Recientemente releí La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón, para revisitar el libro en el año de su 25° aniversario, en el mismo momento del año en que lo leí por primera vez: durante el periodo de transición de las últimas tardes de verano y las primerísimas de octubre; es decir, a finales de septiembre. Lo leí, además, en un momento muy particular de mi vida, una época lamentable de la que, sin embargo, he procurado guardar y atesoras algunas cosas concretas, como La Sombra del viento y el impacto que tuvo en mí como lector y como parte de mi formación en cuanto a admirar muchas de las cosas a que podía aspirarse con la escritura.
Leí el libro en una edición de bolsillo de Booket (no la actual de tonos azules y grises, sino otra anterior en tonos grises, blancos y rojos), por ese entonces tenía yo poco de haber salido de la prepa y disponía de mucho tiempo libre, aunque administrado en la peor forma posible. Un día había salido a caminar en una muy agradable tarde de luz y clima ya plenamente otoñal. Entré a una librería ahora desaparecida y que me era especialmente acogedora, en un rincón de uno de los edificios supuestamente culturales más hiper desperdiciados del Centro de la ciudad. Me puse a revisar los libros con toda calma, hasta que una portada sobre una mesa llamó mi atención. Se trataba de un libro en tamaño de bolsillo pero gordito, con un lomo rojo brillante igual que las letras del intrigante título y el autor en la portada: La sombra del viento. La imagen de cubierta era sencilla pero cautivadora: una escena en blanco y negro, como foto antigua, envuelta en neblina pálida que se convierte en blanco absoluto: ahí un padre y un hijo pequeño pasean solitarios por una calle desierta (de inmediato me remitió a recuerdos de paseos de mi infancia con mi propio padre, en las calles viejas y repletas de historia del Centro de Tlaxcala). Una portada tan bonita e intrigante que, no por nada, se ha mantenido intacta en todas sus reediciones en español (única excepción el tomo pasta dura de aniversario). Tomé el libro para examinarlo mejor; cuando me asomé a la contraportada no encontré ninguna información sobre de qué iba el libro, tan sólo dos citas recomendándolo y, ocupando toda la superficie, la foto en blanco y negro de un señor, con perdón del maestro Zafón, con el aspecto más anodino imaginable. La intriga provocada por la portada fue irresistible, y me llevé el libro. Esa misma tarde, de vuelta en casa, me acomodé en una silla en mi cuarto, con un vaso de leche saborizada al lado, y empecé a leer. Quedé total e inmediatamente fascinado y hechizado. Me sucedió, pues, como al propio protagonista de la historia, lo que en sí mismo me parece obra de El Ángel de los Libros, al que ya he mencionado en otro lado.
En La sombra del viento, Carlos Ruiz Zafón confeccionó un milagro para los amantes de los libros: nos dio toda una colección de novelas dentro de un solo tomo. Porque conforme el joven protagonista va descubriendo fragmentos del misterio central que lo intriga durante años, nos encontramos con que cada uno de esos fragmentos es una novela entera en sí misma. En otros autores, la percepción sería que cada fragmento de ese misterio, igual que las historias de los personajes secundarios que nos cuentan su vida a lo largo del libro, podrían funcionar como relatos individuales completos en sí mismos, cuentos de un par de decenas de cuartillas combinados armoniosamente para ensamblar en conjunto una novela (como con aquel método del fixed-up, que probablemente nadie manejo de forma más icónica que Ray Bradbury); lo que en cambio consiguió Zafón fue que cada una de esas historias que vamos descubriendo a la par del joven Daniel Sempere, que a su vez va navegando su propia novela de vida, se sienta como una novela entera, de alguna manera guardada en sólo veinte o treinta páginas; además, cada una con tintes distintos, especímenes de muestra de los grandes géneros clásicos: el romance, la tragedia, lo picaresco, lo criminal, lo grotesco, lo terrorífico, el drama de folletín, todo inesperada y expertamente entretejido… Es decir, tal como es la vida misma, donde las vidas de cada persona se dividen en varias novelas de distintos tonos y se entrecruzan con las novelas de vida de los demás en igual variedad de tintes.
Zafón ofrece un libro que podría emplearse perfectamente como la evidencia A en un juicio donde se cuestionara el amor por la lectura: La sombra del viento hace reír, hace enfurecer, hace llorar, hace suspirar, hace que uno se quede despierto más tiempo de la cuenta y hace que uno tenga ganas de releer para contemplar una nueva perspectiva ya que se tienen todas las piezas del misterio a la mano. Es una novela antigua clásica, bien añejada, pero escrita desde lo moderno, entendiendo por esto el haberse nutrido de lo mejor de la literatura pero, también, de los lenguajes audiovisuales sin copiarlos, sino adaptándolos al terreno de lo estrictamente literario; una historia de época que existe en una realidad gótica atemporal de ensueño y pesadillas; una contemporánea novela de folletín con subtramas y sucesos hórridos y en ocasiones vulgares, con dramas exacerbados al filo de lo creíble… escrita con habilidad relojera y una de las prosas castellanas más deliciosas, a pesar de un par de muletillas (y estas incluso transmutan de muletillas a estilo marca de autor; elementos con los que se puede reconocer cuál es el tinte zafoniano en una historia).
Eventualmente, La sombra del viento se convirtió en la primera de una colección de cuatro novelas que, durante quince años de trabajo, si bien cuentan historias independientes, se conectan por participar de la misma extensa cronología, los mismos escenarios y árboles genealógicos interconectados. El proyecto entero fue una ambición titánica por parte de Zafón, que quería conseguir a un tiempo historias separadas y una compleja saga, que al final los cuatro libros fueran algo que él describía como “un laberinto de historias con cuatro puertas de entrada”, para que el lector, al recorrer los cuatro tomos o revisitarlos en distinto orden, tuviera “una experiencia caleidoscópica” al encontrarse con distintas caras y piezas de situaciones, personajes y lugares. Lo cierto es que, aunque los cuatro tomos de la saga El cementerio de los libros olvidados fueron éxitos masivos de venta conforme se iban publicando, es indiscutible que el libro que se impuso a todo el proyecto, el libro que por sí sólo se convirtió en best y long seller, en lectura de culto y altamente revisitada en todo el mundo con sus múltiples traducciones, ha sido La sombra del viento; quizá no haya resultado exactamente la intención original de Zafón pero, de cualquier modo, consiguió quedar inmortalizado en el mundo de las letras al que ofreció la hecatombe que es este novelón.
Lamentablemente, Zafón murió a una edad jovensísima para un escritor: 55 años. A pesar de su muerte trágicamente temprana, obtuvo un regalo que no siempre se concede a los creadores que parten temprano: alcanzó a completar y ver de primera mano el éxito de un proyecto que le tomó casi dos décadas completar, un proyecto que, como dijo en 2016, debutando el libro final de la saga: “Tenía ganas de verlo terminado exactamente como yo lo había soñado”. Lo consiguió, vivió en carne propia una alegría personal que se tenía enormemente merecida.
Sirvan estas breves y sencillas notas para animar a tantas personas como sea posible a leer o releer, lo antes posible y con goce absoluto, La sombra del viento.


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