he atestiguado y de que he tenido la inmensa fortuna de formar parte, en pequeños bazares, eventos y reuniones.

      El sistema es voraz, implacable y desalmado, somos nosotros como individuos, especialmente quienes practicamos cualquier forma de arte y creatividad, quienes debemos funcionar como decisivo antibiótico que gana fuerza a través de la conexión humana, para lo que, da la casualidad, tenemos en lo creativo las herramientas perfectas. Volviendo a aquellos dibujos que inundan los bazares y eventos de ilustradores, los adorables animalitos navegando con gracia y dolor la vida adulta en el mundo real, si proliferan tanto es porque hay detrás emociones y angustias humanas generacionales muy sinceras que buscan expresarse y conectar, y aquella corriente de imágenes son una opción fácil y sencilla: la cuestión es que, si el público da la oportunidad, descubrirán que los artistas pueden diseccionar todavía más a profundidad y con mayores aportaciones esas y todas las demás preocupaciones específicas y atemporales que sentimos todos. Se puede y se debe aspirar a más.

      El asunto del dinero, en el sentido de un medio que permite una vida con menos preocupaciones y que proporciona materiales para el trabajo artístico, sigue siendo inevitable, y sinceramente no encuentro una respuesta única para resolverlo; depende de cada creador individual, depende de su situación, su contexto, su intención, sus principios, su trabajo en sí. La única certeza que sí tengo es que la realidad en que vivimos atrapados se torna cada vez más oscura; lo inmediato en nuestro propio país se torna más y más siniestro; el futuro global en general luce cada vez más desesperanzador. La suma de todo esto me recuerda la vieja canción del recién fallecido Gabino Palomares, con su “no basta rezar, hacen falta muchas cosas para conseguir la paz”; hacen falta muchas, muchas cosas para siquiera comenzar a reparar y sanar todo lo que está sucediendo a nuestro alrededor, hay cosas que son quizá más urgentes, visiblemente más prácticas e inmediatas… Pero la aportación del arte, del arte a “pequeña escala”, es decir altamente personal y sincero, es un elemento que podría parecer poco práctico, pero, en realidad, resulta indispensable y decisivo para ir generando efectos reales en nuestro entorno inmediato.

      Y eso es otra cosa: el entorno inmediato, porque no es forzoso un “alcance global”, la ilusión de la industria moderna es plantar la idea de que una obra sólo tiene valor si se convierte en una serie de streaming con audiencia global y alargada durante seis o siete temporadas, con mercancía que abarque juguetes, playeras, baterías de cocina, golosinas y mil cosas bonitas pero inútiles. Naturalmente, hay obras que crecerán en alcance, de manera natural, por motivos tan variados como impredecibles, y la perduración real de una obra sólo podrá observarse pasado un par de siglos: no es lo mismo la trascendencia que el aparente éxito monetario. Y como predecir esas cosas nos rebasa a cualquiera de nosotros, sería mejor enfocarnos y averiguar qué creadores tenemos cerca de nosotros, apoyar aquellos proyectos con los que encontremos alguna conexión, dedicar por lo menos la misma admiración y apoyo a trabajos independientes que a franquicias que, de ninguna manera lo discuto, también puede ser muy importantes para nosotros.

      En una entrevista a propósito de un documental sobre la Feria Geek, decía yo que encuentro imprescindible ser parte de algún fandom porque es algo que, cuando la conexión es muy personal, se convierte no sólo en disfrute sino en un refugio, un santuario incluso, al que se puede acudir en momentos difíciles. Aquí añado que es importante y poderoso encontrar esas mismas conexiones también con artistas que tenemos cercanos de alguna manera, y es también en extremo importante recordar que todos nosotros, siendo seres humanos, cargamos en nuestro interior la capacidad cultivable de hacer cosas creativas que ayuden a nuestra propia alma y que conecten con las de otras personas. Es vital fomentar y alimentar estas conexiones, ahora más que nunca, pues son elementos determinantes en la sombría guerra espiritual en que nos encontramos sumergidos.

Avatar de Diego Minero

Published by

Deja una respuesta